Akathistos
A Ti, oh Madre de Dios, Emperatriz invencible, te agradezco yo,
la ciudad liberada por Ti del mal, las victorias logradas.
¡Líbrame Tú, con tu invencible poder, de todo tipo de peligro,
para que pueda suplicarte, a Ti, Esposa virgen!
Oh, Madre, merecedora de toda alabanza, que engendraste al Verbo,
al Santo de los Santos, acepta esta ofrenda, líbranos de todo mal,
y protégenos de futuros sufrimientos a todos los que te suplicamos. Aleluya.

¡Salve, Tú a través de quien brilla la alegría!
¡Salve, Tú a través de quien el mal termina!
¡Salve, restauradora de Adán!
¡Salve, redención para las lágrimas de Eva!
¡Salve, Madre del Cordero y del Pastor!
¡Salve, rebaño de corderos racionales!
¡Salve, Madre de la estrella que no se apaga!
¡Salve, esplendor del día místico!
¡Salve, mar que superaste al sabio faraón!
¡Salve, roca que das vida al sediento!
¡Salve, tabernáculo de Dios y del Verbo!
¡Salve, torre incólume de la Iglesia!
¡Salve, muro inexpugnable!
¡Salve, Tú a través de quien se logran las victorias!
¡Salve, por quien caen los enemigos!
¡Salve, salud de mi cuerpo!
¡Salve, seguridad de mi alma! ■

El Himno Akathistos es la más grande y célebre composición mariana de la Iglesia ortodoxa. Ha gozado siempre de una gran estimación entre los fieles, tal como se desprende del hecho de que su uso litúrgico se haya mantenido sin interrupción durante mil quinientos años. Según el relato del Synaxario, el himno fue instituido para agradecer a la madre de Dios su protección sobre la ciudad de Constantinopla -reinando Heraclio como emperador- ante el ataque de los bárbaros: concretamente los ávaros y los persas -a un tiempo y amenazando las fronteras del Imperio bizantino desde diversos frentes- en el año 626. Se cuenta que el patriarca Sergio hizo llevar en procesión, por toda la ciudad, el icono de la Santa Madre de Dios, exhortando a la población a no perder –en aquellos difíciles momentos- la confianza en su protección. Como quiera ser que los intentos de conquista de Constantinopla por sus enemigos, tanto por tierra como por mar, fracasaron milagrosamente -a pesar de las más numerosas y poderosas fuerzas que aportaban a la lucha los bárbaros-, maravillados, los habitantes de la ciudad imperial se dirigieron a la Catedral de Santa Sofía para agradecer a la Combatiente Poderosa su infalible intercesión, cantando jubilosamente: «¡Oh, Madre de Dios, somos tus siervos!». Su peculiar nombre se debe, probablemente, a que el pueblo, careciendo de espacio para sentarse, permaneció de pie (akáthistos) toda la velada y, en adelante, escucharía siempre este himno en esa posición en honor de la Virgen. Es posible que el himno estuviera compuesto con bastante anterioridad, puesto que es evidente que no puede ser fruto de la improvisación. Sin embargo, este acontecimiento histórico tan señalado pudo influir para que se fijase la tradición de usarlo como himno de acción de gracias. Así, habría que situar su composición entre finales del siglo V y principios del siglo VI. Respecto al autor, se han propuesto varias hipótesis, sin que haya pruebas suficientes para determinar con seguridad la autoría de uno de ellos: entre ellos destacan los patriarcas de Constantinopla Sergio y Germán, Jorge de Pisidia y Romanos el Meloda ■

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris