Oh perpetuo Pastor que purificas
A tu grey con las aguas bautismales,
En las que hallan limpieza nuestras mentes
Y sepulcro final nuestras maldades;

Oh Tú que en una cruz clavado un dia
Llegaste por amor a extremos tales,
Que pagaste la deuda de los hombres
Con el precio divino de tu sangre;

Oh Jesucristo: libra de la muerte
A cuantos hoy reviven y renacen,
Para que seas el perenne gozo
Pascual de nuestras mentes inmortales.

Gloria al Padre celeste y gloria al Hijo,
Que de la muerte resurgió triunfante,
Y gloria con entrambos al divino
Paracleto por siglos incesantes ■
de la Liturgia de las Horas

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris