El cielo y la tierra
celebren, aplaudan
a la Iglesia, esposa
sin arruga y mancha.

Descienda a nosotros
la ciudad sagrada,
en que todo es nuevo
y de rica gala.

En piedras preciosas
está cimentada,
y bien construida
en brillos de gracia.

Las piedras preciosas
que están a su entrada
muestran la hermosura
de esta casa santa.

Descienda a nosotros
esta santa casa,
que hizo el Rey eterno
para su morada. Amén ■

Himno del oficio de Laudes de la Liturgia de las Horas

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris