Solemnidad de todos los Santos (2012)


No cabe duda: la palabra santo quizá nos trae a la mente la imagen de largas túnicas si no es que un (desagradable) olor a viejo, o a naftalina o confesionario; quizá nos hace pensar en hombres y mujeres que llevaron una vida bastante distinta de la de sus contemporáneos (a veces con muchas rarezas) y que, en muchos casos, eran obispos, frailes o monjas. No sé, pienso, en San Simeón estilita y medio me pongo nervioso[1]. O peor aún: quizá identificamos al santo con el ser perfecto y concluimos que deben ser cosas de otras épocas, porque hoy en día hay gente buena y hasta muy buena pero perfecto ¡nadie!

Las palabras de Pedro en su carta son sencillas de comprender: sed santos en toda vuestra conducta como el que os llamó es santo[2] y san Pablo insiste en que la voluntad de Dios es nuestra santificación. No hace mucho –apenas cincuenta años atrás- el Concilio Vaticano II nos recordó que “los fieles de cualquier condición y estado son llamados por Dios, cada uno por su camino, a la perfección de la santidad por la cual el mismo Padre es perfecto[3]”. La santidad no es, por tanto, ninguna forma absurda de vida o a caminar hacia una meta imposible. Aspirar a la santidad es aspirar a la felicidad total que todo hombre bajo distintas formulaciones busca. “Nos hiciste, Señor para Tí, y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en Ti”, decía San Agustín[4].

El Dios de la paz, de la felicidad nos llama a la plenitud, a la felicidad. Los hombres somos seres incompletos, inacabados. Somos, según frase del filósofo, "lo que somos y lo que nos falta". Nuestro destino es Dios, la felicidad, lo que nos falta.

Representar a Dios como un Dios aburrido y o el Dios de los absurdos es sustituirlo por un ídolo. No se trata de rezos extraordinarios, ni de reprimir la alegría, ni de sufrir en demasía, mucho menos de maltratar el propio cuerpo[5]. La parábola de los talentos nos indica que responder a la gracia de Dios en la proporción en que se nos dio, es el listón que cada uno debemos saltar. Cada uno de nosotros es consciente de lo que Dios puso en sus manos y de lo que en cada momento debe ser el fruto de ese don. Hoy, que celebramos a todos los Santos –a la Virgen María en un lugar principalísimo- por qué no preguntarnos si vamos en serio en serio (sic) en éste tema tan importante de la santidad personal ■


[1] San Simón o Simeón el Estilita, o simplemente Simón Estilita (Sisan, Cilicia, c. 390 – Alepo, Siria, 27 de septiembre de 459), también conocido como Simeón Estilita el Viejo (para diferenciarlo de Simeón Estilita el Joven y Simeón Estilita III), fue un santo asceta cristiano que nació en Cilicia a finales del siglo IV. Su fama radica en el hecho de haber elegido como penitencia el pasar 37 años en una pequeña plataforma sobre una columna1 (del griego stylé; de ahí su sobrenombre) cerca de Alepo, Siria. Es conocido como uno de los Padres del yermo. Nacido en Sisan, al norte de Siria, vivió su infancia como pastor. A los 15 años ingresó en un monasterio donde aprendió de memoria los 150 salmos de la Biblia, rezándolos cada semana, 21 cada día. Se le considera el inventor del cilicio. Fue expulsado de un monasterio por su rigor absoluto, así que decidió ir al desierto para vivir en continua penitencia; allí, después de vivir en una cisterna seca y en una cueva, y a causa de la continua molestia que le suponían las muchas gentes que venían a visitarle, apartándole de la vida contemplativa y la oración y acercándole a la tentación, decidió que le construyeran una columna de tres metros de altura, luego una de siete y por último pasó a una de 17 metros para vivir subido en ella y alejarse del tráfago humano. Sobre esta columna pasó sus últimos 37 años de vida, por lo que se ganó el sobrenombre de «el Estilita». Murió en el año 459. Su festividad se conmemora el 5 de enero.
[2] Cfr 1 Pe 1, 13.
[3]Lumen gentium, n. 11
[4] Confesiones I,1,1
[5] Me refiero a todo el tema de la exagerada mortificación corporal

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris