Si le preguntas a las gaviotas por las leyes que rigen la aeronavegabilidad, ninguna te responde. Resulta imposible entablar con ellas una conversación sobre las leyes de Newton. Son gaviotas. Pero si te acercas al atardecer a cualquier puerto de la costa, puedes aprender a rezar. Es cuestión de mirar detenidamente... Cuando la Gran Bola Amarilla roza la línea del horizonte, estas aves se situan en las barandillas de los paseos, en los mástilles de los veleros, y esperan. Las masa de aire recalentadas por el poniente dejan espacio a los frescos volúmenes de las capas altas de la atmósfera; corre el viento fresco del atardecer. Y en esos momentos son cuando las gaviotas rezan. Alzan el pescuezo, sienten la brisa, y tras una jornada donde el Creador les ha regalado vida y alimentos, extienden sus alas, se dan impulso y vuelan majestuosamente. Trazan sobre el puerto trayectorias de agradecimiento, círculos de respeto, espirales sentidas. Son justas con su Creador....Las buenas gaviotas son libres. No dejan de rezar ni un sólo día. Amén ■ Driver

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris