XXIII Domingo del Tiempo Ordinario


A propósito del pasaje del evangelio que acabamos de escuchar vamos a tirar unas pocas piedritas sobre nuestro propio tejado[1].

Una cosa que queda clara ¡qué trabajo nos cuenta que nos corrijan o nos llamen la atención! Pero qué trabajo nos cuesta especialmente a los sacerdotes o a las personas que hemos entregado la vida al servicio de Dios. ¿Será que somos más soberbios y arrogantes que el resto de los seres humanos? ¿Será que vemos con menos facilidad nuestros defectos y equivocaciones?[2]

La Iglesia aunque ha sido fundada por Jesucristo sobre roca firme[3] y está constantemente asistida por el Espíritu Santo, tiene una parte humana que desafortunadamente deja algunas cosas qué desear[4].

No cabe duda de que la crisis por la que atravesamos es en realidad una crisis de liderazgo: muchos obispos y sacerdotes no vamos delante de las ovejas gobernando el rebaño que nos ha sido encomendado con santidad y justicia. No creo que haga falta poner demasiados ejemplos porque todos conocemos bien la situación concreta que hemos vivido en éste país.

Hoy por hoy se hace más necesario en ésta Iglesia particular de los Estados Unidos –y en la Iglesia Particular de México y en la Iglesia Universal- que los fieles laicos nos ayuden a nosotros, los ministros ordenados, con la corrección, diciéndonos las cosas que no estamos haciendo bien y que por soberbia, arrogancia o descuido no vemos.

De la misma manera que los sacerdotes llamamos la atención cuando algo no está bien o algo no está de acuerdo con la vida que debe seguir el cristiano, y alzamos la voz y convocamos, por ejemplo, manifestaciones, de ésa misma manera los laicos, con respeto y con cariño, pero también con firmeza y claridad –sin el deseo de amarrar navajas, por decirlo coloquialmente, ni de separar o de herir la unidad del cuerpo de Cristo- deben ayudarnos diciéndonos si hacemos algo mal. Requiere esfuerzo, requiere entereza, pero es necesario, ¡Ayúdenos con la limosna de su corrección y de su preocupación por nosotros!

Una de las enfermedades que más daño causan a la Iglesia la actitud del fanático, es decir, de aquel o aquella que considera que dentro de la Iglesia católica –o sus instituciones- todo está bien, todo está en orden, no hay nada qué cambiar y por tanto somos lo más perfecto que hay sobre la tierra, amén de que los sacerdotes somos intocables e incorregibles.

El dogmatismo es un cáncer porque es al mismo tiempo una enorme carencia de espíritu crítico y porque no admite la libre discusión acerca de las propias verdades; las diferencias son consideradas de manera radical y se termina por encerrar la diversidad humana en dos categorías: buenos y malos.

El fanático desea a toda costa imponer la creencia y forzar a todo el mundo a que se adscriba a la misma, además de que desprecia y rechaza todo aquello que está fuera de sus moldes y etiquetas. El fanático es incapaz de admitir el mundo en su diversidad y para aprender de los demás. Una sociedad fanática se encuentra anclada en un tiempo y en una forma fija de ver las cosas.

Dignas de ser recordadas son las palabras de su Santidad Benedicto XVI hace pocos meses en Washington: «En el contexto de esta esperanza nacida del amor y de la fidelidad de Dios reconozco el dolor que ha sufrido la Iglesia en América como consecuencia del abuso sexual de menores. Ninguna palabra mía podría describir el dolor y el daño producido por dicho abuso. Es importante que se preste una cordial atención pastoral a los que han sufrido. Tampoco puedo expresar adecuadamente el daño que se ha hecho dentro de la comunidad de la Iglesia. Ya se han hecho grandes esfuerzos para afrontar de manera honesta y justa esta trágica situación (…) Ayer hablé de esto con vuestros Obispos. Hoy animo a cada uno de ustedes a hacer cuanto les sea posible para promover la recuperación y la reconciliación, y para ayudar a los que han sido dañados. Les pido también que estimen a sus sacerdotes y los reafirmen en el excelente trabajo que hacen. Y, sobre todo, oren para que el Espíritu Santo derrame sus dones sobre la Iglesia, los dones que llevan a la conversión, al perdón y el crecimiento en la santidad»[5].

Si el Papa – y antes Juan Pablo II-[6] ha pedido perdón y ha aceptado que hay cosas que no van bien, y que hay que trabajar mucho ¿cómo es que los demás vamos a decir que no pasa nada y a molestarnos cuando se nos corrige con el deseo de ayudarnos? ■

[1] Cfr Mt, 18, 15-20.
[2] Homilía pronunciada el 7.IX.2008, en la parroquia de St. Matthew, en San Antonio (Texas).
[3] Cfr Mt 16,18.
[4] “ (…) Afortunadamente, el Espíritu Santo nunca deja sin intrínseca protección a la Esposa de Cristo. Siempre está activo, estimulando las antitoxinas necesarias bajo diferentes niveles (…)” Giacomo Biffi, arzobispo de Bolonia, en el prefacio a Leyendas Negras de la Iglesia de Vittorio Messori.
[5] El texto complete puede leerse en: www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/homilies/2008/documents/hf_ben-xvi_hom_20080417_washington-stadium_sp.html
[6] El 7 de marzo de 2000, la Comisión Teológica Internacional (CTI), institución que reúne a los teólogos más prestigiosos de la Iglesia católica, presidida entonces por el cardenal Joseph Ratzinger, publicaba en Roma La Iglesia y las culpas del pasado, documento que contenía las líneas maestras para la purificación de la memoria en el contexto del gran Jubileo, destinado a servir de ayuda a los obispos de todo el mundo para realizar los actos solemnes de petición de perdón por las culpas pasadas y presentes de los hijos de la Iglesia. Poco después, 12 de marzo de 2000, Juan Pablo II, junto con cinco cardenales y dos arzobispos, celebraba, dentro de la misa solemne, un rito especial de petición de perdón a Dios por los graves pecados de tantos hijos de la Iglesia en el milenio que termina. A ejemplo del Papa, diversas conferencias episcopales, obispos singulares, superiores religiosos y otros representantes de movimientos e instituciones eclesiales, hicieron los correspondientes pedidos públicos de perdón. El documento de CTI, además de su valor histórico, sigue siendo de actualidad como exposición sistemática sobre los fundamentos y alcances de la responsabilidad moral de la Iglesia por los pecados cometidos por sus hijos a lo largo de la historia y en el tiempo presente.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris