II Domingo de Adviento

Sin duda una de las figuras más atractivas del Nuevo Testamento a pesar de lo breve de su vida es la del hijo de Zacarías e Isabel, Juan el Bautista[1].

San Juan llama la atención por la fuerza que transmite en sus palabras, pero sobre todo por la verdad que hay en ellas.

El Bautista fue siempre delante de Jesús para dar testimonio de la verdad, ésa fue su vocación. Al final, su amor por la verdad le costó la vida[2]; el Señor dice que nadie hay más grande qué él.

Dar testimonio de la verdad. ¿Qué significa ésta frase hoy, en la era del facebook y del ipod? ¿Decimos la verdad o actuamos conforme a la en nuestra vida? Quid est veritas?[3].

Cuando alguien dice que ha tenido tales o cuales problemas “por decir la verdad” siempre me he preguntado si los problemas le vinieron por decir la verdad o por decirla llena de vinagre o amargura.

Y es que la mayoría de los que presumen de ir por la vida con la verdad en la boca, lo que nunca revelan es que algunas veces la dicen amargamente. Y es así porque tampoco explican que no dicen la verdad porque la amen, sino porque se aman a sí mismos, para ser más exactos; porque muchas veces gusta aplastar a los demás debajo de la verdad.

Y es que una verdad mal dicha, es media verdad. Y una verdad dicha con amargura y enojo tiene grandes posibilidades de encontrarse cerradas las puertas de los oyentes. «Todo puede decirse con caridad y cortesía. La razón expuesta con malos modos no convence, sino enfurece y llena de resentimiento. Nadie es infalible y, dicho de manera popular, todas las cosas las sabemos entre todos. Todos necesitamos de indulgencia, y el que no la otorga a los demás, difícilmente la encontrará para sí mismo»[4].

Todo puede decirse, sí…siempre y cuando se sepa decir. Siempre que se ame suficiente la verdad y a la persona a quien se la decimos antes le hayamos dado muestras auténticas de caridad y cortesía.

Una de las ideas que más repitió ese hombre tan estupendo y tan cariñoso que era Juan XXIII [idea que por otro lado está en el humus de todo el concilio Vaticano II] es esa de que es tan importante el modo en que se dice la verdad como la verdad misma.

Y puede asegurarse que de cada diez veces que una verdad es rechazada, tal vez dos o tres lo sea porque quien la escucha no quiere recibirla, pero ocho al menos lo es porque quien la dice, trata de imponerla por la fuerza.

La verdad –aprendámoslo de una vez y para siempre- tiene que encontrar el momento para ser dicha; el tono en que tiene que ser pronunciada; el tiempo necesario para que madure en el alma del oyente; y sobre todo la sonrisa que sirva de introducción.

En definitiva, y como decía Bernanos: hay que atreverse a decir la verdad entera, pero sin añadirle el placer de hacer daño[5]. Porque si lo que buscamos al decir la verdad es aplastar, imponer, demostrar qué listos somos ¿qué esperanza tendremos de que alguien nos abra las puertas de su compresión? Y sobre todo ¿cómo reflejaremos esa presencia de la Verdad, que es Jesucristo, y cómo podemos decir que somos testigos de la verdad? ■

[1]Homilía pronunciada el 7.XII.2008, II Domingo del Tiempo de Adviento, en la Parroquia de St. Matthew, en San Antonio (Texas).
[2] Ídem 14, 1-12.
[3] La célebre frase en medio de la conversación entre Jesús y Pilatos.
[4] Menéndez y Pelayo, La Verdad y las verdades, Ensayos, Obras Completas, BAC, Madrid 1995.
[5] Georges Bernanos (1888-1948). Escritor francés nacido en París el 20 de febrero de 1888 y muerto en Neuilly-sur-Seine el 5 de julio de 1948. En su primera novela, Bajo el sol de Satán, ya están patentes sus preocupaciones religiosas. Bernanos ahonda en la psicología del hombre donde tiene lugar el enfrentamiento entre el bien y el mal, la fe y la desesperación. Publicó, entre otros títulos, La alegría, Los grandes cementerios bajo la luna y Diario de un cura rural.
Ilustración: HOLBEIN, Hans Holbein el jóven, San Juan Bautista (1519-20), aguafuerte sobre papel (54,9 x 37,7 cm), Öffentliche Kunstsammlung (Basilea, Suiza)

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris