XXXII Domingo del Tiempo Ordinario (C) 10.XI.2013

El asunto no es sencillo y lo ponen delante del Señor en Jerusalén, en el templo, y poco antes de morir. Los saduceos, hombres con dinero y poder político, que no creen en la resurrección le proponen un caso, más cerca de la burla que del chiste o la broma, incluso citan a Moisés y la célebre la ley del levirato[1].

La respuesta del Señor frente a la postura de los saduceos es una afirmación rotunda de la resurrección. El Señor lleva el problema a su verdadera raíz, que es Dios, un Dios de vida y amor. El problema de la muerte y resurrección es algo que cuestiona al mismo tiempo a Dios y al hombre. Si la muerte fuese lo más fuerte y definitivo no entendemos cómo Dios es un Dios de vida y de amor, no entendemos cómo Dios es Dios.

El Dios de la Biblia, el Dios de Abrahán y de Isaac y de Jacob, y, sobre todo, el Dios de Jesús, es un Dios de vivos y de esperanza. Negar la resurrección equivale a negar a Dios, al Dios de la vida y del amor

Quien piensa y vive únicamente desde la perspectiva del hombre y de la materia, no puede entender el problema de la resurrección, y le tiene que parecer casi ridículo… como les parecía a los saduceos. Es quizá el caso de muchos hombres de nuestros días y contra los cuales valen muy poco los argumentos filosóficos. Y es que la resurrección y la vida eterna no se prueba como los teoremas matemáticos ni se cuentan como los números o la caída de la bolsa; asuntos como la vida eterna, la resurrección, la retribución de nuestras obras tocan fibras más profundas, llegan a temas tan complejos como la libertad del hombre y su postura ante la vida.

La afirmación de la otra vida es clara, pero cómo será esa vida en realidad sabemos poco. Seremos nosotros mismos, sí; habrá una identidad personal y hasta corporal, sí; recuperaremos nuestro propio cuerpo, aunque transformado, sí; habrá cierta continuidad, pero en plenitud ¡qué ideas tan complicadas! La vida eterna no es otra vida distinta, es nuestra misma vida solo que llevada a plenitud. Lo dice mucho mejor y más bonito una parte de la plegaria eucarística tercera: porque al contemplarte como tú eres, Dios nuestro, seremos para siempre semejantes a ti y cantaremos eternamente tus alabanzas.

Filosofías recientes han insistido en que el hombre es un ser para la muerte[2] y su vida una pasión inútil, y sabemos que muchos viven alrededor de ésta idea. Presentar la resurrección a los hombres que nos rodean no supone discutir sobre el texto evangélico, ni aportar argumentos filosóficos o teológicos. La mejor prueba que podemos darles es vivir cada día una vida realmente solidaria con los hombres, una vida que merezca realmente eternizarse, una vida que no nos cansaremos nunca de vivir.

El núcleo de nuestra fe es una esperanza en que toda prueba se transforma en gracia, toda tristeza en alegría, toda muerte en resurrección. Dios puede hacer de nosotros eso que parece imposible: hacernos felices, darnos a conocer una vida que deseemos prolongar por toda la eternidad

¿Existe en nuestra vida tanto amor que sintamos la necesidad de resucitar para vivir eternamente con todos los que amamos? ■



[1] La ley del levirato o simplemente el levirato es un tipo de matrimonio en el cual una mujer viuda que no ha tenido hijos se debe casar (obligatoriamente) con uno de los hermanos de su fallecido esposo. Para continuar la línea sucesoria y la descendencia familiar, el nombre del primer varón de esta nueva unión ha de ser el mismo que el correspondiente al difunto, y heredará sus bienes. El matrimonio por levirato se ha realizado en sociedades con fuerte estructura de clanes en los que se ha prohibido el matrimonio exogámico, es decir fuera del clan. Ha sido tradicionalmente habitual en los pueblos panyabíes, jats, israelitas, hunos (chinos xiongnu, hsiong-nu, etcétera), mongoles y tibetanos.
[2] Heidegger, M. (1997), Ser y tiempo.
Ilustración: A. Cano, El descenso de Cristo a los infiernos, Musel del Prado (Madrid).  

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris