XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario (B)


Sentirse bueno, o con más formación, o ¡ay! “aristócrata del amor”, es una tentación constante en la vida del cristiano, y además una peligrosa forma de autocomplacencia –orgullosa, por cierto- que algunos confunden con ser cristiano. Sentirse bueno es apropiarse de un adjetivo que en realidad sólo corresponde a Dios: No hay nadie bueno más que Dios. Así, quien se siente bueno en cierta forma se auto diviniza y, ya sentado en el trono, no tarda mucho en condenar a quienes él mismo se encarga de calificar de malos.

El joven del Evangelio es lo que podríamos llamar “un buen chavo” ¿Qué más se le puede pedir? Buenos modales, honrado, obediente, trabajador, pacífico, “con tono humano” (¡ay desdichada expresión!); más de un papá diría: “yo quiero un hijo así” Pero ¿es eso un cristiano, un testigo de la vida eterna?

El joven del evangelio –y muchos jóvenes de hoy con él- intuye que el Maestro apunta otra dirección: ¿Qué me falta? pregunta.. Jesús se le quedó mirando con cariño. Es una traducción que me suena…no sé, como a profesor un poco cándido. Me gusta más otra traducción: Fijando en él su mirada, le amó. Me parece más acorde con otras miradas de Jesús. Jesús mira a aquel joven con la misma mirada de amor que tiene para los pecadores: Judas[1], Pedro[2], Zaqueo[3], la adúltera[4]...

Aquel día tenía delante un joven apegado a las cosas materiales pero al mismo tiempo necesitado de perdón y de luz. Hoy encontramos en la Iglesia personas necesitadas de un fogonazo como el Evangelio que ilumine y salve, una especie de electro shock que despierte y haga abrir los ojos a una realidad que desconocen. Dios es para ellos como un objeto decorativo religioso que ayuda a instalarse en la sociedad cuyo visto bueno buscan; pero no es el centro, ni el motor de su vida. Pensando cumplir los mandamientos han olvidado el primero de todos: Escucha, Israel: El Señor nuestro Dios es el único Señor. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas[5].

Aquel joven escuchó, sí, pero se fue desalentado: ahora sabe que en su vida hay algo más importante que Dios: sus bienes. Y con esta carga, ¡qué difícil afrontar el amor al prójimo! Él ¡que creía cumplir todos los mandamientos!...

Si el evangelio de hoy deja a alguien inquieto ¡bendito sea Dios! ha cumplido un servicio: nos invita a pensar sobre qué estamos edificando. Mal servicio se presta al mundo cuando el miedo obliga a rebajar la Palabra para no herir sensibilidades…

El examen de conciencia, pues, de éste fin de semana es sobre nuestra actitud hacia los bienes materiales y sobre la ayuda que prestamos a los demás.  El tener más, lo mismo para los pueblos que para las personas, no es el fin último. Todo crecimiento es ambivalente. Necesario para permitir que el hombre sea más hombre, lo encierra como en una prisión, desde el momento que se convierte en el bien supremo, que impide mirar más allá. Entonces los corazones se endurecen y los espíritus se cierran, los hombres ya no se unen por amistad, sino por interés, que pronto les hace oponerse unos a otros y desunirse. La búsqueda exclusiva del poseer se convierte en un obstáculo para el crecimiento del ser y se opone a su verdadera grandeza; para las naciones, como para las personas, la avaricia es la forma más evidente de pobreza[6].

Si la Palabra viene a salvar, ¿cómo privar de ella a los que ponen su confianza en el dinero? Si para ellos es prácticamente imposible salvarse ¿cómo negarles el instrumento de Dios para conseguirlo? Afortunadamente Dios es capaz de todo, basta recordar las historias de Zaqueo y de millones de pobrezas voluntarias y de riquezas compartidas fraternalmente y sin orgullo con los pobres en la vida de la Iglesia[7]


[1] Cfr. Mt 26,20-25; Mc 14,17-21; Lc 22,21-23 y Jn 13,21-22
[2] Cfr. Lc 22:61-62
[3] Cfr. Ídem 19, 1-10.
[4] Cfr. Jn 8, 1-11.
[5] Mc 12, 29-30
[6] JUAN-XXIII, Populorum Progressio, n. 19
[7] M. Flamarique Valerdi, Escrutad las Escrituras. Reflexiones sobre el Ciclo B, Descleé de Brouwer, Bilbao 1990, p. 168. 

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris