XI Domingo del Tiempo Ordinario

Tengo buenos amigos que suelen decir que ellos no creen en los sacerdotes y que se quedan bastante extrañados cuando les digo que yo tampoco. Mucho más cuando les recuerdo que los sacerdotes no aparecemos el Símbolo (el Credo), y que incluso no hay texto alguno en la doctrina de la Iglesia que obligue a los creyentes a creer en la persona de los sacerdotes, de los obispos o incluso del Papa[1]. Los creyentes creemos en Dios –Padre, Hijo y Espíritu Santo-, creemos también en la Iglesia y, dentro de ella, en el sacerdocio, pero jamás nadie nos obligará a creer en el Padre Fulanito o en el Cardenal Sutanito[2].

Digo todo esto a propósito de varias cosas, del evangelio de hoy[3], de que se celebra en los Estados Unidos el día del padre, y a propósito sobre todo del cacareado y doloroso tema de los abusos sexuales, y de si se debe o no –a raíz de todo esto- llamar padres a los sacerdotes[4]. Hasta allí ha llegado la polémica.

No vamos a negar que dentro del clero –como en cualquier otro grupo humano- habemos sacerdotes que nos quedamos muy lejos de lo que los fieles esperan de nosotros. Y es que los sacerdotes estamos hechos del mismo barro que los demás. Si uno de nosotros tiene un fallo, pronto lo sabe la ciudad entera, pero si aguantamos firmes ¿quién lo agradece?

Sin embargo el tema va mucho más allá, y yo me pregunto ¿es que hemos dado demasiada importancia en la Iglesia a los sacerdotes? Pienso que sí. Los sacerdotes –el sacerdocio en sí-, somos una parte importante de la Iglesia, servimos nada menos y nada más que para repartir la Palabra de Dios y para hacer presente a Jesucristo en medio de la comunidad. Pero somos importantes porque hablamos de Cristo o porque presentamos a Cristo, no por lo que valgamos. Como sacerdotes valemos tanto como vale el cristal del vaso donde bebemos agua. Cuando bebo un vaso de agua decimos que bebemos un vaso de agua, pero en realidad lo que bebemos no es el vaso, sino el agua. El vaso es lo que ha sido útil para beber el agua, ya que sin él, el agua se habría derramado. El vaso es algo que, después de ser útil, se deja de lado porque ya ha cumplido su misión.

Por eso en el tema de los sacerdotes se puede hablar de más y de menos. De más es el clericalismo, esa enfermedad de los que creen que los sacerdotes lo somos todo. Esta es la gente que, en lugar de fiarse ante todo de Jesucristo, se fía ante todo de los sacerdotes. Y ¡ay! Luego se llevan luego cada golpe. Porque como los sacerdotes somos de carne y hueso, lo normal es que fallemos, como aquel que forma parte de la condición humana.

En el otro extremo está el anticlericalismo, pero como los extremos se tocan, los anticlericales suelen parecerse muchísimo a los clericales. Porque no se limitan a criticar en los sacerdotes todo cuanto tiene de criticable, sino que terminan por alejarse de Jesucristo. Tienen tan poca lógica como el señor que nunca se sube en un autobús porque una vez se encontró con un conductor antipático.

Es preciso ubicarnos, in medio, virtus –que decían los escolásticos- Jesucristo en el centro. Y allá, lejos, siendo útiles en tanto en cuanto ayudamos a las personas a allegar a Jesús, los sacerdotes.

¿Estoy despreciando a los sacerdotes y, sobre todo, al sacerdocio? No, desde luego. Sería idiota después de haber decidido dedicar mi vida a serlo lo mejor que he sabido. Me siento contento de ser sacerdote. Muy avergonzado, sí, por serlo tan mediocre, pero feliz de lo que he elegido. No hay en este mundo misión mejor que señalar el camino por el que se va a Jesús. Y si alguien descubre dentro de sí esa llamada, que se considere feliz y afortunado.

Lo que quiero decir con todo esto que no se debe confundir la mano que señala el camino hacia Jesús con Jesús mismo. Alguien ha dicho que los sacerdotes somos como esos letreros que, en las carreteras, dicen: Tingüindin, cuarenta kilómetros, es decir, señalamos por dónde se va a Tingüindin[5]. ¿También los sacerdotes señalamos el camino por el que se va a Cristo, pero luego somos tan cobardes que no vamos hacía él? Es posible. Es muy probable. De hecho se da. No soy un ingenuo, y no se me escapa –hablo por mi y por algunos de mis hermanos- que hay temporadas en que los sacerdotes estamos cansados y destrozados, sin fuerzas y desesperados, furiosos por nuestro destino, que parece torcido, injusto y sin sentido; que eso del buen humor, entonces, sirve de muy poco. Lo sé. Muchas veces pensamos: “Dios mío, ¡que lejos estoy de ti!”. E incluso no hacemos nada por acercarnos a Él, que también se nos esconde. Pero diciéndole eso, salimos de ese estado de tristeza y sabemos que, aunque en algunos momentos no entendemos que Él es amor, pensamos y confiamos, sin embargo, en que todo está bien como está. Y que estamos con Él.

Volviendo al tema de los letreros, porque esto ya se está haciendo largo: lo importante para un letrero de carretera es que señale bien el camino y la dirección. El error sería sentarse encima de ese letrero en lugar de seguir la dirección que él marca ■

[1] En la teología de la Iglesia Católica Romana la Infalibilidad Pontificia constituye un dogma, según el cual, el Papa está preservado de cometer un error cuando él solemnemente promulga o declara, a la Iglesia la enseñanza dogmática en temas de fe y moral; como toda verdad de fe, no se presta a discusión de ninguna índole. Esta doctrina es una definición dogmática establecida en el Concilio Vaticano I, en 1870. La Infalibilidad pontificia no quiere decir que el Papa esté a salvo del pecado, ni que esté libre de cometer errores. Respecto a la guia doctrinal de la iglesia, la enseñanza del Papa es infalible, asegurado siempre por la asistencia personal del Espíritu Santo.
[2] Homilía preparada para el XI Domingo del Tiempo Ordinario.
[3] Mt 9, 36-10, 8.
[4] «Los sacerdotes necesitan también vuestra guía y cercanía durante este difícil tiempo. Ellos han experimentado vergüenza por lo que ha ocurrido y muchos de ellos se dan cuenta de que han perdido parte de aquella confianza que tenían una vez. No son pocos los que experimentan una cercanía a Cristo en su Pasión, a la vez que se esfuerzan por afrontar las consecuencias de esta crisis. El Obispo, como padre, hermano y amigo de sus sacerdotes, puede ayudarlos a sacar fruto espiritual de esta unión con Cristo, haciéndoles tomar conciencia de la consoladora presencia del Señor en medio de sus sufrimientos, y animándolos a caminar con el Señor por la senda de la esperanza (cf. Spe salvi, 39). Como observaba el Papa Juan Pablo II, hace seis años, “debemos confiar en que este tiempo de prueba lleve a la purificación de toda la comunidad católica”, que conducirá “a un sacerdocio más santo, a un episcopado más santo y a una Iglesia más santa” (Mensaje a los Cardenales de Estados Unidos, 23 abril 2002, 4). Hay muchos signos de que, en el período siguiente, ha tenido de veras lugar esta purificación. La constante presencia de Cristo en medio de nuestros sufrimientos está transformando gradualmente nuestras tinieblas en luz: cada cosa es renovada realmente en Cristo Jesús, nuestra esperanza» (Discurso de Su Santidad Benedicto XVI Durante la celebración de las Visperas con los Obispos de Estados Unidos en el Santuario Nacional de la Inmaculada Concepción de Washington, D.C. el miércoles 16 de abril de 2008, el texto puede leerse completo en: www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/speeches/2008/april/documents/hf_ben-xvi_spe_20080416_bishops-usa_sp.html)
[5] Lo de Tingüindin va dedicado con mucho cariño a mi Tia Mina Morales que cuenta un chiste buenísimo. La referencia es –perdón- inevitable.
Ilustración: el último cruceiro que puede verse haciendo el Camino de Santiago, en Finisterre (El fin de la tierra segun los romanos).

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris