XIII Domingo del Tiempo Ordinario

En una reunión que tuvimos hace pocos días los sacerdotes de la arquidiócesis que hemos sido recientemente nombrados párrocos, el Sr. Arzobispo en una conversación muy sencilla y muy a gusto –entre sacerdotes, al fin- nos decía que él quería –y de hecho nos lo pedía- que con nuestra predicación ayudáramos a la gente de nuestra parroquia a conocer cada vez con mayor intensidad la persona de Jesucristo; a que tomaran consciencia, en primer lugar, de Su presencia entre nosotros, de que Él mismo –el Señor- sigue sanando, enseñando y cuidando de cada uno de nosotros.

El evangelio de hoy[1] –el pasaje en el que se narran estos dos milagros- es una buena oportunidad para detenernos a reflexionar en la persona del Señor, en que no le es indiferente el sufrimiento de los hombres, y que como escuchamos en la primera de las lecturas, [Dios] creó al hombre para que nunca muriera[2].

¿Cuál es, o cuál debe ser nuestra postura ante la muerte? ¿Cómo reaccionar cuando la muerte pasa por nuestra casa y se lleva a alguno de los nuestros? Mucho más: ¿qué hacer o cómo comportarse cuando ésa muerte es violenta –un accidente de tráfico- o desconcertante como un suicidio?

No podemos restarle importancia a la muerte, ni verla de manera, digamos, dulce. La muerte es una tragedia. Es lo peor que puede sucederle al alma humana. El Señor mismo en el huerto le pide a su Padre no pasar por la muerte y en la cruz gritó sintiéndose abandonado[3].

Sin embargo la muerte no es el fin. La muerte no tiene la última palabra. Es, sí, el momento más trágico y más duro que tenemos qué vivir cada uno, pero no es el final. Es –por encima de todo- el comienzo de algo. Y algo grande.

¿Hay entonces qué festejar y reír y hacer como si nada pasara? No. Ése es el otro extremo.

Ante la muerte, la mejor actitud es el silencio y la [serena] reflexión y el pensar que el ser humano está hecho para la vida eterna, que los años que se viven en la tierra son –en palabras de santa Teresa de Jesús- una mala noche en una mala posada, es decir muy pocos en comparación con lo que nos espera del otro lado.

¿Y cuándo la muerte es violenta? ¿Cuándo muere una persona joven llena de esperanzas y de sueños y que además hacía el bien y ayudaba a los demás? ¿Es la voluntad de Dios? Hemos de tratar de comprender que la muerte entró en el mundo a consecuencia del pecado[4], y que Jesucristo –que era joven, y que era bueno y que hacía el bien- también murió de una manera violenta. Y abrazó esa muerte de manera libre y voluntaria y así, la maldición de la muerte se transformó en una bendición[5].

En otras palabras: en la muerte, Dios llama al hombre hacía sí. Por eso, sí es posible, como cristianos, llegar a sentir un deseo de estar con Dios; San Pablo lo decía a la comunidad cristiana de Filipos: Deseo partir y estar con Cristo[6].

Vamos a pedirle al Señor éste domingo en ésta celebración de la Eucaristía –hic et hodie- que nos enseñe a tener una actitud serena y madura ante la muerte. A no tener miedo a ese paso –porque además Él mismo está del otro lado- de tal manera que al final de nuestra vida podamos repetir las mismas palabras de Ignacio de Antioquia: «Mi deseo terreno ha desaparecido…; hay en mi un agua viva que murmura y que dice dentro de mi “ven al Padre”[7]

[1] Mc 5, 21-43.
[2] Cfr Sab 1, 13-15; 2, 23-24.
[3] Cfr Mt 26, 36-46; Mc 14, 32-42; Lc 22, 39-46; Jn 18, 1; cfr también Mt 27, 46-54; Mc 15, 34-39; Lc 23, 45-46; Jn 19, 25-34.
[4] Gn 2, 17; 3, 3; 3,19; Sb 1,13; Rm 5, 12; 6.23.
[5] Cfr Rom 5, 19.21.
[6] Cfr 1, 23. Filipos (latín Philippi, griego Φίλιπποι, Phikippoi) fue una ciudad de Macedonia oriental fundada por Filipo II de Macedonia, que le dio su nombre (antes se llamaba Crénides, latín Crenides, es decir, lugar de las fuentes, por las diversas fuentes del río Angites). Cerca había minas de oro, especialmente las de Asyla. Estaba cercana al río Gangas o Gangites.
[7] Rom. 7,2. Ignacio de Antioquía (mártir alrededor del 107 d. C) fue el tercer obispo de Antioquía, después de Simón Pedro y Evodio, a quien Ignacio sucedió alrededor de 68 d. C. Ignacio, quien también se llamaba a sí mismo Theophorus, fue muy probablemente un discípulo de los Apóstoles Pablo y Juan. Muchas de sus cartas han sobrevivido hasta hoy. Es considerado, generalmente, uno de los Padres Apostólicos (el primer grupo de los Padres de la Iglesia Católica) y santo tanto por el rito romano, que celebra su santo el 1 de febrero, como por el rito ortodoxo, que lo celebra el 17 de octubre.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris