Los sacerdotes (pido perdón por el impudor) queremos mucho, mucho, a cientos de personas: a a hombres y a mujeres. A lo largo de los años vamos "repartiéndonos" sin calcular demasiado las consecuencias.La primera consecuencia es que uno llega a pensar que tiene centenares, quizá miles de amigos. No es verdad. Los que se acercan al sacerdote agradecen ese cariño y corresponden con un afecto sincero y profundo, pero no buscan en nosotros a un amiguete convencional. Necesitan al Amigo, con mayúscula. El sacerdote debe comprender entonces que esas personas siempre se van, y que es bueno que se vayan, aunque duela. De tanto en tanto te llaman para un bautizo, para una boda, para un funeral. Y aseguran que eres lo más de lo más, que formas parte de la familia. Luego vuelven escaparse entre promesas de amor eterno. Es grande esta vocación. Nadie recibe en la tierra tanto afecto. Y como el corazón tiene siempre más capacidad que la memoria, uno llega a olvidar -aunque no siempre- hasta los rostros de las personas a las que más quiere ■

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris