XXII Domingo del Tiempo Ordinario


EL HOMBRE INTERIOR*
III.

El noble viajero



Un hombre noble marchó a una tierra lejana
a recibir la investidura real y volverse
Lc 19, 12.


La vida contemplativa culmina en el hombre con una ampliación de la conciencia. La conciencia rompe sus límites, y de repente, el contemplativo percibe mucho más allá de lo que percibe la gente normal. Nosotros mismos somos los que le ponemos límites a nuestra conciencia de la realidad, pero, ¿qué ocurre con la contemplación? Que la contemplación al ir derribando todos los muros, al ir rompiendo los límites, hace que la conciencia emerja y aparezca una conciencia totalizante, unificadora: el hombre integro, el hombre integrado.

El final de toda vida contemplativa es que el hombre termina siendo una conciencia integrada, integrada consigo mismo, integrada con el cosmos y con el misterio de Dios. R. Panikkar suele citar un dicho indio que afirma que cuando un gong está bien templado no importa donde le des el golpe, siempre emitirá un sonido armónico[1]. Una persona integrada no importa dónde reciba los golpes siempre emitirá armonía. Necesitamos forjarnos, y eso es la vida espiritual. Forjarnos para llegar a una conciencia tan integrada que nuestro centro constituya el centro de una realidad inamovible.

Para el hombre centrado, el hombre que ha alcanzado en la meditación una situación de realidad tal que le permite volver al centro, no hay problema vital, por terrible que sea, que le impida recuperar su centro una y otra vez. Por eso la conciencia de meditación es una conciencia integradora. ¿Qué prueba tenemos de que hemos llegado a esto? Una idea clásica, sobre todo en nuestra cultura cristiana: las obras. Dice el Meister Eckhart: «Si el hombre se hallara en un arrobamiento tal como San Pablo y supiera de un hombre enfermo que necesitara de él una sopa, yo consideraría mucho mejor que tú, por amor, renunciaras (al arrobamiento) y socorrieras al necesitado con un amor más grande»[2].

Todos los místicos terminan en la cotidianeidad. Igual que en el Zen el hombre, después de haber encontrado el buey, símbolo de su búsqueda espiritual, vuelve al mercado. El místico, con una conciencia expandida, con una conciencia sin límites, con una conciencia de Cristificación total, termina haciendo bien lo que tiene que hacer a diario, convirtiendo cada acto cotidiano en un acto creador. ¿Dónde se nota que un hombre es íntegro? En la vida diaria, ¿dónde se nota que la conciencia integradora ha hecho de ti un hombre luminoso? En la obra de cada día. ¿Dónde reconoce uno que está en el camino que tiene que estar? Cuando hace bien lo que tiene que hacer a diario luminosamente, libremente, radiante. Un santo siempre irradia. La santidad consiste en vivir con transparencia una vida que me lleve a la presencia del Amado. No hace falta ir a ningún sitio raro, no hace falta hacer nada extraño, sino emprender un camino de interioridad, un camino hacia dentro. Hacia «tu Padre que está en lo secreto»[3].

Es verdad que el camino de interioridad está lleno de dificultades, como hemos dicho. A veces uno tiene frío, desolación, miedo, pavor, se encuentra inseguro; pero si uno no corre esos riesgos de la frialdad, la soledad, la inseguridad, no merece la pena vivir, porque uno viviría siempre en la capa externa del hombre, en la superficie de la realidad. El hombre tiene que abrir los límites a lo ignoto, a lo desconocido, a lo pavoroso. Dios tiene también todos esos rostros. Cuando uno tiene una experiencia profunda de Dios, se da cuenta que es siempre una experiencia ambivalente, porque en definitiva Dios se nos escapa por todas partes. Y como se nos escapa, percibimos en ese instante lo que nosotros estamos preparados para recibir. Dios es siempre el mismo, pero nosotros no.

Cada uno de nosotros, va a ir percibiendo de Dios el rostro que en ese instante esté preparado para percibir. Por eso Dios se presenta como atrayente y como repulsivo. Como algo que te atrae y algo que fascina pero también como algo que da miedo. Dios a veces aparece como algo inalcanzable, demasiado grande para ser percibido. Pertenecemos a una tradición en la que se han empeñado en mostrarnos el aspecto justiciero de Dios, como si justiciero quisiese decir vengativo. Pero justiciero significa que pone cada cosa en su sitio; es verdad que a veces el que pongan cada cosa en su sitio es doloroso. Como vivimos llenos de trampas espirituales, nos gustaría que esas trampas se las creyera hasta Dios mismo y entonces a Dios lo tendríamos un poco entrampado. Dios es justiciero cuando nos quita las trampas y coloca en nuestra vida interior cada cosa en su sitio, eso es siempre doloroso, pero es siempre bueno porque nos coloca en nuestro propio ser.

El sufismo nos recuerda que de los 99 nombres con los que se invoca a Dios en el Islam sólo uno se refiere a su aspecto justiciero[4]. Si es verdad que Dios es justiciero, es, por encima de todo profundamente misericordioso. Superexultat misericordia iuditio, la misericordia se ríe del juicio. La misericordia y la bondad de Dios son tan grandes que junto a su justicia hacen que nosotros percibamos de Él aquel aspecto que necesitamos en cada momento de nuestra vida espiritual. Si a veces desde un punto de vista externo nos van mal las cosas, hemos de pensar que esa cosa que nos está pasando tiene un sentido espiritual profundo, Dios siempre habla a través de los signos. Y, al final del camino, ¡Todo es Gracia!

¿Cuáles son las características del mundo interior? Después de haber emprendido este camino de soledad, de frío, de pavor, de apertura, ¿a dónde nos lleva? Para empezar, todo en la vida interior del hombre se nos vuelve, de repente, cargado de significado. Hay un momento en la vida espiritual en que uno entra en un mundo donde todo se convierte en signo. Por eso es tan importante durante el camino abrir bien los ojos y destapar los oídos, porque los ojos del espíritu y los oídos necesitan estar abiertos pues si los tenemos cerrados los signos pasaran delante de nosotros y no los veremos. Hace falta estar atento a los signos ■

* M. Toscazo, G. Ancochea, Místicos Neoplatónicos-Neoplatónicos místicos: de Plotino a Ruysbroek, Editorial Etnos-Indica.
[1] Raimundo Pániker Alemany (1918 - ); filósofo, teólogo y escritor español que desarrolla una filosofía interreligiosa e intercultural, con una nueva apertura respetuosa al diálogo con otros sujetos y tradiciones no-occidentales.
[2] Eckhart de Hochheim O.P. (1260–1328), más conocido como Meister Eckhart en reconocimiento a los títulos académicos obtenidos durante su estancia en la Universidad de París (Meister significa "maestro" en alemán), fue un monje dominico, conocido por su obra como teólogo y filósofo y por sus visiones místicas (N. del E).
[3] Mt 6, 6
[4] El término sufismo es usado en Occidente para referirse, por un lado a la espiritualidad islámica denominada tasawwuf, que incluye diferentes movimientos ortodoxos y heterodoxos del Islam. Algunas veces es también es usado para definir grupos esotéricos desvinculados del Islam, como algunas formas de sincretismo Nueva Era. Desconocemos en qué sentido utiliza el autor el término, presuponemos que en su primera acepción (N. del E.).

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris