Que el segundo día de noviembre la liturgia de la Iglesia lo dedica a los fieles difuntos es una larga y entrañable tradición, y que a lo largo de todo el mes se sucede este recuerdo es también algo a lo que estamos más o menos acostumbrados. Orar por el eterno descanso del alma de los que murieron es una de las tradiciones cristianas más antiguas, y es algo que estuvo, está y estará siempre en la entraña misma de la espiritualidad cristiana[1].

Sin embargo hay algo más, ¿qué pasa cuando, aún estando vivos, resultamos “como muertos” para los demás o, peor aún, cuando los demás están “como muertos” para nosotros? Quienes formamos parte de la condición humana sabemos que en las relaciones entre las personas se dan situaciones que llevan al rompimiento de la convivencia y al progresivo alejamiento. Malos entendidos, discusiones, divorcios, separaciones, etc. Es una realidad que en las personas hay acontecimientos que fracturan la amistad y el amor, y que desafortunadamente hacen que las cosas “ya no sean como antes”, por decirlo en palabras populares.

Ciertamente muchas veces en la vida hay que abandonar al borde del camino una mujer, un hombre, una empresa, una doctrina o una pasión para seguir otro destino, otra vida, que pensamos en conciencia que es mejor. La pensamos nosotros, lo que no quiere decir que sea compartida ni admitida por todos, o por algunos.

Cuando eso –precisamente eso- suceda hemos de procurar con todas nuestras fuerzas evitar, al alejarnos, cualquier apariencia de vulgaridad o de traición. Hemos de luchar por ser amables, y hemos esforzarnos –titánicamente, tal vez- por despedirnos con la mayor delicadeza posible, precisamente porque quizá sea la última vez que hablemos o convivamos o nos encontremos con esa persona.

Aquellos con los que caminamos un trecho de nuestro camino y cuyo umbral quizá no volveremos a franquear son a los que debemos despedir con el mayor cariño y respeto. Si lo hacemos el resultado, al menos en el secreto del alma, será no renegar de aquella parte de nosotros mismos que un día se comprometió con afectos hoy desaparecidos, o empresas que abandonamos.

Incluso hemos de permanecer agradecidos a aquello o aquellos que alguna vez amamos y luego nos destrozó. Sufriremos, sí, pero no quedará en nuestra alma el sello de la amargura.

Al mismo tiempo será siempre sano aprender a dejar ir las cosas, las personas o los acontecimientos desagradables; a no ir cargando con lo inútil o lo estéril por el resto de la vida. En esto resulta de gran ayuda el Sacramento de la Confesión donde Dios perdona y destruye todo nuestro pasado. Ayuda también el meditar sobre el infinito perdón de Dios[2] y si queda tiempo releer aquel viejo cuento sufí[3] que narra la historia de los dos monjes que iban caminando por el campo y mientras caminaban oraban y reflexionaban, a ratos en silencio a ratos en voz alta.

Al llegar a un caudaloso río que habían de cruzar vieron a una joven que lloraba, al cabo de un momento ella se les acercó y les pidió que le ayudaran a cruzar el río. Uno de aquellos buenos monjes inmediatamente asintió, mientras el otro lo veía con mirada de desaprobación. El que se ofreció a ayudarla la subió en sus hombros y terminado el paso del río la bajó de sus hombros. Aquella mujer se despidió rápidamente con agradecimiento y, sin más, siguió su camino.

Los monjes siguieron el suyo, sin embargo el que no aprobó la decisión comenzó a reclamarle a su compañero el hecho de haber ayudado a la mujer a cruzar el río: “¿Por qué subiste a esa mujer a tus hombros?, ¿no sabes que en el monasterio nos tienen prohibido mantener contacto con mujeres?”. El que había ayudado a la mujer no respondió, continúo caminando en silencio. Continuaron su viaje, y el monje insistía en sus preguntas y en el error tan grande que su compañero había cometido. Como siguiera insistiendo, el monje que ayudó a la mujer, le dijo: “hermano mío, te suplico que no hablemos más de esto. Mejor es olvidar algo que no tiene importancia y seguir caminando”. Poco antes de llegar al monasterio, el monje le volvió a cuestionar acerca de lo que había hecho. Finalmente, el monje respondió: “hermano, hace ya muchas horas que aquella mujer ya no está ni en mi cabeza ni en mis hombros, pero veo con tristeza que sigue en la tuya. Tú no la has dejado ir. ¿Qué ganas con hacerte daño al tener en tu mente cosas del pasado?, ¿qué ganas con conservar en tu corazón eventos pasados que no sirve para nada recordar?” ■



[1] La práctica de orar por los difuntos es sumamente antigua, aparece en el 2º libro de los Macabeos: "Mandó Juan Macabeo ofrecer sacrificios por los muertos, para que quedaran libres de sus pecados" (2Mac. 12, 46).
[2] Las así llamadas Parábolas de la misericordia pueden resultar de gran ayuda para la oración personal. Cfr. Mt 12, 1814; Lc 11, 15-32; Jn 10, 1-16; Lc 15, 8-10.
[3] El término sufismo es usado en Occidente para referirse, por un lado a la espiritualidad islámica denominada tasawwuf, que incluye diferentes movimientos ortodoxos y heterodoxos del Islam. También es usado para definir grupos esotéricos desvinculados del Islam, como algunas formas de sincretismo Nueva Era. En el ámbito de algunas universidades islámicas hace referencia a la psicología islámica (el conocimiento del alma y su purificación, donde también se denomina tazkiyyat al-nafs) y en ocasiones se confunde con el ajlāq, que se suele entender como moral, pero que en su concepción clásica indica la nobleza de carácter. En el ámbito tradicional islámico el tasawwuf al-islami ha denominado la espiritualidad islámica, es decir, aquella faceta, conocimientos, métodos, formas y ritos que, dentro del contexto del Islam, se han dedicado a las cuestiones del espíritu, la purificación del alma, a la metafísica, a la interpretación interior de los preceptos islámicos, a la relación de Dios con el Cosmos. Por otro lado, el tema principal del sufismo es la consecución (o realización) de la proximidad a Dios (qurba) o la santidad (walaya), lo cual lo diferencia de otras formas de espiritualidad islámica.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris