II Domingo de Adviento

Ah las apariencias! ¡Qué unidos estamos todos –laicos, sacerdotes, casados y solteros- a ellas. Cuánto tiempo de nuestra corta vida desperdiciamos buscando aparentar; desperdicio auténtico, porque aparentar no sirve para nada. Dios –lo acabamos de escuchar en la primera de las lecturas- no juzga por las apariencias, Él conoce el fondo de nuestro corazón y sabe bien lo que hay, o lo que no hay. Por tanto, con Él, con Dios, el aparentar, sobra, está de más[1].
También en nuestras relaciones con los demás hay siempre una buena carga de apariencias: “no vayan a pensar”, “no vayan a decir”, “no se me vaya a tachar de”, y así un largo etcétera. Procuramos aparentar porque la sociedad es crítica, y la sociedad es crítica porque aparentamos, ¿cuándo y por dónde se va a romper el círculo?
Juan Bautista, el gran personaje del que nos habla San Mateo en el Evangelio era un hombre auténtico, alguien en quien no había doblez; una persona que no aparentaba, y además se enfrentaba con aquellos –fariseos y saduceos que sí lo hacen; les llama raza de víboras. Sus palabras –hagan ver su arrepentimiento con obras- es una invitación clara en éste tiempo de adviento que estamos viviendo.
Humanos, tendemos con facilidad a querer vivir de las apariencias, de los disfraces; puede llegar el deseo de poseer títulos, honores, distinciones. Además, con qué facilidad valoramos las apariencias de virtud, talento, posición... cosas muy superficiales, muy exteriores y muy interesadas, que a final de cuentas no nos sirven para nada y sólo nos distraen de lo esencial. ¿Qué es lo esencial? La relación personal con Dios, una relación que cada uno ha de llevar como mejor le venga en gana. Aunque han corrido ríos de tinta –muy útiles, por cierto- cada uno se relaciona con su Creador como mejor le funciona. Y el que diga que hay un solo un camino concreto y que ése sirve para todos, ése ya camina por el del fanatismo.
Cuentan la historia de Samuel, joven filósofo, que llegó al célebre Monte Athos[2], había leído ya un cierto número de libros sobre espiritualidad, particularmente la pequeña filocalia de la oración del corazón en los relatos del peregrino ruso. Estaba seducido sin estar verdaderamente convencido. Una liturgia vivida en su ciudad le había inspirado el deseo de pasar algunos días en el Monte Athos, con ocasión de sus vacaciones en Grecia, para saber un poco más sobre el método de la oración de los hesicastas, esos silenciosos a la búsqueda de hesychia, es decir, de paz interior. Aquel joven filósofo pidió al padre Serafín, el encargado de aquel sitio, sacerdote santo, viejo y sabio, que le hablase de la oración del corazón y de la oración pura según Evagiro Póntico[3], el padre Serafín comenzó a gemir. Esto no desanimó al joven, que insistió. Entonces el padre Serafín le dijo: "Antes de hablar de la oración del corazón, aprende primero a meditar como la montaña...". Y le mostró una enorme roca: "Pregúntale cómo hace para rezar. Después vuelve a verme".
Así comenzó para el joven una verdadera iniciación al método de oración hesicasta. La primera meditación que le habían propuesto se refería a la estabilidad, al enraizamiento de un buen cimiento.
En efecto, el primer consejo que se puede dar al que quiere meditar y adelantar interiormente no es de orden espiritual sino físico: siéntate. Sentarse como una montaña quiere decir tomar peso, estar grávido de presencia, dejar a un lado apariencias y máscaras. Los primeros días al joven le costaba mucho quedarse inmóvil, con las piernas cruzadas, con la pelvis ligeramente más alta que las rodillas. Una mañana sintió realmente lo que quería decir meditar como una montaña. Estaba allí con todo su peso, inmóvil. Formaba una sola cosa con ella, silencioso bajo el sol. Su noción del tiempo había cambiado ligeramente. Las montañas tienen un tiempo distinto, otro ritmo. Estar sentado como una montaña es tener la eternidad delante, es la actitud justa para el que quiere entrar en la meditación: saber que está la eternidad detrás, adentro y delante de sí.
Antes de construir una iglesia es necesario ser piedra y sobre esta piedra (esta solidez imperturbable de la roca) Dios podría construir su Iglesia y hacer del cuerpo del hombre su templo. Así comprendía el sentido de la palabra evangélica: "Tú eres piedra y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia".
Se quedó así varias semanas. Lo más duro era pasar varias horas "sin hacer nada". Era necesario volver a aprender a estar, simplemente estar, sin objeto ni motivo. Meditar como una montaña era la meditación misma del Ser, "del simple hecho de Ser", antes de cualquier pensamiento, cualquier placer o dolor.
El padre Serafín le visitaba cada día, compartía con él sus tomates y algunas aceitunas. A pesar de este régimen tan frugal, el joven parecía haber ganado peso. Su paso era más tranquilo. La montaña parecía haberle entrado en la piel. Sabía acoger su tiempo, acoger las estaciones, estar silencioso y tranquilo, a veces como la tierra árida y dura, otras veces como el flanco de una colina que espera la cosecha.
Meditar como una montaña había modificado igualmente el ritmo de sus pensamientos. Había aprendido a "ver" sin juzgar, como si diese a todo lo que crece en la montaña "el derecho de existir".
Un día, unos peregrinos, ipresionados por la calidad de su presencia, le tomaron por un monje y le pidieron la bendición. Al enterarse de esto, el padre Serafín comenzó a molerle a golpes... El joven empezó a gritar. "Menos mal, creía que te habías hecho tan estúpido como los guijarros del camino... La meditación hesicasta tiene el enraizamiento, la estabilidad de las montañas, pero su objetivo no es hacer de ti un tocho muerto sino un hombre vivo", le dijo el viejo monje.
Tomó al joven del brazo y le condujo hasta el fondo del jardín donde, entre las hierbas salvajes, se podían ver algunas flores. "Ahora ya no se trata de meditar como una montaña estéril. Aprende a meditar como una amapola, aunque no olvides por eso la montaña".

(continuará)

[1] Homilía pronunciada el 7.XII.2007, II Domingo del Tiempo Ordinario en la Parroquia de St. Matthew, en San Antonio (Texas).
[2] En griego Όρος Άθως, óros ázos) es el nombre que recibe el área montañosa que conforma la península más oriental de las tres que se extienden hacia el Sur desde la península Calcídica, situada en Macedonia central, al norte de Grecia. En griego se la llama Άγιον Όρος (Ágion Óros, montaña sagrada). En épocas clásicas, la península fue llamada Ακτή (actí). Es el hogar de 20 monasterios ortodoxos que conforman un territorio autónomo bajo soberanía griega (Estado Monástico Autónomo de la Montaña Sagrada). En el Monte Athos sólo pueden vivir monjes y la población actual (2005) ronda los 1.400 habitantes. Monte Athos es una comunidad monástica fundada en 963 cuando San Anastasio estableció el monasterio de La Gran Laura que sigue siendo hoy en día el mayor de todos los del estado. La zona gozó de la protección del Imperio Bizantino durante los siglos siguientes. La Cuarta Cruzada en el siglo XIII y la llegada de católicos romanos a la zona forzó a los monjes a pedir la protección del Papa Inocencio III hasta la restauración del Imperio Bizantino. Monte Athos sufrió el saqueo de los mercenarios catalanes en el siglo XIV.
[3] Monje escritor del s. IV que ofrece el primer sistema concluso de espiritualidad cristiana, que habría de"satisfa er a multitud de maestros monásticos.


Ilistración: Francisco de Goya y Lucientes, El Entierro de la Sardina (1812-14) Óleo sobre madera (82,5 x 59 cm), Museo de la Real Academia de San Fernando (Madrid)

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris