Eres Tú


Las siguientes líneas no son, en absoluto, un trabajo científico en torno a la Tercera persona de la Santísima Trinidad, ni siquiera una aproximación o reflexión teológicas. Es, sin más, la relación de una canción popular (interpretada por un grupo español ya desaparecido) con textos los textos de la Sagrada Escritura que hacen referencia al Espíritu de Dios. La bibliografía sobre el Espíritu Santo es por demás abundante, encabezada desde luego por los importantes e interesantes tratados de los Padres de la Iglesia[1] seguidos de la Encíclica Dominum et vivificantem de Juan Pablo II y por la estupenda obra del Dominico francés Yves M.-J. Congar titulada precisamente El Espíritu Santo.[2] A dichas lecturas nos remitimos para un estudio serio y completo. Todo esto con la única finalidad de ayudar, de una forma sencilla y distendida, a crecer en la devoción de Quien en algún momento de la historia de la espiritualidad cristiana ha sido llamado El Gran Desconocido. Y en definitiva porque el pensamiento y el corazón de la Iglesia deben dirigirse constantemente al Espíritu Santo[3].

Como una promesa eres tú[4], eres tú
como una mañana de verano
[5]
como una sonrisa
[6] eres tú eres tú
así, así eres tú.

Toda mi esperanza eres tu
[7]
como lluvia fresca en mis manos
como fuerte brisa
[8] eres tú, eres tú así,
así eres tú.

Eres tú, como el agua de mi fuente
[9],
eres tú el fuego de mi hogar
[10],
algo así eres tú como el fuego de mi hoguera
[11],
eres tú algo así en mi vida como el trigo de mi pan
[12].

Todo mi poema eres tú
como una guitarra en la noche
todo mi horizonte eres tú
eres tú así, así eres tú.

Eres tú como el agua de mi fuente
eres tú el fuego de mi hogar.

Algo así eres tú como el fuego de mi hoguera
algo así eres tú el trigo de mi pan.

Eres tú como el fuego de mi hoguera
eres tú el trigo de mi pan.



[1] Clemente de Roma en su Carta a los Corintios, Justino y su Diálogo con Trifón, e Ireneo de Lyon con el Adversus Haereses, entre otros.
[2] Ed. Herder, Barcelona, 1991.
[3] JUAN PABLO II, Enc. Dominum et vivificantem, n. 49
[4] «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos; y yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre, el Espíritu de la verdad» (Jn 14, 15-17). «En él [Cristo] también vosotros, tras haber oído la Palabra de la verdad, el Evangelio de vuestra salvación, y creído también en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la Promesa, que es prenda de nuestra herencia, para redención del pueblo de su posesión, para alabanza de su gloria» (Efe 1, 13-14), Cfr. También Gal 3,14.
[5] «Mi alma espera en el Señor,
espera en su palabra;
mi alma aguarda al Señor,
más que el centinela la aurora» (Sal 129).
[6] «Al sexto mes fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la Virgen era María. Y entrando, le dijo: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”». (Lc 1, 26-28). «Acudían al Templo todos los días con perseverancia y con un mismo espíritu, partían el pan por las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón» (Hech 2, 46). Se trata del gozo que sigue a la fe «El sábado siguiente se congregó casi toda la ciudad para escuchar la Palabra de Dios(...): “Te he puesto como luz de los gentiles, para que lleves la salvación hasta el fin de la tierra”. Al oír esto los gentiles se alegaron y se pusieron a glorificar la palabra del Señor» (Hech 13, 44.48).
[7] «Habiendo, pues, recibido de la fe nuestra justificación, estamos en paz con Dios, por nuestro Señor Jesucristo, por quien hemos obtenido también, mediante la fe, el acceso a esta gracia en la cual nos hallamos, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios. Más aún; nos gloriamos hasta en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación engendra la paciencia; la paciencia, virtud probada; la virtud probada, esperanza, y la esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado (Rom 5, 1-5). El amor con que Dios nos ama, y del que el Espíritu Santo es prenda y, por su presencia activa en nosotros, testigo. Por él nos dirigimos a Dios como un hijo a su Padre; el amor es recíproco. Por él también amamos a nuestros hermanos con el mismo amor con que el Padre ama al Hijo y a nosotros.
[8] «Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar. De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento, impetuoso, que llenó toda la casa en la que se encontraban» (Hech 2, 1-4) es interesante resaltar que en griego, como en hebreo, la misma palabra designa al viento y al Espíritu.
[9] «Todo el que beba de esta agua volverá a tener sed; pero el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para la vida eterna» (Jn 4, 13-14). «El último día de la fiesta, el más solemne, Jesús puesto en pié grito: “Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba el que crea en mí”, como dice la Escritura: De su seno correrán ríos de agua viva. Esto lo decía refiriéndose al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en él. Porque aún no había Espíritu, pues Jesús todavía no había sido glorificado» (Jn 7,39).
[10] «Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos; quedaron todos llenos del Espíritu Santo» (Hech 2, 1-4).
[11] «He venido a arrojar un fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviera encendido!» (Lc 13, 49).
[12] «Jesús les respondió: “Es mi padre quien os da el verdadero pan del cielo; porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo. Entonces le dijeron: “Señor, danos siempre de ese pan”. Les dijo Jesús: “Yo soy el pan de la vida. El que venga a mí no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed”» (Jn 6, 32-35).

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris