XXV Domingo del Tiempo Ordinario

Hace pocos días leía a un amigo y en su texto ponía una frase de Quevedo que me hizo pensar: el dinero no cambia a la gente, la descubre[1]. ¿Qué nos descubre el dinero de la gente?: sus principios.

Tenemos la mala costumbre de juzgar a las personas por el objeto de su amor. Y es un error, ¡como si cualquier amor no pudiera dirigirse a cualquier objeto! Por ejemplo, uno puede ser coleccionista de valiosas pinturas como nuevo rico, o como contemplativo. La diferencia está en el interior de cada uno, en sus principios. El nuevo rico sólo ve lo que le ha costado, y lo dice. Lo presume. Y probablemente también se cansa de verlas siempre allí, en la pared. El contemplativo por el contrario no se cansa de observarlas, nunca. Y aunque no sea su propietario, las hace suyas.

Un amante vulgar llega al interior de la persona amada lo mismo que la cuchara empapa el sabor de una sopa, o sea, nada. Sólo ve en la otra persona un instrumento de placer, alguien con quien se pasea por la calle, lo mismo que llevar un espléndido BMW. Un desastre. Y del otro lado está que sabe amar y va más allá, y ve en aquella persona lo que, a veces nadie ve o nadie entiende. “¿Cómo se pueden querer ésos dos?” se pregunta la gente, y el hecho está en que se quieren. Se aman.

No sé, tengo para mí que se puede amar “carnalmente” las cosas del espíritu y “espiritualmente” las cosas de la carne. Del mismo modo que se puede amar a Dios como el nuevo rico del que antes hablamos, es decir, superficialmente y con ése deseo de aparentar tan de moda en nuestra sociedad.

La verdad y el valor de nuestra vida ¡tantas veces! no está en su objeto –al fin y al cabo “el objeto” nos viene dado por las circunstancias, el ambiente, el azar- sino en su principio. O aún más: en su Principio (que no falte la mayúscula). Lo que importa no es saber adónde va el amor, sino de dónde viene. Ex abundantia cordis, de la abundancia del corazón…[2]

¿Y todo esto a cuento de qué? De la segunda de las lecturas que nos presenta la liturgia éste domingo. Santiago apóstol habla de pasiones, luchas, envidia; de que no sabemos pedir, o que pedimos mal y solamente para satisfacer nuestras pasiones.

Vivimos en una sociedad –quién lo duda- en la que muchas cosas importantes giran en torno a la sexualidad y a la sensualidad, una sociedad hipersexualizada, por decirlo en una sola palabra. Y lo peor es que nos venden esa hipersexualización como una conquista de la libertad diciéndonos que es benéfica, que nada hay de malo en someterla a constantes estímulos. Pero lo cierto es que la sexualidad humana es como el agua: benéfica cuando se encausa y contiene; cuando los cauces se desbordan y se rompen los diques, el agua se convierte en una fuerza destructora.

Una sexualidad desatada como la que nos propone nuestra época destruye nuestra humanidad, convirtiéndonos en pedazos de carne que no anhelan otra cosa que la satisfacción de sus instintos. Se insiste en que la hipersexualización es buena, siempre que medie “el libre consentimiento de las partes”; esto es tan grotesco y tan peligroso como decir que arrojar vagones sin frenos cuesta abajo es bueno, siempre y cuando no descarrilen.

¿Dónde puede verse un poco de claridad en medio de la tiniebla? En la temprana y oportuna educación en el amor y la sexualidad, naturalmente. En hablar a los niños que tenemos cerca –bien porque son nuestros hijos o bien porque se acercan a la catequesis de la parroquia- con naturalidad de la bondad de la creación, de la importancia y belleza del cuerpo humano; de que el cuerpo humano no es “el malo de la película”, ni origen único de tentaciones y desgracias, sino que al ser parte de la creación es algo bueno ¡muy bueno![3], pero que ha de aprender a manejarse, y a cuidar, como todo.

Y desde luego confiar en la gracia, confiar en que Él tiene sus tiempos y sus momentos para cada uno. Es significativo ver a lo largo del evangelio que el Señor perdonaba con mucha facilidad las debilidades. No iba metiendo broncas a la gente que pecaba por exceso. Tampoco las bendecía, pero llama la atención que no las trataba con la dureza que sí tenía con fariseos. Era como si los pecados de la carne y cosas así fueran como un río que se desborda, pero tarde o temprano vuelve a su cauce. Sin embargo, el fariseo –y eso es lo que realmente sacaba de quicio a Jesús- era como un río tranquilo, en su cauce, sereno, limpito pero... ¡ay!, estaba envenenado.

Que ese bienaventurados los limpios de corazón[4] del evangelio nos lleve a preguntarnos sobre la pureza de nuestro corazón, pensar dónde está el origen de nuestros afectos, a ver si estamos amando “carnalmente” las cosas del espíritu y “espiritualmente” las cosas de la carne ■

[1] Francisco Gómez de Quevedo y Santibáñez Villegas (1580-1645) fue un noble, político y escritor español del Siglo de Oro, uno de los más destacados de la historia de la literatura española.
[2] Cfr Mt 12, 33-35.
[3] Cfr Gen 1, 31.
[4] Mt 5,8.
Ilustración: Palma Vecchio, Cristo y la mujer sorprendida en adulterio, (1510-11), óleo sobre tela (82 x 70 cm), L'Hermitage (San Petersburgo)

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris