Impresionante. Esta es quizá la primera palabra que viene a la cabeza a pocos días de haber concluido la visita del Papa a los Estados Unidos[1]. Impresionante la sencillez con la que Benedicto XVI se encontró con cada uno de los norteamericanos y demás habitantes de éste país a quienes ha brindado, con toda calma y en todo momento, el calor de su sonrisa[2].

A lo largo de aquellos días vimos a un Pontífice radiante, sonriente; a un Papa con unos simpáticos zapatos rojos que constantemente levantaba las manos para bendecir, como si quisiera abrazar a todos; a cada uno.

Antes de encontrarse con los obispos norteamericanos en la cripta del Santuario de la Inmaculada Concepción, en Washington, lo vimos arrodillado ante el sagrario, en una serena conversación con Jesucristo Eucaristía
[3].

Vimos también un Papa –como bien señalaba Fr. David Toups- a un hombre que más que Jefe de estado –que lo es- vino a éste país representando a Jesucristo Buen Pastor. Un pastor tranquilo, un pastor sereno; pero también un pastor inteligente y decidido a curar a las ovejas heridas.

Después de rezar las Vísperas es una liturgia especialmente cuidada y bonita, el Papa se dirigió a los obispos norteamericanos con un tono de voz profundamente pastoral y fraterno:

«Si bien es verdad que este País está marcado por un auténtico espíritu religioso, la sutil influencia del laicismo puede indicar sin embargo el modo en el que las personas permiten que la fe influya en sus propios comportamientos (…) ¿Es acaso coherente profesar nuestra fe el domingo en el templo y luego, durante la semana, dedicarse a negocios o promover intervenciones médicas contrarias a esta fe? ¿Es quizás coherente para católicos practicantes ignorar o explotar a los pobres y marginados, promover comportamientos sexuales contrarios a la enseñanza moral católica, o adoptar posiciones que contradicen el derecho a la vida de cada ser humano desde su concepción hasta su muerte natural? Es necesario resistir a toda tendencia que considere la religión como un hecho privado. Sólo cuando la fe impregna cada aspecto de la vida, los cristianos se abren verdaderamente a la fuerza transformadora del Evangelio.

»Para una sociedad rica, un nuevo obstáculo para un encuentro con el Dios vivo está en la sutil influencia del materialismo, que por desgracia puede centrar muy fácilmente la atención sobre el "cien veces más" prometido por Dios en esta vida, a cambio de la vida eterna que promete para el futuro. Las personas necesitan hoy ser llamadas de nuevo al objetivo último de su existencia. Necesitan reconocer que en su interior hay una profunda sed de Dios. Necesitan tener la oportunidad de enriquecerse del pozo de su amor infinito.

»Es fácil ser atraídas por las posibilidades casi ilimitadas que la ciencia y la técnica nos ofrecen; es fácil cometer el error de creer que se puede conseguir con nuestros propios esfuerzos saciar las necesidades más profundas. Ésta es una ilusión. Sin Dios, el cual nos da lo que nosotros por sí solos no podemos alcanzar[4], nuestras vidas están realmente vacías. Las personas necesitan ser llamadas continuamente a cultivar una relación con Cristo, que ha venido para que tuviéramos la vida en abundancia»[5].

En su homilía durante la misa celebrada en el National Stadium en Washington, D.C. el Jueves, llegó sin duda al corazón del pueblo norteamericano, un pueblo que ha sido especialmente herido en su sensibilidad con el tema del abuso de menores por parte del clero:

«En el contexto de esta esperanza nacida del amor y de la fidelidad de Dios reconozco el dolor que ha sufrido la Iglesia en América como consecuencia del abuso sexual de menores. Ninguna palabra mía podría describir el dolor y el daño producido por dicho abuso. Es importante que se preste una cordial atención pastoral a los que han sufrido. Tampoco puedo expresar adecuadamente el daño que se ha hecho dentro de la comunidad de la Iglesia. Ya se han hecho grandes esfuerzos para afrontar de manera honesta y justa esta trágica situación y para asegurar que los niños –a los que nuestro Señor ama entrañablemente[6], y que son nuestro tesoro más grande– puedan crecer en un ambiente seguro. Estos esfuerzos para proteger a los niños han de continuar. Ayer hablé de esto con vuestros Obispos. Hoy animo a cada uno de ustedes a hacer cuanto les sea posible para promover la recuperación y la reconciliación, y para ayudar a los que han sido dañados. Les pido también que estimen a sus sacerdotes y los reafirmen en el excelente trabajo que hacen. Y, sobre todo, oren para que el Espíritu Santo derrame sus dones sobre la Iglesia, los dones que llevan a la conversión, al perdón y el crecimiento en la santidad[7].

Y es que no estamos ante una crisis creada por los medios contra la Iglesia. Y el Papa lo sabe. Es cierto que los medios han aireado la cuestión, sin embargo es error serio no darse cuenta de que ésta es una crisis que se ha creado dentro de la Iglesia y solo la Iglesia puede solucionar y de hecho solucionará. En realidad no es una crisis de celibato, sino de hombres que fallaron a sus promesas, que fallan, y siguieron allí, como si nada estuviese pasando. La crisis tiene tres partes. Por una parte está la crisis del abuso sexual por parte del clero. Luego está la crisis de la falta de liderazgo episcopal. Y, en el fondo de todo, está la crisis de ser cristianos, cristianos santos. Los sacerdotes que abusan sexualmente y los obispos tímidos y débiles son, primera y principalmente, discípulos cristianos que no deberían estar donde están: en las trincheras. Se hace por tanto urgente una reforma que pasa por la idoneidad en los candidatos, en el modo de hacer proselitismo y suscitar las vocaciones –lejos del número por el número- en la reforma de los seminarios, en el modo en que se eligen los obispos, en el ejercicio de la tarea episcopal, y lejos también de funcionariados, de ser gestores, de hacer política…En esta crisis a nadie se nos permite ser mediocre. Son tiempos de respuestas. La mejor respuesta para la crisis de infidelidad que estamos pasando es la fidelidad. Y la fidelidad pasa, no pocas veces, por estar donde uno debe de estar, actuando en conciencia, cara a Dios y a la Iglesia.

El encuentro del Papa con las Naciones Unidas en Nueva York tuvo un objetivo muy claro y muy sencillo de comprender:

«Mi presencia en esta Asamblea es una muestra de estima por las Naciones Unidas y es considerada como expresión de la esperanza en que la Organización sirva cada vez más como signo de unidad entre los Estados y como instrumento al servicio de toda la familia humana. Manifiesta también la voluntad de la Iglesia Católica de ofrecer su propia aportación a la construcción de relaciones internacionales en un modo en que se permita a cada persona y a cada pueblo percibir que son un elemento capaz de marcar la diferencia. Además, la Iglesia trabaja para obtener dichos objetivos a través de la actividad internacional de la Santa Sede, de manera coherente con la propia contribución en la esfera ética y moral y con la libre actividad de los propios fieles. Ciertamente, la Santa Sede ha tenido siempre un puesto en las asambleas de las Naciones, manifestando así el propio carácter específico en cuanto sujeto en el ámbito internacional. Como han confirmado recientemente las Naciones Unidas, la Santa Sede ofrece así su propia contribución según las disposiciones de la ley internacional, ayuda a definirla y a ella se remite»[8].

Sin embargo, fue en la homilía durante la Santa Misa celebrada en la Catedral de San Patricio –también en Nueva York- donde el Papa habló con más fuerza y con una profunda belleza sobre el tema en el que más se ha detenido a lo largo de éstos días: La Esposa de Cristo, La Iglesia:

«Estoy particularmente feliz que nos hayamos reunido en la catedral de San Patricio. Este lugar, quizás más que cualquier otro templo de Estados Unidos, es conocido y amado como "una casa de oración para todos los pueblos"[9]. Cada día miles de hombres, mujeres y niños entran por sus puertas y encuentran la paz dentro de sus muros. El Arzobispo John Hughes fue el promotor de la construcción de este venerable edificio; quiso erigirlo en puro estilo gótico. Quería que esta catedral recordase a la joven Iglesia en América la gran tradición espiritual de la que era heredera, y que la inspirase a llevar lo mejor de este patrimonio en la edificación del Cuerpo de Cristo en este país. Quisiera llamar vuestra atención sobre algunos aspectos de esta bellísima estructura, que me parece que puede servir como punto de partida para una reflexión sobre nuestras vocaciones particulares dentro de la unidad del Cuerpo místico.

»El primer aspecto se refiere a los ventanales con vidrieras historiadas que inundan el ambiente interior con una luz mística. Vistos desde fuera, estos ventanales parecen oscuros, recargados y hasta lúgubres. Pero cuando se entra en el templo, de improviso toman vida; al reflejar la luz que las atraviesa revelan todo su esplendor. Muchos escritores –aquí en América podemos recordar a Nathaniel Hawthorne- han usado la imagen de estas vidrieras historiada para ilustrar el misterio de la Iglesia misma[10]. Solamente desde dentro, desde la experiencia de fe y de vida eclesial, es como vemos a la Iglesia tal como es verdaderamente: llena de gracia, esplendorosa por su belleza, adornada por múltiples dones del Espíritu. Una consecuencia de esto es que nosotros, que vivimos la vida de gracia en la comunión de la Iglesia, estamos llamados a atraer dentro de este misterio de luz a toda la gente.

»No es un cometido fácil en un mundo que es propenso a mirar "desde fuera" a la Iglesia, igual que a aquellos ventanales: un mundo que siente profundamente una necesidad espiritual, pero que encuentra difícil "entrar en el" misterio de la Iglesia. También para algunos de nosotros, desde dentro, la luz de la fe puede amortiguarse por la rutina y el esplendor de la Iglesia puede ofuscarse por los pecados y las debilidades de sus miembros. La ofuscación puede originarse por los obstáculos encontrados en una sociedad que, a veces, parece haber olvidado a Dios e irritarse ante las exigencias más elementales de la moral cristiana. Vosotros, que habéis consagrado vuestra vida para dar testimonio del amor de Cristo y para la edificación de su Cuerpo, sabéis por vuestro contacto diario con el mundo que nos rodea, cuantas veces se siente la tentación de ceder a la frustración, a la desilusión e incluso al pesimismo sobre el futuro. En una palabra: no siempre es fácil ver la luz del Espíritu a nuestro alrededor, el esplendor del Señor resucitado que ilumina nuestra vida e infunde nueva esperanza en su victoria sobre el mundo[11].

»Como todas las catedrales góticas, tiene una estructura muy compleja, cuyas proporciones precisas y armoniosas simbolizan la unidad de la creación de Dios. Los artistas medievales a menudo representaban a Cristo, la Palabra creadora de Dios, como un "aparejador" celestial con el compás en mano, que ordena el cosmos con infinita sabiduría y determinación. Esta imagen, ¿no nos hace pensar quizás en la necesidad de ver todas las cosas con los ojos de la fe para, de este modo, poder comprenderlas en su perspectiva más auténtica, en la unidad del plan eterno de Dios? Esto requiere, como sabemos, una continua conversión y el esfuerzo de "renovarnos en el espíritu de nuestra mente"[12] para conseguir una mentalidad nueva y espiritual. Exige también el desarrollo de aquellas virtudes que hacen a cada uno de nosotros capaz de crecer en santidad y dar frutos espirituales en el propio estado de vida. Esta constante conversión "intelectual", ¿acaso no es tan necesaria como la conversión "moral" para nuestro crecimiento en la fe, para nuestro discernimiento de los signos de los tiempos y para nuestra aportación personal a la vida y misión de la Iglesia?

»Una de las grandes desilusiones que siguieron al Concilio Vaticano II, con su exhortación a un mayor compromiso en la misión de la Iglesia para el mundo, pienso que haya sido para todos nosotros la experiencia de división entre diferentes grupos, distintas generaciones y diversos miembros de la misma familia religiosa. ¡Podemos avanzar sólo si fijamos juntos nuestra mirada en Cristo! Con la luz de la fe descubriremos entonces la sabiduría y la fuerza necesarias para abrirnos hacia puntos de vista que no siempre coinciden del todo con nuestras ideas o nuestras suposiciones. Así podemos valorar los puntos de vista de otros, ya sean más jóvenes o más ancianos que nosotros, y escuchar por fin "lo que el Espíritu nos dice" a nosotros y a la Iglesia[13]. De este modo caminaremos juntos hacia la verdadera renovación espiritual que quería el Concilio, la única renovación que puede reforzar la Iglesia en la santidad y en la unidad indispensable para la proclamación eficaz del Evangelio en el mundo de hoy.

»La unidad de una catedral gótica, es sabido, no es la unidad estática de un templo clásico, sino una unidad nacida de la tensión dinámica de diferentes fuerzas que empujan la arquitectura hacia arriba, orientándola hacia el cielo. Aquí podemos ver también un símbolo de la unidad de la Iglesia que es - como nos ha dicho san Pablo - unidad de un cuerpo vivo compuesto por muchos elementos diferentes, cada uno con su propia función y su propia determinación. Aquí vemos también la necesidad de reconocer y respetar los dones de cada miembro del cuerpo como "manifestación del Espíritu para provecho común"[14]. Ciertamente, en la estructura de la Iglesia querida por Dios se ha de distinguir entre los dones jerárquicos y los carismáticos[15]. Pero precisamente la variedad y riqueza de las gracias concedidas por el Espíritu nos invitan constantemente a discernir cómo estos dones tienen que ser insertados correctamente en el servicio de la misión de la Iglesia. Vosotros, queridos sacerdotes, por medio de la ordenación sacramental, habéis sido conformados con Cristo, Cabeza del Cuerpo. Vosotros, queridos diáconos, habéis sido ordenados para el servicio de este Cuerpo. Vosotros, queridos religiosos y religiosas, tanto los contemplativos como los dedicados al apostolado, habéis consagrado vuestra vida a seguir al divino Maestro en el amor generoso y en plena fidelidad a su Evangelio. Todos vosotros que hoy llenáis esta catedral, así como vuestros hermanos y hermanas ancianos, enfermos o jubilados que ofrecen sus oraciones y sus sacrificios para vuestro trabajo, estáis llamados a ser fuerzas de unidad dentro del Cuerpo de Cristo. A través de vuestro testimonio personal y de vuestra fidelidad al ministerio o al apostolado que se os ha confiado preparáis el camino al Espíritu. Ya que el Espíritu nunca deja de derramar sus abundantes dones, suscitar nuevas vocaciones y nuevas misiones, y de dirigir a la Iglesia (…) hacia la verdad plena[16].

»En esta Celebración eucarística queremos dar gracias al Señor porque nos permite reconocerlo en la comunión de la Iglesia y colaborar con Él, edificando su Cuerpo místico y llevando su palabra salvadora como buena nueva a los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Y después, cuando salgamos de este gran templo, caminemos como mensajeros de la esperanza en medio de esta ciudad y en todos aquellos lugares donde nos ha puesto la gracia de Dios. De este modo la Iglesia en América conocerá una nueva primavera en el Espíritu e indicará el camino hacia aquella otra ciudad más grande, la nueva Jerusalén, cuya luz es el Cordero (cf. Ap 21,23). Por esto Dios está preparando también ahora un banquete de alegría y de vida infinitas para todos los pueblos. Amén[17].

En fin, que en cada uno de los encuentros que mantuvo a lo largo de éstos días –con los educadores católicos (17 de abril de 2008), con los representantes de otras religiones en el Pope John Paul II Cultural Center de Washington (17 de abril), con los representantes de la comunidad judía de Washington, con el personal de las Naciones Unidas (18 de abril de 2008), con los representantes de la comunidad judía de Nueva York (18 de abril), con los jóvenes minusválidos y más tarde con seminaristas en el Seminario de San José de Nueva York (19 de abril) y con los que lo seguimos a través de la televisión o la red- el Papa tuvo palabra de aliento y alegría, de fe, esperanza y caridad.

En su último día en los Estados Unidos el Papa fue a la Zona Cero, el cráter desde el que se elevaban las Torres Gemelas abatidas el 11 de septiembre de 2001, allí estuvo con algunos a sobrevivientes. Para cada uno tuvo palabras de aliento. En aquellos momentos sólo se escucharon el viento y los obturadores de las cámaras fotográficas, y después la voz del Papa y ésta maravillosa oración:

¡Oh Dios de amor, compasión y salvación!
¡Míranos, gente de diferentes creencias y tradiciones,
reunidos hoy en este lugar,
escenario de violencia y dolor increíbles.

Te pedimos que por tu bondad
concedas la luz y la paz eternas
a todos los que murieron aquí—
a los que heroicamente acudieron los primeros,
nuestros bomberos, policías,
servicios de emergencia y las autoridades del puerto,
y a todos los hombres y mujeres inocentes
que fueron víctimas de esta tragedia
simplemente porque vinieron aquí para cumplir con su deber
el 11 de septiembre de 2001.

Te pedimos que tengas compasión
y alivies las penas de aquellos que,
por estar presentes aquí ese día,
hoy están heridos o enfermos.
Alivia también el dolor de las familias que todavía sufren
y de todos los que han perdido a sus seres queridos en esta tragedia.
Dales fortaleza para seguir viviendo con valentía y esperanza.

También tenemos presentes
a cuantos murieron, resultaron heridos o sufrieron pérdidas
ese mismo día en el Pentágono y en Shanskville, Pennsylvania.
Nuestros corazones se unen a los suyos,
mientras nuestras oraciones abrazan su dolor y sufrimiento.

Dios de la paz, concede tu paz a nuestro violento mundo:
paz en los corazones de todos los hombres y mujeres
y paz entre las naciones de la tierra.
Lleva por tu senda del amor
a aquellos cuyas mentes y corazones
están nublados por el odio.

Dios de comprensión,
abrumados por la magnitud de esta tragedia,
buscamos tu luz y tu guía
cuando nos enfrentamos con hechos tan terribles como éste.
Haz que aquellos cuyas vidas fueron salvadas
vivan de manera que las vidas perdidas aquí
no lo hayan sido en vano.
Confórtanos y consuélanos,
fortalécenos en la esperanza,
y danos la sabiduría y el coraje
para trabajar incansablemente por un mundo
en el que la verdadera paz y el amor
reinen entre las naciones y en los corazones de todos.

En pocas palabras: el Papa nos habló a lo largo de éstos días del triunfo de la verdad sobre el relativismo moral, de la responsabilidad de las naciones ricas en la atención de los pobres, pero sobre todo nos invitó a tener una esperanza grande y viva en la persona de Jesucristo. Definitivamente el Papa no vino a los Estados Unidos para hacer declaraciones políticas provocativas; habló de mantener unidas a las familias de los inmigrantes, pero sin hacer planteamientos políticos específicos, y se pronunció por la paz, sin hacer una sola mención a la guerra en Irak.

Para algunos ésta visita será más recordada por sus comentarios sobre la vergüenza de la Iglesia católica por los abusos sexuales de sacerdotes; otros dudan que la visita del sucesor de Pedro pueda revertir las complicaciones del catolicismo en Estados Unidos –la menor asistencia a misas, la escasez de sacerdotes, el retiro creciente de feligreses y las dificultades para atender a la población hispana en crecimiento- para la mayoría, sin embargo, quedan en nuestra memoria y en nuestro corazón las palabras de Isaías: qué hermosos son sobre los montes los pies del Mensajero que anuncia la Paz
[18], unos pies que llevan zapatos rojos, el color de la sangre de los mártires, pero sobre todo el color del Espíritu Santo ■

[1] Distintos enlaces pueden consultarse en la página de la Conferencia Episcopal Norteamericana: www.usccb.org y en la página especialmente creada para el viaje del Santo Padre: www.uspapalvisit.org/
[2] Texto preparado para el VI Domingo del Tiempo Ordinario.
[3] http://www.nationalshrine.com
[4] Cfr Spe salvi, 31
[5] El texto completo puede consultarse en:
www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/speeches/2008/april/documents/hf_ben-xvi_spe_20080416_bishops-usa_sp.html
[6] Cfr Mc 10,14
[7]www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/homilies/2008/documents/hf_ben-xvi_hom_20080417_washington-stadium_sp.html
[8] www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/speeches/2008/april/documents/hf_ben-xvi_spe_20080418_un-visit_sp.html
[9] Cfr Is 56,7; Mc 11,17
[10] El Papa se refiere a
[11]Cfr Jn 16,33
[12] Cfr Efe 4, 23.
[13] Cfr Ap 2, 7
[14] 1 Co 12,7
[15] Cfr Lumen gentium, 4
[16] Cfr Jn 16, 13.
[17] www.zenit.org/article-27009?l=spanish
[18] 52, 7.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris