Solemnidad de la Ascensión del Señor (2015)

Enamorados y poetas de todos los tiempos han cantado las maravillas de la persona amada: Becquer, Aute[1], Manrique[2], Garcilaso, Manzanero, santa Teresa, Neruda, Miguel Bosé[3], Quevedo, Sabina[4] y Sabines, ¡tantos!... Una persona cualquiera vista por otra cualquiera o vista por aquél que la ama no resulta la misma. A quien queremos le encontramos maravillas que pasan desapercibidas para aquél que no participa de nuestro sentimiento. Cuando alguien se enamora de una persona es capaz de cantar sus excelencias con un ardor sorprendente y hasta de transmitir el entusiasmo que nos invade.

Este domingo, el séptimo del tiempo de Pascua en el que la Iglesia celebra la solemnidad de la Asunción del Señor, la Liturgia de la Palabra nos presenta un pedazo de la hermosísima carta de Pablo a los Efesios: un canto exultante de un hombre enamorado de su fe, entusiasmado con su Dios a quien ha conocido profundamente y dependiente por completo de su infinita misericordia. Tengo para mi que este es el canto apasionado de un hombre que se ha encontrado con Cristo y se ha quedado como en shock y al mismo tiempo incapaz de guardar para sí la felicidad que ese descubrimiento le dio. Y, como todo enamorado, canta todas las cualidades que ha ido descubriendo en esa amistad tan profunda con el Señor. La segunda lectura merece la pena que la releamos tranquilamente a ver si nos contagia algo del entusiasmo que derrocha. Vemos en san  Pablo a un hombre cuyo entusiasmo se contagia, como un hombre que transmite electricidad a través de los siglos.

Veinte siglos más tarde, no puede leerse esta carta sin sentir, digamos, cierta envidia hacia aquel hombre que transmite semejante alegría sólo porque se ha encontrado con Dios en el camino de su vida. San Pablo es la imagen de un hombre que se ha lanzado de cabeza al abismo de Dios y ha vuelto a la tierra con unos ojos gozosos y un corazón entusiasmado que le grita al mundo su gran hallazgo, para que el mundo entero participe en su suerte y en su alegría.

Hoy podríamos detenernos un momento y pensar cómo es que los demás nos ven. Sí. Leíste bien, tú que te acabas de revolver inquieto en la silla. Piensa –pienso- en cómo te ven con los que habitualmente convives: ¿Como unos hombres y mujeres asombrados de la suerte que han tenido al encontrarse con Cristo? ¿Cómo hombres y mujeres que respiran alegría, o por el contrario nos ven como hombres y mujeres que arrastran una religión convencional, de preceptos, de negaciones, de normas y que no parecen haber tenido en su vida un gran encuentro personal sino un encuentro con la Ley que les agobia y les empequeñece?

San Pablo nos pone un gran ejemplo; veinte siglos después nos deja hoy una espléndida lección de lo que puede ser acercarse a la esperanza a la que se nos llama, a la riqueza de gloria que se nos ofrece, y la extraordinaria grandeza del Dios por el que hemos optado, del que debemos hablar de palabra y obra y sentirnos profundamente orgullosos. Pertenecemos a él. En la vida y en la muerte, somos del Señor[5]

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris