Domingo de Ramos


Igual que en el pasaje de la resurrección de Lázaro que escuchamos el domingo pasado, hoy son muchos los detalles que llaman la atención en el día que la Iglesia ha llamado desde hace muchos siglos Domingo de Ramos.[1]. Con su entrada en Jerusalén el Señor quiere sobre todo, cumplir la profecía de Zacarías:

¡Exulta (…) Hija de Sión!
¡grita de alegría, hija de Jerusalén!
He aquí que viene a ti tu rey.
Justo él y victorioso,
humilde y montado en un asno,
en un pollino, crío de asna
[2].

Esta profecía hace que la entrada del Señor en la ciudad Santa tenga una dimensión espiritual; se trata sí, de la entrada de un rey, pero de un rey mucho más espiritual que político[3].

¿Entendieron aquellos hombres y mujeres que rodeaban a Jesús el sentido religioso que Jesús quería dar a éste día? Posiblemente no. Y quizás a nosotros estos días nos suceda lo mismo.

No se trata de celebrar por celebrar el Domingo de Ramos y el resto de Semana Santa. La semana que hoy empezamos no son una serie de ceremonias más o menos largas y aburridas en algunos momentos con la que hay que cumplir para tranquilizar la conciencia.
El día en que Jesús entró en Jerusalén, hay muchas personas que gritan junto a él, no son revolucionarios, ni tampoco guerrilleros, son –como cada uno de nosotros- personas comunes y corrientes llenas de esperanza pero que no saben con mucha claridad qué es lo que esperan, ni qué es lo que desean ni tampoco sucederá los siguientes días.

Solamente aquellos que siguen con un corazón limpio y atento el curso de los acontecimientos pueden entender qué es lo que está pasando. La Santísima Virgen, como el mejor de los ejemplos.

Dejémonos guiar –con sencillez, con docilidad- por el Espíritu de Dios a lo largo de estos días. La liturgia de la Iglesia es riquísima, y tiene muchas cosas qué enseñarnos, cientos de elementos llenos de belleza[4].

Pongamos atención a cada una de las celebraciones.

El jueves celebraremos la institución de la Eucaristía y del Sacerdocio –es el día de los sacerdotes-, el viernes la muerte del Señor en la cruz. El sábado, la Iglesia permanecerá en silencio junto al Rey, que está dormido. Y el Domingo todo será de luz y alegría para celebrar la Pascua del Señor.

Estar atentos y encendidos es cuestión de atención y cariño. Cuestión de amor. Si lo pedimos con sencillez y humildad hoy, uniéndonos a la Iglesia –nuestra Madre y Maestra- el Señor sin duda alguna lo concederá.

[1] Homilía pronunciada el 16.III.2008, Domingo de Ramos de la Pasión del Señor, en St. Matthew Catholic Church, en San Antonio (Texas).
[2] Seguimos la traducción propuesta por la Biblia de Jerusalén. El Mesías será humilde (‘anî) cualidad que Sofonías (3,12) atribuiría al pueblo futuro, renunciando al boato de los reyes históricos. Así, el rey mesiánico tendrá la antigua montura de los príncipes (Cfr Gen 49, 1. y se dice que el rey es justo no en el sentido de que el administrará justicia (cfr Is 11, 3-5), sino en el sentido de que será objeto de la justicia de Yahvé, es decir, de su poderosa protección (cfr Is 45, 21-25). Para comprender un poco mejor la alegría que suponía para un israelita ésta profecía es muy útil el aria que compuso Haendel para su Mesías); el texto inglés es bastante expresivo:

Rejoice greatly, O daughter of Zion;
shout, O daughter of Jerusalem: behold,
thy King cometh unto thee. He is the
righteous Saviour and He shall speak
peace unto the heathen.
[3] Y esta idea aparece acentuada por la frase de Jesús que alude a que el asnillo aún no ha servido de montura a nadie, pues los antiguos creían que un animal ya empleado en usos profanos era menos idóneo para usos religiosos.
[4] Recomendamos ampliamente la lectura de un texto escrito por el entonces Cardenal Ratzinger sobre la belleza, y que puede consultarse en línea: http://sintesis.wordpress.com/2007/03/11/ratzinger-la-contemplacion-de-la-belleza/

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris