La Iglesia es el cielo estrellado; es el Paraíso en cuyo centro está plantado Cristo, Árbol de la Vida, y de donde brota la Fuente de los cuatro ríos evangélicos. Es el Arca del diluvio, y si esta arca tenia un doble caso, es que la Iglesia está construida con los dos pueblos de los judíos y de los gentiles; si en algunos lugares el casco era triple, es que debe construirse con los descendientes de los tres hijos de Noé. Es la montaña de Sión. Es el lugar santo pisado por Jacob o por Moisés. Se la reconoce en el Tabernáculo en el Arca de la Alianza, en el Candelabro de oro. Es también el vestido que el hijo de Judá lavará con vino, la casa de Rahab en Jericó, en donde brillará siempre el paño escarlata, signo de la Pasión. Es la morada de Abimeleq, la ciudad de David, el templo de Salomón, el vestido del verdadero Pontífice... Es el gran Árbol visto en sueños por Nabucodonosor (...) ■ Henri de Lubac, Catolicismo. Aspectos Sociales del Dogma, Ed. Encuentro, Madrid 1988, pp. 130-131.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris