Domingo de Pentecostés

Celebramos la alegre fiesta de Pentecostés, es decir, el descenso del Espíritu Santo sobre los apóstoles y la Santísima Virgen[1].

Pensar en el Espíritu Santo es decirle: ¡Ven!. Es necesario que lo pidamos todos los días, y que nos invada. Más aún: que nos dejemos invadir por Él. Él no tiene rostro, pero todos sus nombres dicen que es invasión, presencia: fuego[2], agua[3], espíritu[4], respiración[5], viento[6].

¿ Quién es el Espíritu Santo; dónde está el Espíritu de Dios? Procede del Padre y del Hijo, nos enseña la Iglesia desde hace casi veinte siglos.

El Espíritu de Dios desde que desciende, actúa. La Sagrada Escritura está llena de Él, pero no habla de Él: sólo dice lo que hace. Él está en el comienzo de todo: es el Espíritu de lo que ha de nacer y el Espíritu del primer paso que se da.
En Pentecostés hizo que la Iglesia, que ya había nacido del costado abierto del Señor, despertarse y tomara vuelo, hasta el día de hoy.

Cuando algo está dormido es momento de invocarlo ¡Ven Espíritu Santo! Él es la fuerza para ir hacia delante. La audacia de hablar, de insistir, de crear.

El Espíritu Santo es el huésped interior, sin Él todo nuestro interior quedaría vacío, sin explorar. Él nos lleva de lo superficial a lo profundo.

Él es quien nos impulsa hasta el fin. Os guiará a la verdad completa[7], había dicho Jesús. Él puede hacer que se recorran enseguida itinerarios sorprendentes.

El evangelio de hoy nos habla de este poder de transformación inmediata y total. A unos hombres asustados, débiles, aterrorizados el Señor les dice que también darán testimonio[8].

¿Por qué invocamos tan poco al Espíritu? ¿Por miedo a tener más luz y por lo tanto un compromiso más grande? Si decimos –si gritamos- ¡Ven!, ¿hasta dónde me llevará?

La única verdadera devoción al Espíritu Santo es decirle ¡Ven!, no para una cita tranquila con él –no es ése su estilo-, sino para dar el paso de amor y de coraje que la vida nos pide.

La Santísima Virgen –esposa del Espíritu Santo- está presente en los dos momentos más importantes de la historia de la humanidad: en la Encarnación del Hijo de Dios y en el nacimiento de la Iglesia.

Los humanos no le somos indiferentes.

Vamos a ponernos éste medio día bajo su amparo y su protección; vamos a acudir a ella con confianza y a pedirle que nos enseñe a acudir, a invocar, a desear que el Espíritu de Dios encienda y santifique todos los momentos de nuestra vida ■

[1] La palabra Pentecostés significa el día quincuagésimo. A los 50 días de la Pascua, los judíos celebraban la fiesta de las siete semanas (Ex 34,22), esta fiesta en un principio fue agrícola, pero se convirtió después en recuerdo de la Alianza del Sinaí. Al principio los cristianos no celebraban esta fiesta. Las primeras alusiones a su celebración se encuentran en los textos de Irineo de Lyon, Tertuliano y Orígenes, a finales del s. II y comienzos del III. Ya en el s. IV hay testimonios de que en las grandes Iglesias de Constantinopla, Roma y Milán, así como en la Península Ibérica, se festejaba el último día de la cincuentena pascual. Con el tiempo se le fue dando mayor importancia a este día, teniendo presente el acontecimiento histórico de la venida del Espíritu Santo sobre María y los Apóstoles (Cf. Hch 2). Gradualmente, se fue formando una fiesta, para la que se preparaban con ayuno y una vigilia solemne, algo parecido a la Pascua. Se utiliza el color rojo para el altar y las vestiduras del sacerdote; simboliza el fuego del Espíritu Santo.
[2] «Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos; quedaron todos llenos del Espíritu Santo» (Hech 2, 1-4).
[3] «Todo el que beba de esta agua volverá a tener sed; pero el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para la vida eterna» (Jn 4, 13-14). «El último día de la fiesta, el más solemne, Jesús puesto en pié grito: “Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba el que crea en mí”, como dice la Escritura: De su seno correrán ríos de agua viva. Esto lo decía refiriéndose al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en él. Porque aún no había Espíritu, pues Jesús todavía no había sido glorificado» (Jn 7,39).
[4] Al sexto mes fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la Virgen era María. Y entrando, le dijo: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”». (Lc 1, 26-28). «Acudían al Templo todos los días con perseverancia y con un mismo espíritu, partían el pan por las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón» (Hech 2, 46). Se trata del gozo que sigue a la fe «El sábado siguiente se congregó casi toda la ciudad para escuchar la Palabra de Dios(...): “Te he puesto como luz de los gentiles, para que lleves la salvación hasta el fin de la tierra”. Al oír esto los gentiles se alegaron y se pusieron a glorificar la palabra del Señor» (Hech 13, 44.48).
[5] «Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar. De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento, impetuoso, que llenó toda la casa en la que se encontraban» (Hech 2, 1-4) es interesante resaltar que en griego, como en hebreo, la misma palabra designa al viento y al Espíritu.
[6] Idem.
[7] Jn 16, 13
[8] Cfr Jn 15, 26-27; 16, 12-15.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris