LOS ALIMENTOS DEL HOMBRE INTERIOR*
(II)

Los acontecimientos históricos tienen su importancia, pero también han de ser interiorizados y desarrollarse en el interior; toman entonces relieve y una densidad más preñada. Hoy, los textos bíblicos se ven tamizados por una crítica científica exigente, a veces son analizados como cualquier texto profano. A menos que uno sea teólogo en el sentido occidental del término (el teólogo oriental, es, ante todo, un hombre de oración), el hombre interior debe alimentarse sobre todo con sencillez. No lee la Sagrada Escritura como intelectual, sino como un ser hambriento que busca su alimento. Como el ángel, el hombre interiorizado es un «velador», su mirada quisiera imitar la de los querubines, y poder contemplar lo inefable a través de las palabras y, a veces, a pesar de las palabras; pues las palabras, como las imágenes, han de ser superadas.

La Sagrada Escritura, dirigiéndose al corazón del hombre, se convierte en su morada, pues la Palabra, semejante a una mano, llama a la puerta de lo interior; abrir es darle entrada, de ahí el texto del Apocalipsis: «He aquí que me encuentro a la puerta y llamo; si alguien oye mi voz y abre la puerta, entraré... cenaré con él y él conmigo» [1]: Un sentido idéntico se encuentra en el texto de san Juan: «si alguno me ama, conservará mi Palabra; entonces mi Padre también lo amará, y vendremos a él y haremos en él nuestra morada»[2]. Se trata, pues, de una habitación de la Palabra en el hombre interiorizado.

Leer los textos sagrados considerándolos ajenos a uno mismo sería absolutamente vano. Así, numerosos meditantes no hacen ningún progreso, incluso si se consagran durante horas a la lectura de la Sagrada Escritura. El sello de los libros sagrados sólo se rompe cuando el meditante abandona lo manifestado y pasa desde lo grosero a lo sutil, desde el discurso al silencio. Es estado de tranquilidad no concierne únicamente al cuerpo, la mente ha de mantenerse en reposo, de ahí la importancia dada a la vigilancia del corazón, a fin de rechazar los pensamientos errantes y dispersantes. El corazón se mantiene en la contemplación apacible y se descubren los misterios, el texto sagrado entrega sus secretos ocultos, que arden por ser descubiertos, y toda posibilidad de ensoñación queda eclipsada.

Según el taoísmo[3], la concentración se convierte en contemplación cuando el hombre recogido alcanza a fijarse en su centro y esa operación se lleva a cabo de una manera suave y no rígida. En cuanto huyen los pensamientos, comienza la contemplación: «Una fijación sin contemplación es una revolución sin luz. Una contemplación sin fijación es una luz sin revolución»[4]. El espíritu original se derrama en el ser por la contemplación. Así, el texto sagrado pone en movimiento imágenes comparables a corredores que se encaminan hacia el centro. Cuando se efectúa la entrada al centro, conviene abandonar esas imágenes simbólicas, ellas han conducido hacia la morada interior pero no pueden penetrar en ella; de ahí la necesidad rigurosa de abandonar las imágenes que no son en realidad vehículos indispensables y si peligrosos para aquellos que avanzan en el camino de la perfección.

Poco a poco, el espíritu consciente se somete al espíritu original, que es lo que Lao Tzu llama el trabajo de fundación. Se trata de las bases para la construcción de una morada de que habla el Evangelio[5]. El apóstol Pablo dirá de otra manera: «He puesto el fundamento como un sabio arquitecto»[6].

La lectura de los textos sagrados requiere las mismas disposiciones que la oración cuando es considerada una toma de contacto consciente y no un estado; conviene entrar en la propia habitación y cerrar la puerta[7] es decir, interiorizarse en el interior, retirando la atención del exterior[8].

Cuando la lectura de las Escrituras sagradas se convierte en meditación, evoca además la oración; sin embargo, se diferencia netamente de ella. Monseñor Antoine Bloom escribe: «la meditación es una actividad del pensamiento, mientras que la oración es el rechazo de todo pensamiento»[9].

[1] III, 29
[2] XV, 4-5
[3] El taoísmo, palabra derivada de un caracter del idioma chino que se lee Tao o Dao. Este término a menudo suele ser interpretado como vía o camino, más bien podría entenderse como intuición, sensibilidad, espontaneidad, o de manera más abstracta como sentido. El Taoísmo se desarrolló a partir de un sistema filosófico basado en las escrituras de Lao Tzu. El texto que se da por sentado escrito por Lao-Tzu es el Tao Te Ching. Lao Tzu, se supone que vivió durante el siglo VI a. C. y, por ende, tradicionalmente se fecha en ese siglo su redacción. Los temas del taoísmo como religión se fundieron en el siglo III a. C., pero no se convirtieron en un movimiento religioso organizado hasta el siglo II de la era cristiana. (N. del E).
[4] Lao Tzu, Le secret de la fleur d´Or.
[5] Cfr Mt 7, 24
[6] 1 Cor 3, 10.
[7] Cfr Mt. v. 6
[8] Los consejos dados por Lao Tzu son concretos: primero hay que sentarse en una habitación tranquila, el cuerpo ha de ser comparable a madera seca y el corazón como ceniza fría, con los párpados cerrados, que permitan que la mirada se fije en el interior, el corazón purificado se convierte a su vez en mirada. La lengua situada contra el paladar reduce la facultad gustativa, el oído se cierra al ruido del exterior, la respiración se una a un ritmo lento. La boca cerrada no habla ni ríe y el corazón cumple con atención su trabajo de velar con respecto a los pensamientos. Los pensamientos justos se van formando poco a poco: «el espíritu es el pensamiento, el pensamiento es el corazón, el corazón es el fuego, el fuego es la flor de oro... Cuando se procede así de manera recogida, se ve aparecer espontáneamente en la luz... un punto de la pura luz creadora» y los pensamientos vanos se acallan como ruidos insólitos. Rechazando sin cesar la indolencia y la distracción que a cada instante acechan y tratan de invadir al meditante, el corazón se conmueve. Ya anteriormente lo ha afectado la lectura de los textos sagrados. Podría decirse más bien que, en la contemplación que la lectura provoca, va más allá de toda emoción y se licua como una piedra que se vuelve agua. El discernimiento permite diversificar los pensamientos verdaderos de los pensamientos imaginativos. Cuando los pensamientos obedecen a un movimiento rápido, se agitan y hacen aparecer representaciones imaginarias y se acelera la respiración, los pensamientos y la respiración se responden. Desde el momento en que la mente se clama, se produce un apaciguamiento en todo el ser, cuerpo, alma y espíritu, se mantienen en la inmovilidad y la respiración se hace lenta. Lao Tzu plantea una cuestión esencial: ¿Cómo no respirar, puesto que el hombre continuamente piensa y respira? «El corazón y la respiración dependen uno del otro, hay que unir la revolución de la luz con un ritmo dado de respiración.» La luz del ojo y la luz del oído van a desempeñar su función. La primera luz, la del ojo, es, según el sabio taoísta, «la luz unida del sol y de la luna en el exterior». La luz del oído procede también de la luz del sol y de la luna, pero se derrama en el interior. Por eso, según todos los sabios y maestros espirituales, el oído –como hemos visto ya anteriormente – tiene precedencia sobre el ojo durante la condición terrestre.
[9] Cfr. Mgr. Antoine Bloom, Living Prayer, London, 1966, p. 57

* M. M. Davy, El Hombre Interior y sus Metamorfosis, Editorial Integral, Colección Rutas del Viento. Marie-Madeleine Davy (1903-1998), es conocida por su célebre tesis doctoral sobre la obra y el pensamiento de Guillaume de Saint-Thierry, y por la calidad de sus numerosos trabajos sobre mística medieval. Fue parte de la Resistencia. Su pensamiento tiene cierta influencia de Simone Weil y de Teilhard de Chardin.
ilustración: Hieronymus Bosch, San Juan Evangelista en la isla de Patmos (1504-05), óleo sobre madera (63 x 43,3 cm), Staatliche Museen (Berlin)

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris