II Domingo de Cuaresma

Tengo un buen amigo que a sus muchos años no logra comer hígado. Simplemente no puede. De niño lo hacia porque su mamá se empeñaba. ¿Cómo lo lograba? Primero agotaba los recursos más tradicionales como dárselo al perro a escondidas, dejarlo debajo de la mesa, envolverlo en la servilleta o pasar pedacitos discretos al plato del hermano más cercano, etc. sin embargo todas estas técnicas eran rápidamente desactivadas por la mamá, por lo que casi siempre al final tenía que enfrentarse de frente con el problema. ¿Solución? Gracias a su afición a la mostaza, untaba medio tarro del frasco sobre el filete, y así conseguía neutralizar casi por completo el [terrible] sabor del hígado. Su técnica resultó durante algunos años exitosa[1].

Ésta técnica, aunque útil para muchas cosas, no funciona cuando la aplicamos a la fe que profesamos. El pescado con salsa tártara es una maravilla, nada mejor que una ensalada con un buen aderezo, sin embargo ni el cristianismo ni el evangelio soportan ningún condimento.

El evangelio nos pide amar a Dios sobre todas las cosas[2]. “Bien. Sí. Sobre todas las cosas menos sobre el ipod, o mi sabadito de golf o el partido de fútbol del fin de semana”. Cristianismo con catsup.

Jesús en el evangelio invita franca y sencillamente a tomar la cruz de cada día[3]. “Bien, de acuerdo, pero con un buen cojín para el hombro y alguien que me ayude ¿eh? Y que la cruz sea de la madera más ligera del mercado”. Cristianismo con azúcar.

El evangelio dice que los limpios de corazón verán a Dios[4]. “Hombre, sí, pero no es para tanto, tranquilo; no hay que exagerar, si todo el mundo lo hace no tiene que estar tan mal”. Cristianismo con miel de maple.

Jesús en el evangelio habla de amar a los enemigos[5]. “Sí, totalmente de acuerdo, sólo que a ése que me metió una zancadilla profesional lo odiaré toda mi vida”. Cristianismo con mayonesa.

El Evangelio nos pide perdonar setenta veces siete[6]. “OK, pero a ése no. Es un caso especial. Lo que me hizo es imperdonable”. Cristianismo con un chorrito de leche.

Jesús nos invita a no poner el corazón en los bienes de la tierra[7]. “Sí sí, lo que pasa es que en este mundo globalizado hay que tener de todo”. Cristianismo con unas rueditas de jitomate.

El Señor nos habla de la necesidad de la oración[8]. “¡Claro! Es importante, pero ¿no ves que no tengo tiempo, que soy una persona muy ocupada?”. Cristianismo con relleno de chocolate.

Nos pide también detenernos y ayudar al que está ahí tirado sobre el camino[9]. “Lo sé, pero hoy en día es peligroso. Nunca se sabe lo que puede pasar. Además, ayudas y ni te lo agradecen”. Cristianismo con un poco de mermelada.

El Evangelio nos pide fidelidad a Jesucristo[10]. “Bien pero uno debe tener sus propias ideas; yo comparto muchas cosas de las que dice Jesús, pero no estoy de acuerdo en algunos puntos de la moral de la Iglesia”. Cristianismo con Splenda.

Jesús nos recuerda constantemente que estamos de paso, que la vida es un instante, que hemos de aprovecharla minuto a minuto[11]. “Sí, bien, pero tampoco hay que amargarse, hay que hacer lo que a uno le gusta; mejor: no estresarse”. Cristianismo con mostaza.

Y así, poco a poco, terminamos todos pidiendo “¡Cristianismo con algún condimento, por favor!”

El Señor no le puso ningún otro sabor a su vida, ni condimento alguno que la hiciera ser más llevadera. No le agregó ni azúcar ni miel, no neutralizó el dolor de la cruz ni dejó que pasara el cáliz que el Padre tenía dispuesto que bebiese.

En la homilía durante la celebración del Miércoles de Ceniza, Su Santidad Benedicto XVI habló de la vocación de los cristianos: «resucitados con Cristo, han pasado por la muerte, y su vida ya está escondida con Cristo en Dios[12]. Para vivir esta "nueva" existencia en Dios es indispensable alimentarse de la Palabra de Dios. Para estar realmente unidos a Dios, debemos vivir en su presencia, estar en diálogo con él. Jesús lo dice claramente cuando responde a la primera de las tres tentaciones en el desierto, citando el Deuteronomio: No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios[13].

Una idea de ésas tan características del Papa que puede ayudarnos a lo largo de ésos días a tomar alguna resolución concreta para vivir de manera profunda nuestra fe pues el cristianismo o se vive como es o no es cristianismo ■

[1] Homilía pronunciada el 8.II.2009, II Domingo del tiempo de Cuaresma, en la parroquia de St. Matthwew, en San Antonio (Texas).
[2] Cfr M5, 19.
[3] Cfr Mc 8, 34-38; Lc 9, 23-27.
[4] Cfr Mt 5, 1-12; Lc 6, 20-26.
[5] Cfr Mt 5,43.
[6] Id 18, 21-22.
[7] Cfr Lc 12, 32.
[8] Cfr Mc 14, 38.
[9] Cfr Lc 10, 30-37.
[10] Cfr Mt 10, 32-33.
[11] Id 25, 1-13.
[12] Cfr Col 3, 1-2.
[13] Mt 4, 4; cf. Dt 8, 3; la homilía completa puede encontrarse en: www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/homilies/2009/documents/hf_ben-xvi_hom_20090225_ash-wednesday_sp.html

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris