XXV Domingo del Tiempo Ordinario

Qué duro e insensible puede llegar a ser el corazón del hombre. Esto a propósito de los trabajadores de la viña que se enfadan con el propietario porque se muestra generoso con aquellos que llegan al último y aparentemente no soportaron el peso del día y del calor [1]como los primeros[2].

No cabe duda que entre todas las cosas que cambian lo que menos cambia es el hombre. Todo ha cambiado a nuestro alrededor: conocemos los secretos del átomo, del genoma, de los embriones, hemos tocado la luna y alcanzado planetas lejanos; nuestros aviones han franqueado la barrera del sonido y matamos más y mejor que nunca; un agricultor produce mil veces más de trigo que cualquiera de sus antepasados juntos; dominamos las técnicas de reproducción hasta el punto de no ser necesario acoplarse para dar vida; nuestros coches de hoy mañana son anticuados, conocemos la cara de nuestros líderes que en otros tiempos se trataba como a dioses, sus arrugas, sus vicios y sus miedos.

Pero, ¿y nuestro conocimiento de nosotros mismos? Ni nuestras virtudes ni nuestros vicios han cambiado un ápice. ¿Estamos menos dominados por nuestras pasiones, afectos, pulsiones, angustias o miedos que cualquiera otro de cualquier otro tiempo o cultura? ¿Estamos más próximos a Dios que cualquiera de los santos de los siglos anteriores? Nuestros filósofos, ¿son más geniales que Aristóteles, los poetas más que Homero o los escultores más que Fidias?. Leer la cosmología de Dante nos hace gracia –el cielo representado como un escalonamiento de bóvedas-, pero cuando el propio Dante describe los arrebatos y los tormentos del amor, los enamorados de hoy se reconocen en sus versos y tiemblan… como estremece Shakespeare, Cervantes, Sthendal y tantos otros. Como conmueven los sonetos de amor de Quevedo o la poseía de Gracilazo…
Hablando de sonetos, el otro día una conocida periodista entrevistaba a un poeta y le pidió que leyera algún soneto y el hombre se dispuso a ello con emoción contenida. Al final la mujer le dice “bueno, Mr. Fulano, muchas gracias por estos versos y ahora, por favor, el último soneto, pero que sea cortito, vamos mal de tiempo”. Alucinante: un soneto “cortito”…

Sí, somos más poderosos, pero eso no nos ha hecho mejores: más sensibles a la belleza, más dueños de nosotros mismos, más atentos a los demás. Nunca los sabios, los santos y los artistas de la era espacial podrán borrar a Sócrates, o a Francisco de Asís o a Miguel Ángel… es más, al paso que vamos, y por el camino que vamos, ¿podremos llegar a la santidad, a la sabiduría o a la belleza?

Miles de millones personas han cantado canciones de amor de miles de millones de maneras con miles de millones de historias tan parecidas a las que a todos nos han sucedido. Hace pocos días una gran amiga me escribía su historia de amor, una escena en un aeropuerto: “de pronto, él buscó mi mano y yo la suya: fue un momento mágico, como si una suerte de electricidad muy potente se canalizara a través de de nuestras manos. Experimenté una sensación nueva, única, inexpresable y, a la vez, muy grata”. Fantástico recuerdo que es algo más que un recuerdo, y que a quien más quien menos le ha sucedido de otras maneras. La mediocridad, posiblemente, consiste en estar delante de la grandeza y no darse cuenta: el amor nos hace ver la grandeza de la vida, incluso en las cosas más tontas.

Cada uno tiene su biografía con sus miedos, sus complejos, sus buenos y malos rollos, sus fracasos y sus éxitos… pero nadie puede no amar, o sentirse incapaz de amar a alguien, o a algo. Es, sencillamente, imposible. Está en nuestra naturaleza. Deseo, pasión, intimidad, sentimiento, simpatía, afecto, apego, querencia, folia, ternura, hormona, feromonas o libido son algo más que palabras, son tuberías que están dentro de cada uno. Y también está el que es más lanzado, o más tímido, más divertido o más aburrido. Hay quien es un romanticón, o el seductor más o menos patético, y el que es un enamoradizo que ve una farola con faldas y ya está diciendo tonterías, y está el triste. Hay a quien le importa todo un bledo, y el que es un obsesivo del gel, zapatos boleados, loción, cinturón y sweater a juego con el color de sus ojos. Hay quien le huelen los pies y eso le hace frágil y débil. De todo. Y está muy bien.

Lo importante está en salirse a caminar por la vida y conocer gente y quererla, sin miedo. La vida y las relaciones humanas son como los cables de los audífonos del ipod que siempre se enredan de una forma inexplicable; te descuidas un momento y ¡ay! ya están hechos un nudo.

La lotería está en que de verdad encontremos el Amor, que no tiene nada que ver con lo escrito párrafos más arriba. Y que nos dejemos envolver por ése amor y que nos haga generosos y nos ayude a que no veamos a los demás por encima del hombro; a que no vayamos por la vida separando a los buenos de los malos. Ésa es tarea del Amor (y dudo mucho que incluso Él la haga).

Es duro leer –aunque se trate de una parábola- que hay gente que tiene el corazón tan chiquito que no se alegra de que a los demás les vaya bien, aunque lleguen tarde y no suden como nosotros, que estamos asoleados desde antes que salga el sol (pero quizá llenos de arrogancia y autosuficiencia)

Es duro ver que hay personas que con ésa actitud están gritando que eso de amar no existe. Es verdad que hay gente muy desgraciada, pero no neguemos el milagro, ni el más increíble de los milagros: que los milagros existen. El amor es uno de ellos, quizá el más grande y el más importante, el que da sentido a nuestra vida, lo que hace, sin duda que el mundo gire ■

[1] Cfr Mt 20, 1-16a.
[2] Domingo XV del Tiempo Ordinario.
Ilustración: Pietro Novelli, Cain y Abel, óleo sobre tela (198 x 147 cm), Galleria Nazionale d'Arte Antic (Roma).

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris