XVIII Domingo del Tiempo Ordinario (de perros, gaviotas y cosas mejores)

Hace unas pocas semanas apareció un pequeño reportaje en el New York Times con el relato del naufragio de cuatro personas en una pequeña embarcación de vela. Aquellos hombres, para calmar su sed, durante varios días trataron de sacar la humedad de las velas hasta que se deshidrataron y perdieron la conciencia. Cuando volvieron en sí los guardacostas les dijeron que en realidad estaban flotando sobre agua dulce, es decir, a pesar de no poder verlo, estaban relativamente cerca del delta del Amazonas, un río tan grande que lleva agua dulce hasta muy dentro del océano[1]. Aquellos hombres podían haber bebido agua del océano y haber sufrido menos[2].

Qué parecidos somos los hombres y mujeres de hoy a aquello náufragos. Estamos terriblemente sedientos pero somos inconscientes –por ignorantes y por necios- del Agua tan cercana y tan saludable que tenemos en Jesucristo y en general en todas las cosas que nos da nuestra maravillosa fe católica. La semana pasada el Papa les habló de esto mismo a los jóvenes con los que se reunió en Sydney: «En muchas de nuestras sociedades, junto a la prosperidad material, se está expandiendo el desierto espiritual: un vacío interior, un miedo indefinible, un larvado sentido de desesperación ¿Cuántos de nuestros semejantes han cavado aljibes agrietados y vacíos (cf. Jr 2,13) en una búsqueda desesperada de significado...?»[3].

El Papa identificó con mucha claridad las cosas que anhelamos: amor que perdura, oportunidad para compartir dones, unidad basada sobre la verdad, comunión que respeta la libertad del otro. En otras palabras: buscamos desesperadamente –sedientamente- la Verdad, el Bien y la Belleza. Sin embargo, dijo el Papa, «la elección en sí misma se convierte en bien, la novedad se hace pasar como belleza, y la experiencia subjetiva suplanta a la verdad» [4]Esas cosas no malas, pero quedarse con ellas es intentar sacar agua de las velas de un barco a la deriva mientras flotamos sobre una inmensidad de agua dulce.

¿Y cuál es ese océano de agua viva? El Papa contesto en una sola palabra: Jesucristo. Solamente en el Señor y en su Espíritu encontraremos la Belleza, el Bien y la Verdad que deseamos. Solo Él puede darnos un amor que perdura, la libertad que respeta cada persona.

El agua que Jesucristo regala –sí: tal cual: regala- es la gracia. Y la gracia es algo que va mucho más allá de nuestro entendimiento. La gracia es esa agua que necesitamos para crecer. La gracia es....pues eso que en algunos momentos de la vida de la Iglesia tanto se ha burocratizado. El primero que lo hizo fue un tipo que se llamaba Pelagio[5]. Pelagio no creía que la gracia fuera algo vivo y gratuito que actúa en el interior del hombre, pensaba que una vez bautizado el cristiano tenía que echarle fuerzas al asunto, y que la salvación vendría por el valor de sus obras. Llega San Agustín corrige a Pelagio y a su tribu…pero, ¡ay!, seguimos en manos de muchos pelagianos que hacen mucho daño a la espiritualidad.

Sedientos como estamos y en busca de la felicidad, no acabamos de comprender que la gracia hace al hombre dichoso, genial, enamorado, afortunado. No entendemos que la gracia no es un medio para nada, y tampoco es un fin. La gracia es anterior a todo, a la moral, al derecho. A todo. No somos desgraciados porque hacemos el mal, sino que hacemos el mal porque somos desgraciados. Y, viceversa: no somos felices porque hacemos el bien, sino que hacemos el bien porque somos felices.

En realidad -y para entendernos nos valemos de analogías- la felicidad es un perro corriendo por la playa tras una gaviota. Cuando está a punto de atraparla, frena y ladra de alegría. Es la carrera lo que le da la felicidad. Es el reto lo que le otorga la gracia. La meta tan sólo es una excusa para correr. Por tanto, hemos de correr, con la seguridad de que al final Dios estará esperándonos para darnos un abrazo fuerte y todo aquello que tanto desea nuestro corazón ■

[1] El río Amazonas transporta más agua que el Mississippi, el Nilo y el Yangtze juntos; su área de drenaje o cuenca es asimismo la mayor del mundo. El volumen de agua llevado hacia el Atlántico es enorme. El Amazonas es responsable de la quinta parte de todo el agua dulce incorporada a los océanos de la Tierra. Además, esa agua es perfectamente potable mar adentro de la desembocadura, hasta una distancia desde la cual la costa ya no es visible.
[2] Homilía para el XVIII Domingo del Tiempo Ordinario. St. Matthew Catholic Church (San Antonio, Texas).
[3] Cfr www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/speeches/2008/july/documents/hf_ben-xvi_spe_20080719_vigil_sp.html
[4] La vida no es una simple sucesión de hechos y experiencias, por útiles que pudieran ser. Es una búsqueda de lo verdadero, bueno y hermoso. Precisamente para lograr esto hacemos nuestras opciones, ejercemos nuestra libertad y en esto, es decir, en la verdad, el bien y la belleza, encontramos felicidad y alegría. No os dejéis engañar por los que ven en vosotros simplemente consumidores en un mercado de posibilidades indiferenciadas, donde la elección en sí misma se convierte en bien, la novedad se hace pasar como belleza y la experiencia subjetiva suplanta a la verdad." (Ceremonia de acogida a los jóvenes, 17 de Julio 2008)
[5] Aparte de los principales episodios de la controversia pelagiana, poco o nada se conoce sobre la carrera personal de Pelagio. Sólo después que él da un último adiós a Roma en el 411, son más abundantes las fuentes. Sin embargo, después del 418, de nuevo se produce un silencio sobre su persona en la historia. Como S. Agustín (De peccat. orig., XXIV) testifica, Pelagio vivió en Roma “por largo tiempo”. Podemos suponer que residió allá al menos desde el pontificado del Papa Anastasio (398-401). Respecto a su larga vida antes del año 400 y, sobre todo respecto a su juventud, nos hemos quedado enteramente en la oscuridad. Aun el lugar en que nació está en discusión. Mientras que testimonios confiables, como Agustín, Orosio, Próspero y Mario Mercator, son absolutamente explícitos en asignar Gran Bretaña como su país nativo. Alto de estatura y corpulento de apariencia (Jerónimo, loc. cit., "grandis et corpulentus"), Pelagio tenía educación superior, hablaba y escribía bien, con gran fluidez, tanto el latín como el griego, además era versado en teología. Fue monje, entregado consecuentemente a prácticas de ascetismo, pero nunca fue clérigo. Tanto Orosio como el Papa Zósimo lo llamaron “hombre de leyes”. En Roma misma gozó de reputación por su austeridad. S. Agustín lo llama “varón santo”, vir sanctus. Mantuvo una edificante correspondencia —que más tarde usó para su defensa personal— con S. Paulino de Nola (405) y otros prominentes obispos.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris