XXI Domingo del Tiempo Ordinario


No solamente con el evangelio de hoy vemos la profunda relación que existe entre el Señor y Pedro. Muy pronto la suerte de uno irá unida a la del otro, hasta aquel suceso entrañable en que el Señor se une a Pedro a la hora de pagar el tributo, una manifestación muy expresiva del amor del Señor a su discípulo[1]. Y también una muestra del amor de Pedro al Señor. Ciertamente esa unión se rompió cuando Pedro se avergonzó de ser del grupo de Jesús, fue efectivamente una ruptura -la única- la cual además fue reparada[2].

Querer a una persona es darse de manera total, reconociendo que aquel a quien queremos es algo absoluto[3].

La palabra amar se refiere siempre al acto más noble y humano de la voluntad cuando se refiere a una persona. También se usa referido a algunas cosas especiales, como la patria, la tradición, las instituciones, pero en su sentido directo y propio, lo que se ama es siempre la persona, pues es la única criatura de este mundo que Dios ha querido por sí misma y por lo tanto la única que debe ser querida por sí misma.

Querer a alguien por sí mismo significa quererlo no en relación a otra cosa, sino de una manera absoluta. Esto implica que no se le quiere instrumentalmente, para alcanzar otro fin distinto de ella misma. Querer de verdad supone tener a la persona que se quiere fuera del campo en que se miden intereses, o se articulan instrumentos para alcanzar determinados objetivos.

Todo eso significa que las personas deben ser queridas por encima de intereses o coyunturas, o beneficios o, en general, cualquier tipo de situación contingente. Te quiero es una frase incompatible con cualquier añadido de tipo temporal o circunstancial.
En concreto, querer de verdad supone subordinar la propia persona a la persona amada. Esto es lo que se manifiesta especialmente cuando se está en trance de confesar en favor de una persona, de reconocer el cariño que se le tiene, el amor que se le profesa, aún a costa de perder otros bienes o beneficios, y aún a costa de la propia fama o de la propia vida.

El Señor a lo largo de todo el evangelio nos enseña con sus palabras y sus obras a querer de esta manera, pide incluso que le queramos por encima de nuestra vida. El tono de su predicación es siempre una petición de amor que esté por encima de todo.

Cuando está en trance de entregar su vida pronuncia unas palabras que son como una ayuda para que sus discípulos entiendan –entemdamos- el profundo calado humano y sobrenatural de sus actos y de sus dolores: nadie tiene un amor más grande que el que da la vida por los amigos[4].

El amor del bueno es el que pasa por encima del peligro, de la persecución y de la pérdida de cualquier beneficio.

Cada uno hemos de ser personas que quieran mucho, y que quieran de la misma manera que quería el Señor, es decir, pasando por encima de las dificultades que lleva consigo la lealtad, la fidelidad, la amistad fuerte y recia. Siempre estaremos amenazados por limitaciones en el querer. Muchas veces sufriremos porque alguien ha mostrado un amor que se ha visto condicionado por otras cosas, otras tantas comprobaremos que no nos querían por encima de la fama, o del dinero, o de la vida, sin embargo valdrá siempre más la pena arriesgarse por el Amor y amor, que pasarnos la vida desconfiando y darnos cuenta. Al final, que tenemos el corazón encogido.

En su célebre poema sobre lo que es un amigo, Rudyard Kipling[5] hace alusión a que el verdadero amigo ama por encima de cualquier riesgo. La estrofa final es especialmente elocuente:

Entre mil hombres, todos menos uno
dejárante en la afrenta o el sarcasmo
mas el hombre entre mil irá contigo
hasta el pie y más allá de tu cadalso.


La Iglesia es un lugar en el que la fidelidad está institucionalizada de una manera maravillosa: a la confianza que un cristiano pone en el sacerdote mostrándole la conciencia para obtener el perdón, es decir, aquel que ha mostrado sus heridas para que se las curen, no puede ser delatado por ninguna causa, aunque estuviera en peligro la subsistencia misma de la Iglesia[6].

Valdría la pena entrar a fondo en la lógica que la institución del sigilo sacramental instaura en la vida cristiana; qué visión de la persona y de la confianza personal supone, Así se podrían derivar consecuencias muy profundas y muy esperanzadoras.

Jesucristo sí ha dado la vida por nosotros. Y después de haberla dado, viene a nuevamente a buscarnos. Podemos tener el profundo orgullo de que somos personas que han sido queridas por Jesucristo…. hasta la muerte[7]
[1] Cfr Mt 22, 15-22.
[2] Homilía preparada para el XXI Domingo del Tiempo Ordinario.
[3] Esta homilía ha sido escrita utilizando muchas de las ideas del estupendo artículo Dar la vida por los amigos, de Don Antonio Ruiz Retegui, a quien hemos citado ya en homilías anteriores.
[4] Jn 15, 13
[5] Joseph Rudyard Kipling (Bombay, 30 de diciembre de 1865 – Londres, 18 de enero de 1936) fue un escritor y poeta británico nacido en la India. Autor de relatos, cuentos infantiles, novelista y poeta, se le recuerda por sus relatos y poemas sobre los soldados británicos en la India y la defensa del imperialismo occidental, así como por sus cuentos infantiles. Algunas de sus obras más populares son la colección de relatos The Jungle Book (1894) (El libro de la selva), la novela de espionaje Kim (1901), el relato corto The Man Who Would Be King (1888) (El hombre que pudo ser Rey), publicado originalmente en el volumen The Phantom Rickshaw, o los poemas Gunga Din (1892) e If (1895). Además varias de sus obras han sido llevadas al cine. Fue iniciado en Masonería a los veinte años en la Logia «Esperanza y Perseverancia Nº 782» de Lahore, Punjab, India. En su época fue respetado como poeta y se le ofreció el premio nacional de poesía Poet Laureateship en 1895 (poeta laureado) la Order of Merit y el título de Sir de la Order of the British Empire (Caballero de la Orden del Imperio Británico) en tres ocasiones, honores que rechazó. Sin embargo aceptó el Premio Nobel de Literatura de 1907 y fue el ganador del premio Nobel más joven hasta la fecha, y el primer escritor británico en recibir este galardón.
[6] C. 983

Ilustración: Lorenzo Veneziano, La llamada de los apóstoles Pedro y Andrés (1370), Staatliche Museen (Berlin).

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris