XXX Domingo del Tiempo Ordinario (B)

Salía el Señor de Jericó seguido de bastante gente cuando un grito le hizo detenerse en el camino. Era Bartimeo (uno de los pocos personajes evangélicos a los que conocemos por su nombre propio) que desde su ceguera imploraba la luz. Gritaba, a pesar de su impotencia y a pesar de la oposición de los que seguían a Jesús y que intentaban imponerle silencio, porque quizá lo importante para ellos no era que aquel hombre recuperara la vista sino que no se perturbara el ambiente general del que estaban disfrutando, que nada extraño rompiera la “armonía” de la comitiva o del momento.  

Y el grito de Bartimeo llegó directamente al corazón del Señor que se detuvo y lo llamó. La respuesta a su petición fue fulminante. La luz llegó a los ojos de aquel ciego. Un torrente de color lo invadió. Supongo que su primera y más profunda mirada sería para aquel hombre que con tanta exactitud había resuelto su gran problema. El evangelista añade que, recobrada la vista, seguía a Jesús por el camino y que había abandonado lo único que tenía: el manto; un manto que quedó olvidado al borde del camino como testigo de aquel profundo cambio de vida.

Bartimeo, antes de recuperar la vista había recuperado la capacidad de gritar tanto y tan intensamente que llegó a molestar a los que acompañaban al Señor. La capacidad de gritar está en cierto modo relacionada con la infancia. Un niño, cuando quiere algo, no duda en gritar, no duda en ser molesto, porque, entre otras cosas, se encuentra pequeño y no tiene la sensación de que puede resultar inoportuno. Grita también el hombre adulto en los momentos difíciles de su vida, en los momentos de angustia, de profunda inquietud, aunque, posiblemente en estos momentos, el grito del hombre sea más bien un grito interno.

La realidad es que hay momentos en los que abandonando los convencionalismos uno grita y se decide a dejar el borde del camino y buscar el horizonte pasando por encima de los que intentan imponer silencio para que no molestar al Maestro.

Y Bartimeo hace todo eso: el grito y el salto en medio del camino, cuando se decide a dejar el manto. Para seguir a Jesús es inevitable dejar algo. Unos dejaron sus barcas, Bartimeo tuvo que dejar su manto. Y lo hizo sin pensarlo mucho. Aquel manto que, en cierto modo lo cualificaba, que en cierto modo era testigo de su invalidez y que le servía para recoger las limosnas que le arrojaban y para defenderse del frío de la noche, no iba a servirle de nada si, como deseaba fervientemente, iba a acabarse su deficiencia. Era pues aquel un hombre decidido. Saltó sobre su manto, la única pertenencia que tenía, y gritó sin poder lo que otros apenas se atrevían a susurrar. Le grita ¡Hijo de David! es decir, ¡Mesías!...

 Qué duda cabe: el Señor ama a los hombres como Bartimeo, a aquéllos que conscientes de sus deficiencias, que saben de sus invalideces, que han tenido experiencia inolvidable de su ceguera, de sus carencias, a hombres que han sido capaces de gritar su impotencia, su pequeñez, su necesidad de los otros. El Señor ama a los hombres que reconocen en su vida zonas de sombra, que no tienen certezas absolutas, que no tienen la respuesta exacta para cada problema de la vida y de la muerte. Es posible que esa sensación de carencia que hizo gritar a Bartimeo y que le condujo junto a Jesús para no separarse jamás de El no la sintieran los que caminaban a su lado. Por eso no comprendieron el grito angustiado del ciego y pretendieron que callara. Who knows.

El Señor nos invita –es eso: una invitación- a dejar al borde del camino nuestras grandes o pequeñas pertenencias, seguridades, garantías, para caminar con él la aventura de un sendero desconocido con la confianza puesta en Él, en el Maestro, que nos ama con locura[1]



[1] Dabar 1985, 52.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris