XXX Domingo del Tiempo Ordinario


Cuentan de aquel escritor que paseando por la calle se encontró con un amigo y comenzaron a hablar. Durante más de media hora el escritor le habló de sí mismo, sin parar ni un instante. De pronto se detuvo un momento, hizo una pausa, y le dijo: "Bueno, ya hemos hablado bastante de mí. Ahora hablemos de ti: ¿qué te ha parecido mi última novela?"[1].

Es un ejemplo gracioso de actitud aunque simple, plena de vanidad. De hecho, la mayoría de los vicios son también bastante simples. En cambio la soberbia –y todo esto va a propósito de los dos personajes del evangelio, uno sencillo, el otro soberbio- suele manifestarse bajo formas más complejas y apariencias sumamente diversas. La soberbia sabe bien que si enseña la cara, su aspecto es repulsivo, y por eso una de sus estrategias más habituales es esconderse, disfrazarse. Se mete dentro de otra actitud aparentemente positiva, que siempre queda contaminada[2].

Unas veces se disfraza de sabiduría, de lo que podríamos llamar una soberbia intelectual que se empina sobre una apariencia de rigor que no es otra cosa que orgullo altivo.

Otras veces se disfraza de coherencia, y hace a las personas cambiar sus principios en vez de atreverse a cambiar su conducta inmoral. Como no viven como piensan, lo resuelven pensando como viven. La soberbia les impide ver que la coherencia en el error nunca puede transformar lo malo en bueno.

También puede disfrazarse de un apasionado afán de hacer justicia, cuando en el fondo lo que les mueve es un sentimiento de despecho y revanchismo. Se les ha metido el odio dentro, y en vez de esforzarse en perdonar, pretenden calmar su ansiedad con venganza y resentimiento.

Hay ocasiones en que la soberbia se disfraza de afán de defender la verdad, de una ortodoxia altiva y hasta violenta; o de un afán de precisarlo todo, de juzgarlo todo, de querer tener opinión firme sobre todo. Todas esas actitudes suelen tener su origen en ese orgullo tonto y simple de quien se cree siempre poseedor exclusivo de la verdad. En vez de servir a la verdad, se sirven de ella –de una sombra de ella-, y acaban siendo marionetas de su propia vanidad, de su afán de llevar la contraria o de quedar por encima.

A veces se disfraza de un aparente espíritu de servicio, que parece a primera vista muy abnegado, y que incluso quizá lo es, pero que esconde un curioso victimismo resentido. Son aquellos que hacen las cosas, pero con aire de víctima ("soy el único que hace algo"), o lamentándose de lo que hacen los demás ("mira éstos en cambio...").

Puede disfrazarse también de generosidad, de esa generosidad ostentosa que ayuda humillando, mirando a los demás por encima del hombro, menospreciando. O se disfraza de afán de enseñar o aconsejar, propio de personas llenas de suficiencia, que ponen a sí mismas como ejemplo, que hablan en tono paternalista, mirando por encima del hombro, con aire de superioridad. O de aires de dignidad, cuando no es otra cosa que susceptibilidad, sentirse ofendido por tonterías, por sospechas irreales o por celos infundados.

¿Entonces la soberbia está detrás de todo? hombre, no siempre, pero por lo menos sabemos que lo intentará. Igual que no existe la salud total y perfecta, tampoco podemos acabar por completo con la soberbia. Pero podemos luchar contra ella día a día. Pero ¿cómo detectarla, si se esconde bajo tantas apariencias?

El quid está en la humildad que nos hace falta aceptar la crítica que los demás puedan hacernos. La soberbia meterse en una especie de castillo en el que nadie puede entrar. Una especie de laberinto. Cuando la soberbia se ha hecho su propia torre o incluso su propia ciudad, van creciendo sus manifestaciones más simples y primarias: susceptibilidad enfermiza, un continuo hablar de uno mismo, actitudes prepotentes y engreídas; vanidad y afectación en los gestos y el modo de hablar; decaimiento profundo al percibir la propia debilidad, etc.

Hay que romper alguna de las murallas de ésa ciudad. Dejar de construir la propia ciudad para construir la ciudad de Dios es clave para tener una espiritualidad y una forma de ser sanas, para mantener un trato cordial con las personas, para no sentirse ofendido por tonterías, para no herir a los demás..., para casi todo[3].

Por eso hay que tener miedo a la soberbia, y luchar seriamente contra ella. Es una lucha que toma el impulso del reconocimiento del error. Un conocimiento siempre difícil, porque el error se enmascara de mil maneras, e incluso saca fuerzas de sus aparentes derrotas, pero un conocimiento posible, si hay empeño por nuestra parte y buscamos ayuda en la fuerza de los hermanos.

[1] Homilía pronunciada el 28.X.2007 en la parroquia de St. Matthew, en San Antonio (Texas).
[2] La soberbia es como el río que sí está en su cauce, que nunca se desborda, que está sereno y tranquilo y, sin embargo, ¡ay!, está envenenado. Tiene la mejor de las apariencias, resulta maravilloso en su paisaje, pero todo el que beba de él morirá. Son los pecados del fariseo: la apariencia de virtud, el orgullo del que se siente poseído de una verdad sin amor, el juego de palabras muy bonitas faltas de contenido y de obras, la soberbia disfrazada de ser elegido, aristócrata del amor en el mundo, la vanidad de asimilarse siempre a los poderes del mundo y a una vida cinco estrellas. Y no es que Jesús no perdone con facilidad esos modos, es que el que los posee va por la vida sin siquiera darse cuenta. Le cuesta mucho advertir que está hecho una gusanera de suficiencia y de engreimiento. Le resulta más fácil pensar y juzgar lo que ve en otros: el desmadre de la carne, una vida desenfrenada, desordenada, errática. Y las juzga con dureza. Incapaces de entender el corazón, les encanta juzgar las acciones sólo por las apariencias. De hecho el exceso no siempre significa impureza: puede proceder de un impulso extremado superior al común de los mortales, o de una sed de infinito desorientada, pero no impura –así les sucede a tantas biografías apasionadas por una vocación interior-, o de la desesperación…Y también sucede que la impureza no acarrea necesariamente excesos: hay hombres que tienen por Dios a su vientre y que son relativamente sobrios; otros son lujuriosos hasta los tuétanos y, sin embargo, se conforman con una sola mujer; hay ambiciosos que son moderados en su audacia, y tantos otros pecadores de la pradera “prudentes” que por miedo a las complicaciones de la vida, a los sufrimientos, o por automatismo social, mantienen su bajeza dentro de los límites permitidos por la ley. Un fariseo es un señor que debería de saber que cada vez que su dedo índice acusa a otro, su dedo meñique, su dedo anular y su dedo corazón le están acusando a él.
[3] «Dos amores hicieron dos ciudades: el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios, hizo la ciudad del mundo; el amor de Dios, hasta el desprecio de sí mismo, hizo la Ciudad de Dios» (S. Agustín, La Ciudad de Dios, libro XIV, cap. XXVIII).
ilustración: Tránsito en espiral (1963), Remedios Varo, óleo sobre masonite, colección particular, New York.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris