Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María (2014)

El Señor llamó al hombre y le dijo: ¿Dónde estás?[1]. Este contestó: oí tu ruido en el jardín, me dio miedo..., y me escondí[2]. El hombre no se deja encontrar a la hora de la cita con Dios, constantemente huye del riesgo del encuentro y del diálogo. Esto ha sucedido desde el principio, pero al llegar la plenitud de los tiempos[3] existe una criatura que se deja encontrar y que responde alegremente a aquella importantísima pregunta: He aquí la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra[4].

Dios encontró a alguien que dijo, una criatura dispuesta a recibir, antes incluso que a dar. Una criatura libre de preocupaciones egoístas, vaciada de sí misma, que ha desterrado el orgullo, repudiado el amor propio, y se ha convertido en pura acogida. Esto es lo que celebramos hoy. La Virgen no es una criatura vacía, sino una criatura que ha sabido hacer el vacío. María es aquella que ha permitido a Dios hacer,  obrar libremente en ella. Hoy encontramos muchas personas que parecen obsesionadas por saber lo que deben hacer por el Señor. La Virgen descubrió que lo primero que tenía que hacer era dejarse hacer por Dios. Y lo mismo sucede para cada creyente: dejar hacer a Dios, dejarse hacer por él, ser tomado por él, abandonarse al poder de su Espíritu.

Y el ángel se retiró de su presencia[5]. Siempre me ha impresionado este detalle de la página de Lucas en la anunciación. Ciertamente no es un fin alegre. En todo caso es un fatigoso y comprometido inicio. La Virgen se queda sola. Ya no habrá ninguna comunicación extraordinaria. Ningún mensaje que le dé garantías y elimine las dudas. Debe hacer el camino con la ayuda de la propia fe, como nosotros, no con la asistencia especial del ángel.
También en su vida saltarán los por qué. Y deberá llegar a la luz a través de las tinieblas más espesas, no a través de las respuestas más aseguradoras.

El ángel cumplió su misión. A partir de ese momento la Virgen tendrá que preguntar a los aconteceres de cada día para saber algo. Como todos los mortales. Y empieza poniéndose en movimiento, sirviendo a los demás: Por aquellos días , María se levantó, y marchó deprisa a la montaña, a una ciudad de Judá[6]. 

Y cada vez que diga –incluso antes de haber entendido por completo- profundizará en el misterio de la propia existencia. A cada sí, responde un aumento de conocimiento. El abandono confiado llega antes que el razonamiento. La acogida precede a la investigación. En otras palabras: se conoce el camino  recorriéndolo, se encuentra la verdad, sirviendo a los demás, y María es el mejor ejemplo. Que hoy que celebramos su Inmaculada Concepción interceda delante del trono de Dios para que se nos conceda ser más acogedores a las constantes invitaciones que nos hace el Espíritu, y que respondamos todo el tiempo a lo que Dios va sugiriendo –que no obligando- en el silencio de nuestro corazón[7]



[1] En hebreo se emplea una sola palabra: Ayéka
[2] Gn 3, 9-10.
[3] Gal 4, 4.
[4] Cfr. Lc 1, 38.
[5] Ídem.
[6] v. 39.
[7] A. Pronzato, El Pan del Domingo. Ciclo B. Edit. Sígueme, Salamanca, 1987, p. 274.

Ilustración: M. Chagall, Adán y Eva en el Paraíso, Museo Nacional (Niza). 

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris