XXX Domigo del Tiempo Ordinario


Hay un momento profundamente desagradable en esta escena que nos presenta hoy la liturgia de la Palabra. El Señor salía de la ciudad de Jericó acompañado de mucha gente, en aquel momento Jesús multiplicaba panes, curaba enfermos, hacia milagros y era mucha la gente que lo seguía.

Tenía partidarios: unos de su doctrina y de su persona con todas sus consecuencias, y otros de sus panes, de sus milagros, etc. La gente es así. El ser humano es así.

De repente aparece en el relato aquel hombre ciego y mendigo sentado al borde del camino que empieza a gritar pidiendo compasión. Se produce el hecho penoso, profundamente desagradable: uno de estos gestos en que queda al descubierto nuestra miseria humana. No me refiero a la escena del ciego que grita. Lo deprimente viene de parte de aquellos individuos –eufóricos y satisfechos- que acompañan al Señor y le piden al ciego que se calle. Esta es la miseria humana; ellos son los que hacen digamos, miserable, una parte de la escena, y estaban mucho más ciegos que Bartimeo; les molestaba mirar y pensar en la desgracia del prójimo. Eran mucho más pobres que el mendigo, porque la pobreza de aquellos estaba su corazón.

Hoy, veinte siglos después, nuestra actitud es muy similar: seguimos a Cristo a cierta distancia pero no queremos que se oiga el grito de los necesitados. Queremos que nos dejen tranquilos. En Jericó y también en México. En Jericó y en los Estados Unidos. Nos decimos cristianos y de hecho caminamos junto a Él, pero en algunos momentos no queremos detenernos a ver qué le ocurre al necesitado. Y para muestra un botón: de manera disparatada casi todo el mundo compartía en sus muros la imagen de Alondra, una niña que pide limosna en las calles de Guadalajara. Algunos se desgarraron las vestiduras preguntándose cómo es que una niña tan indefensa anduviera por ahí, pero lo más alarmante era el que fuese una rubiecita tan hermosa para estar con “unos papás que son morenos” Todoelmundo (sic) a compartido en sus muros de Facebook la foto ¿y cuántos estamos comprometidos en alguna acción concreta a favor de quien menos tiene?

Escribía hace poco J.M. Ballarín que Francisco de Asís dictó su cántico al sol cuando ya estaba ciego. Y que Juan de la Cruz escribió su Cántico espiritual –hablando de "montes y riberas, de bosques y espesuras, de flores y verduras- después de pasarse meses encerrado en una prisión sin luz.

La moraleja es sencilla: el anhelo de ver, de vivir, de amar, puede romper la muralla de la habitual ceguera, de la rutina cotidiana, del egoísmo que nos corroe. Todos somos ciegos, pero todos podemos hallar la luz para caminar.

Es preciso anhelar la salvación, desearla, para acogerla. Es el ejemplo del ciego Bartimeo. Gritar, gritas –aunque los que nos rodean nos exhorten a callar- para romper y superar las murallas que nos rodean. El evangelio no será nunca acogido por los que creen ver, sino por los que se saben ciegos, paralíticos, leprosos.... Es la gran lección del Evangelio. El ciego ve porque quiere ver -porque tiene fe-; y así puede seguir el camino de vida que es el camino del Señor

¿Por qué no pedir hoy "Señor, ten compasión" y levantarnos y seguir el camino de amor que es el camino de Jesús? Situaciones de enfrentamiento en una realidad social, política: ¿es la solución quedarse sentado viendo la vida pasar?¿No sería más cristiano reconocer la culpa que a todos afecta, creer en posibles soluciones, ponerse a trabajar abiertos a la esperanza? Me parece que nuestra sociedad necesita esta invitación a superar toda ceguera para hallar el camino. Camino sin duda difícil, como lo fue el del Señor. De nada sirve continuar sentado al borde del camino. La salvación que Dios ofrece exige levantarse y caminar ■

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris