XXI Domingo del Tiempo Ordinario

EL HOMBRE INTERIOR*
II.
El silencio.


El silencio. Purificación, cuerpo, silencio. El silencio es condición sine qua non de la vida interior: «Tú cuando ores entra en tu cuarto y después de cerrar la puerta ora a tu Padre que está allí en lo secreto»[1]. El silencio tiene muchos grados, muchas formas, muchas actitudes. En la mística, se empieza por lo que se llama el silencio de los sentidos. El silencio físico es el primero, el silencio como punto de encuentro con lo divino. El silencio como punto de encuentro con algo que no se deja oír, porque no le dejamos que se manifieste.

El siguiente silencio es mucho más costoso, mucho más problemático, mucho más difícil: el silencio mental o psíquico. Vivimos desgarrados existencialmente; vivimos desgarrados por el sufrimiento, por la incomprensible presencia del mal en la vida del hombre. Vivimos desgarrados por los deseos. Por tantas cosas que gritan llamando nuestra atención para ser deseadas. Vivimos desgarrados por nuestros miedos, que se alzan vociferantes para detener nuestros pasos. Y todo eso genera ruido, un ruido que nos impide oír y que nos impide enfrentarnos con una realidad que está llamando a la puerta, pero que no oímos. Segundo momento de silencio: el silencio psíquico, éste cuesta más trabajo que el anterior. Este es el que aparece imprescindible en todas las culturas contemplativas.

Para la vida espiritual es necesario el sentido de la epogé del que hablaba Husserl en la filosofía existencia, es decir, el “poner entre paréntesis”. Y lo que debe ser puesto entre paréntesis, en este caso, es mi yo entero. Y el silencio es el paréntesis que encierra mi yo[2].

Esa epogé sirve para encontrarme con mi propia desnudez. La desnudez espiritual es absolutamente imprescindible. Es aquello que llevó a Francisco de Asís a quedarse desnudo en la plaza delante del obispo y decir “en este instante empieza mi camino espiritual, y con esto significo que no hay nada que me ate”. Ese acto de desnudez es un acto fundamental en la vida para poder avanzar hacia el fondo de lo divino. La desnudez espiritual es absolutamente previa a toda otra cosa. Necesitamos desnudarnos, quitarnos todas las capas que tenemos encima y eso, que no es nada fácil, forma parte íntegra del silencio. Desnudez del éxito, de la vida, del que dirán, de lo que opinan los demás. Desnudez de mis propios apegos, es decir, de aquello que me gusta, de aquello que quiero, de aquello que me ata. En el fondo nos encantan las ataduras, estar atado a lo hondo de la caverna es muy confortable, estar atado a lo terreno, a la tierra, a lo físico, da mucha seguridad y la vida espiritual es riesgo; y la vida espiritual es, con frecuencia, frío y desconcierto. ¿Por qué supo Abraham que era Dios quien le hablaba? Porque no sabía adonde iba, porque aquello que Dios le pedía era una locura, por eso sabía Abraham que era verdadero. ¡Sal de tu tierra y deja todo y vete! ¿A dónde? No se sabe.

La vida espiritual es pura fascinación, pura locura, no saber a dónde se va; y cuanto menos sepamos a dónde vamos, y cuanto menos trillado sea el camino, más seguros estamos de que es verdadero. El camino espiritual es riesgo, es desnudez, es simplicidad. La simplicidad consiste en desprenderse del yo, de todo lo que es múltiple, de todo lo que no es el Uno. Lo que Dios quiere es la pureza del corazón del hombre. No hay más sacrificio que un corazón puro, es decir, desnudo, sin ataduras, completamente entregado a una Realidad que se le escapa, que reside en la oscuridad que está al fondo del camino espiritual, que encierra aquella Tiniebla Luminosa de la que hablaba Dionisio. Precisamente en la tiniebla –en esa tiniebla oscura, en esa densidad- se oculta lo que nosotros vamos buscando.

De la nada a la Nada.

Por eso la contemplación, el camino espiritual, es un camino de la nada a la Nada, y de la oscuridad a la Oscuridad. Por eso, a veces, la misericordia de Dios, en medio de esa lucha por la vida espiritual, de ese miedo, de ese pavor, nos proporciona consuelos espirituales que son como descansillos en el camino. Si uno está atento se dará cuenta –en definitiva el camino espiritual no es más que un permanente afinamiento del «ojo del corazón» para aprender a «darse cuenta»–, se dará cuenta de que la vida está llena de regalos, aparentemente muy pequeños, pero que permiten descansar, intuir, paladear por anticipado. Eso que llamaban en la mística clásica las consolaciones. Las consolaciones están ahí, son absolutamente necesarias porque somos débiles, no podemos avanzar sin ellas, pero son gratuitas. Dios regala el consuelo cuando quiere, a quien quiere, donde quiere. No se puede vivir la vida espiritual en una exaltación continua, no se puede pensar que la vida espiritual es puro júbilo espiritual. Los místicos lo han experimentado, pero es el final de un largo proceso, mientras tanto, hay que vislumbrar el objeto, que en el fondo es la plenitud humana; esa plenitud, esa totalidad, se hace presente en un instante en nuestra vida, y a ese instante le llamamos iluminación.

Podemos darle muchos sentidos a la palabra iluminación. Cuando uno inicia el camino de la meditación, de la purificación, del olvido de sí mismo, de la desnudez, empieza a tener pequeños flashes: de repente hay algo que se ilumina, se ve algo. ¿Qué es lo que ves? Ves la realidad de una manera nueva y dura un segundo; luego quieres volver a repetir la experiencia y eres incapaz, como esos sueños que por la mañana están recientes y cuando los vas a atrapar ya se han escapado; no hay sueño que uno pueda retener. Con esta iluminación sucede lo mismo, el hombre que inicia la vida espiritual, el camino, se encuentra de repente con pequeños destellos, con una luz interior que le ilumina y le hace ver que hay una cierta certidumbre profunda.

Existe otro tipo de iluminación. En la espiritualidad oriental, la luz forma parte de la vida espiritual de sus santos, tanto es que se dice que sus santos son ¡santos iluminados! Esto tiene mucho que ver con la forma en que uno vive su propia espiritualidad. Para un santo oriental, la luz sale del cuerpo, es un cuerpo luminoso porque la santidad es una realidad objetiva en el hombre, es decir, la santidad no es una cosa ajena al ser humano, la santidad es algo que está en la propia naturaleza del ser humano en tanto en cuanto por este camino se acerca a la única y verdadera santidad que es el Uno que está detrás del camino. Los santos orientales hablan de iluminación como iluminación física, como una iluminación real. Cuando a un santo se le representa con una aureola, es la forma popular que hemos tenido de decir que irradiaba santidad. Los santos irradian luz porque han alcanzado una plenitud tal que su cuerpo se vuelve traslúcido, dicen los hesicastas[3].

El hesicasmo es una forma de oración espiritual que consiste, fundamentalmente, en vivir continuamente la presencia de Dios repitiendo el nombre divino. Grandes místicos orientales viven continuamente la presencia de Dios, simplemente repitiendo el nombre de Dios durante todo el día. Esta oración, que se llama la oración de Jesús, consiste en la repetición continua de un nombre hasta que se convierte en melodía. Eso que llama San Juan de la Cruz la música callada: «mi amado las montañas, los valles solitarios nemorosos, las ínsulas extrañas, la música callada». Esa es la presencia del Amado, una presencia sutil, pequeña, que va formando parte de la respiración y de la vida, todo el día, y toda la noche, porque cuantas veces en la vida de estos místicos, se levantan y no son capaces de dormir porque repiten continuamente el nombre, o, mejor dicho, el nombre se repite en ellos. Y ese nombre se va entrando en la vida del hombre, y ese nombre pasa a formar parte de su luminosidad. La luz de los santos, lo que ellos llaman luz cósmica, es luz real, se ve.

¿Qué papel juega, en el impulso contemplativo, el amor? Dios es amor[4], y si Dios es el/lo único que en realidad es, el Amor es lo único que en realidad existe y, por tanto, parafraseando el citado discurso de Pablo en el Areópago en Él (el Amor) vivimos, nos movemos y existimos[5]. El amor es el origen de nuestra existencia: el medio en que se desenvuelve la energía que la mantiene, la atracción que nos pone en marcha en el camino de retorno, y el punto final de ese camino.

Y cuando el impulso amoroso nace en el hombre ¿qué es lo primero a lo que impulsa? Lo primero a lo que impulsa el amor es a romper los límites; el amor lo que intenta, precisamente, es que ese yo pequeño rompa los límites y alcance un amor ilimitado, no sin sufrimiento –el amor es una de las experiencias humanas más duras, profundas y comprometidas- cuando uno rompe sus propios límites siente el abismo de la divinidad. Dios es abismo, Dios es profundidad, Dios es totalidad, y el hombre, de repente, se encuentra perdido en esa totalidad.

El impulso contemplativo, nace de una necesidad de plenitud que está dentro de la naturaleza humana, no es algo añadido a la naturaleza. El amor es el gran suplicante, el amor es lo que hace ver la distancia enorme que existe entre ese yo pequeño que cada uno es (ese yo limitado, ese ser lleno de debilidad, de pequeñez, de límites, límites mentales, límites intelectuales, límites físicos contra los que chocamos continuamente) y la infinitud del Amado.

El propio desgarro que sufre el yo del hombre, respecto a ese otro Yo que le está esperando, es un desgarro total, es una lucha entre la pequeñez y Su grandeza. Es precisamente esa grandeza, algo que se presenta fuera y a la vez dentro, lo que hace la propia precariedad. Es esa sensación de precariedad la que inicia la plegaria. La plegaria nace de la sensación que tiene el hombre de la pequeñez ante lo grande de la divinidad, ante lo inmenso de la divinidad, ante algo que sobrepasa y sin embargo ama y atrae, porque también somos de su linaje[6].

Esa lucha entre la pequeñez y la grandeza es lo que le hace a Pablo decir: cuando soy débil es precisamente cuando soy fuerte[7], porque a la debilidad no le queda más salida que la entrega y la entrega produce la unión y la unión lleva a la fusión que le hace al hombre exclamar: el Padre y yo somos uno[8]
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* M. Toscazo, G. Ancochea, Místicos Neoplatónicos-Neoplatónicos místicos: de Plotino a Ruysbroek, Editorial Etnos-Indica.
[1] Mt 6, 6.
[2]Edmund Gustav Albrecht Husserl (1859-1938), filósofo alemán fundador del movimiento fenomenológico y discípulo de Franz Brentano y Carl Stumpf. Entre sus primeros seguidores en Gotinga se encuentran Roman Ingarden, Edith Stein y Hedwig Conrad-Martius. Entre otros influiría en Martin Heidegger, Jean-Paul Sartre, Maurice Merleau-Ponty, Paul Ricoeur, Alexius Meinong, Michel Henry, José Ortega y Gasset, Millán-Puelles y, en gran medida, en Max Scheler (N. del E.)
[3] Hesicasmo, hesiquiasmo o, más raramente, esicasmo (del griego; en escritura politónica: ἡσυχασμός/hesykasmos, derivado de ἡσυχία/hesykia, "quietud, silencio, paz interior") doctrina y práctica ascética difundida entre los monjes cristianos orientales, principalmente los de la llamada Iglesia Ortodoxa, a partir del siglo IV con los llamados Padres del Desierto. El objetivo del hesicasmo es la búsqueda de la paz interior en unión mística con Dios y en armonía con la creación. Las tres características fundamentales del hesiquiasmo son: la soledad, como medio de huir del mundo; el silencio, para obtener la revelación del futuro y del mundo ultraterreno; y la quietud, para conseguir el control de los pensamientos, la ausencia de preocupaciones y la sobriedad
[4] 1 Jn 4, 16.
[5] Cfr Hech. 17, 28.
[6] Hech 17, 20.
[7] 2 Cor 12, 10.
[8] Jn 10, 30.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris