III Domingo de Adviento (A) 13.XII.2013

El tiempo de Adviento es un período aunque breve, muy oportuno para detenernos y darle una pensada (sic) al complejo tema de la paciencia. Sí: complejo y no siempre sencillo de incluir en la propia vida. La paciencia pertenece a la categoría del amor, y humanos al fin somos impacientes porque buscamos la eficacia y deseamos palpar resultados tangibles. Si emprendemos un proyecto a largo plazo tendemos a hacer inventario de logros parciales. Nos gusta, en el ámbito espiritual y moral, llegar a la cumbre al primer intento; nos desilusiona los volver a empezar de la vida cristiana.

En este sentido, el tema de la paciencia es un buen complemento del tema la conversión, que es de todos los días. Algunos identificarían gustosamente la Iglesia de los convertidos con una Iglesia de "puros" que, según ellos, sería distintamente eficaz a una Iglesia de pecadores. Pero una Iglesia de estas características es imposible; pronto nos volveríamos intolerantes y arrogantes. «Al que arriesga, el Señor no lo defrauda, y cuando alguien da un pequeño paso hacia Jesús, descubre que Él ya esperaba su llegada con los brazos abiertos. Éste es el momento para decirle a Jesucristo: «Señor, me he dejado engañar, de mil maneras escapé de tu amor, pero aquí estoy otra vez para renovar mi alianza contigo. Te necesito. Rescátame de nuevo, Señor, acéptame una vez más entre tus brazos redentores». ¡Nos hace tanto bien volver a Él cuando nos hemos perdido! Insisto una vez más: Dios no se cansa nunca de perdonar, somos nosotros los que nos cansamos de acudir a su misericordia»[1].

Con su encarnación el Señor inaugura el Reino pero en vez de aparecer aparatosamente como el juez que establece una línea divisoria entre los buenos y los malos, se presenta como el Buen Pastor que tiene palabras de aliento para cada uno, llamando incluso a cada oveja por su nombre[2].

Él ha venido, ante todo, para los pecadores, e invita a todos a reconocernos así con todas sus letras: pecadores. Él no excluye a nadie: todos estamos llamados, todos podemos entrar. Por su actitud a lo largo de su vida, Jesús encarna la paciencia divina para con los pecadores. Ningún pecado aparta al hombre del poder misericordioso del Padre. La voluntad divina de perdón es ilimitada: «Aquel que nos invitó a perdonar «setenta veces siete» (Mt 18,22) nos da ejemplo: Él perdona setenta veces siete. Nos vuelve a cargar sobre sus hombros una y otra vez. Nadie podrá quitarnos la dignidad que nos otorga este amor infinito e inquebrantable. Él nos permite levantar la cabeza y volver a empezar, con una ternura que nunca nos desilusiona y que siempre puede devolvernos la alegría. No huyamos de la resurrección de Jesús, nunca nos declaremos muertos, pase lo que pase. ¡Que nada pueda más que su vida que nos lanza hacia adelante!»[3].

¿Y dónde está el secreto de esta paciencia del Señor?  En el amor. Jesús ama al Padre con el mismo amor que es amado. Cuando se vuelve a los hombres, los ama con el mismo amor que el Padre. Y este amor es, por naturaleza, universal. Comprendemos pues por qué el amor encuentra en la paciencia una de sus mejores expresiones. El amor invita al diálogo, a la conversación, a tender una mano, o muchas. Para Jesús, amar a los hombres es invitarlos, con un infinito respeto de lo que son, a dar una respuesta libre, una respuesta de amor. El amor con que Jesús ama a los hombres es –nunca mejor dicho- un amor paciente; el Señor respeta íntegramente nuestra decisión de aceptarlo o no[4]: vino a los suyos y los suyos no lo recibieron[5].

No está todo dicho. Para Jesús, amar a los hombres es amarlos hasta en su pecado, hasta en su negativa al deseo de Dios. Es en la Pasión del Señor donde se manifiesta de forma más plena su enorme paciencia. En el momento en el que todo es confuso y obscuro, cuando prácticamente nada tiene sentido, el amor se hace totalmente misericordioso y se enciende la luz que iluminará a la historia para siempre: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen[6]. El Señor ama a los hombres hasta el final.

Jesús, al mostrarnos con su vida y con su muerte el misterio de la paciencia divina, nos invita a perderlo todo para ganarlo todo. Cuando lo hacemos por amor podemos y debemos tener la certeza de que recibiremos también la paz, una paz tan grande que nada ni nadie la podrá quitar[7]



[1] Papa Francisco, Exhortación apostólica Evangelii Gaudium, n. 3.
[2] Cfr. Jn 10, 27-30.
[3] Evangelii Gaudium, n. 3
[4] Maertens-Frisque, Nueva guía de la Asamblea Cristiana I, Marova, Madrid 1969, p. 122.
[5] Jn 1, 11.
[6] Lc 23, 24.
[7] Cfr. Jn 14, 27. 

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris