Nuestra Señora de Guadalupe

Celebramos ésta tarde, a la hora en que la Iglesia enciende sus lámparas en señal de recogimiento, de silencio, de expectación, a Santa María de Guadalupe[1]. Y lo hacemos precisamente dentro de la Eucaristía, como para resaltar –subrayar- que la devoción a la santísima Virgen María debe tener siempre a Cristo como inicio y fin. Él es el Alfa y el Omega.

La devoción a la Virgen no consiste solo en afirmaciones doctrinales o reflexiones, es una parte importante, pero no la única. Acudimos también a ella como acude un hijo a su madre: a pedir, a dar gracias, a hablar de lo que ha pasado a lo largo del día. Sin más.

La Virgen no es un mito fabricado por el espíritu humano, necesitado de la figura cálida de la mujer o del encanto de los valores femeninos. La Virgen María es una realidad.

Cuando la Iglesia promueve la devoción mariana, lo hace por obediencia al plan de Dios, quién determinó el hecho y los modos concretos de su Alianza con los hombres. El hombre podrá optar por el rechazo o la aceptación libre de esa Alianza, pero no podrá cambiar las modalidades de la misma. Y la Alianza tiene una modalidad mariana. Por tanto la Virgen no es una figura secundaria en la Historia de la salvación.

Desde luego nadie está obligado a un culto peculiar a un santo determinado, pero en la Iglesia Católica nadie está exento de la veneración a María. Ella es la Madre de Dios[2].

La Virgen no tiene ni puede tener un ciclo propio dentro del año cristiano. No obstante lo dicho hay un tiempo litúrgico en el cual la presencia de María es muy clara: en Adviento y Navidad. El Adviento es un tiempo especialmente mariano: se celebra la solemnidad de la Inmaculada y la solemnidad de la María, Madre de Dios en enero. La última semana del Adviento es toda una eclosión de María que se refleja en las lecturas y un momento especialmente apto para celebrar el culto a la Madre de Dios. La Cuaresma y el tiempo pascual tienen en la liturgia actual escaso color mariano. Sin embargo, en Semana Santa la presencia de la Virgen al pie de la cruz se hace patente así como en Pentecostés cuando los Apóstoles, presididos por la Virgen, reciben el Espíritu[3].

En fin, el contacto y la relación con la Virgen son posibles porque María es una persona real con quién se puede anudar vínculos personales hondos; ella es alguien que ofrece su amor e invita a la Alianza.

Quienes se aman, tienden espontáneamente a estar juntos, a conocerse con detenimiento, a confiarse la intimidad, a compartir dolores y alegrías, no se conforman con un contacto lejano, de vez en cuando.

Como el verdadero amor asemeja con la persona amada, el amor a nuestra Madre del Cielo nos conduce a imitar sus virtudes y sus valores. Su forma de ser, por decirlo en una palabra. La auténtica devoción mariana hace hombres con conciencia de misión y familias misioneras. Quién se vincula a María, experimenta -con ella y como ella- la urgencia de comunicar la Vida y la Verdad del Evangelio a los demás. Una devoción mariana pasiva y que no se intenta contagiar a otros es una caricatura de lo mariano.

La Virgen nos quiere ver comprometidos en la misma causa que dio sentido a su vida y esa causa exige generosidad, audacia, capacidad de iniciativa y de decisión, amor total. La Virgen necesita nuestras manos para que Cristo enamore a todos los corazones con los que vayamos conviviendo a lo largo de nuestra vida.
[1] La Virgen de Guadalupe es un icono religioso en México. Se la venera como una pintura en una tilma o ayate. Su origen se remonta a las apariciones —más de un siglo atrás, en 1531— de la Virgen María (madre de Jesucristo) al indígena mexicano san Juan Diego Cuauhtlatoatzin. Antonio Valeriano (1520-1605) escribio en Nahuatl el relato de Juan Diego. Fue su amanuense, su condiscipulo, y su amigo en el Colegio de Santiago Tlaltelolco. Antonio Valeriano era sobrino carnal de Moctezuma, hijo de una hermana del Emperador que se llamo Papatzin. Papatzin fue celebre, porque fue la primera persona que se convirtio al Catolicismo en America. Fue la primera bautizada del continente. y tomó el nombre de Maria. Las apariciones fueron aceptadas como milagrosas por la Iglesia católica, yposteriormente se dio aceptación al culto de la Virgen de Guadalupe, otorgándole varios títulos y distinciones: patrona de la Ciudad de México (1737) , patrona de México (1895), patrona de América Latina (1945), patrona de los estudiantes del Perú (1951) por el papa Pío XII, reina de México y emperatriz de América (papa Juan Pablo II, en el año 2000). La basílica Nuestra Señora de Guadalupe es el segundo santuario cristiano más visitado del mundo (después de la Basílica de San Pedro en el Vaticano), con más de 14 millones de visitantes todo el año en innumerables peregrinaciones desde todas las partes del país (corrección del texto de mi queridísimo amigo el Ing. Francisco Bricio Ochoa)
[2] En cualquier caso es fundamental siempre tener en cuenta que el único culto que la Iglesia tributa a Dios es el culto cristiano queriéndose decir con esto que el culto a la Virgen y el debido a los Santos está siempre supeditado y en subordinación al culto que se tributa a Cristo que es su punto necesario e imprescindible de referencia. Sin el culto a Cristo lo demás no tiene sentido. Los cristianos adoramos a un solo Dios, un solo Señor y reconocemos un solo bautismo.
[3] En la celebración de este círculo anual de los misterios de Cristo, la santa Iglesia venera con amor especial a la BIENAVENTURADA MADRE DE DIOS, la Virgen María, unida con lazo indisoluble a la obra salvífica de su Hijo; en ella, la Iglesia admira y ensalza el fruto más espléndido de la redención y contempla, como en la más purísima imagen, lo que ella misma, toda entera, ansía y espera ser (SC, n. 103).

Ilustración: Francisco Martínez, Virgen de Guadalupe (pintada entre 1718 y 1757). Óleo sobre cobre. En la cartela inferior "Retrato de santa Maria Virgen de Guadalupe Patrona principal de nueva España. Jurada en México en / 27 de abril a".

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris