Conmemoración de todos los Fieles Difuntos (2012)


Nada más común que la muerte y, sin embargo, nada más asombroso. La muerte es un acontecimiento que, a pesar de su inevitabilidad, no está en nuestros planes. Su llegada sorprende siempre y nos deja perplejos y enmudecidos.

Cada quien es libe de adoptar su postura ante la muerte y ante lo que puede suceder después de ella. Para muchos la muerte es el fin, la nada, el abismo. Con la desaparición de la vida acaba todo lo que a la vida la caracteriza: el amor y el odio, el trabajo y la iniciativa, la ambición, la esperanza, el orgullo, la soberbia, la bondad. Se ha llegado al final por completo.

Los cristianos, hemos hecho, por el contrario, una opción. La opción por la vida eterna. Una opción que se toma desde la fe y que supone un salto, un inmenso salto dado con la mano puesta en la mano de Cristo. El cristianismo es una elección que el hombre, cada hombre, debe tomar seria y conscientemente; que el cristianismo no puede ser fruto de una herencia familiar o de un contexto social, porque, en ese caso, carecería de contenido auténtico. Esa elección responsable y reflexiva que el ser humano hace al interrogarse sobre los problemas más importantes de su propia vida, está implícita la idea cristiana de que, tras la muerte, está la vida. Hoy el Evangelio nos dice, con toda rotundidad, que el Señor nos resucitará en el último día, es decir, que nos dará una vida sin límites y sin final.

A través de todas las páginas del Evangelio en las que Jesús se encontró con la muerte encontramos siempre la misma respuesta. ¡Levántate! le gritará Lázaro ya hediondo en su tumba[1]; y la misma palabra imperativa la repetirá al hijo de la viuda de Naím[2]. Más tarde, su propia resurrección será la respuesta más evidente a su señorío sobre la muerte y la gran piedra angular en la que se apoyará nuestra esperanza cristiana.

Por eso, los cristianos, al conmemorar hoy a todos los que están más allá de nuestro mundo, a todos los que han convertido su fe en seguridad, junto al dolor por su ausencia no podemos sacar una consecuencia angustiosa, desesperada e impotente, sino una llamada a la vida, a esa vida que palpamos y tenemos, a ésa que conocemos y con la que nos estamos fabricando esa otra vida en la que esperamos y creemos. Porque aquí está la gran lección de la esperanza cristiana en la vida eterna: la de enseñarnos a vivir ahora de modo que podamos abrir los ojos con paz cuando los cerremos, a ser posible también con paz, en el tiempo y en el espacio concreto.

Para ayudarnos a vivir como lo quiere Cristo, hoy podríamos recordar cuáles van a ser sus palabras cuando nos encontremos con Él más allá de nuestros límites terrenos. Son palabras categóricas que señalan inequívocamente un camino a recorrer: Venid, benditos de mi Padre... porque tuve hambre y me disteis de comer, estuve enfermo y me visitasteis, triste y me consolasteis...[3]

Hoy El mundo está necesitado de hombres que crean firmemente en la vida eterna, que le den un sentido de trascendencia, de hondura y de espiritualidad a la vida, a la vida del hombre sobre la tierra. Los cristianos deberíamos ser esos hombres. Lo seríamos si creyéramos de verdad en Cristo resucitado y en todo cuanto dijo e hizo en su vida y en su muerte. Qué duda cabe que una manera de predicar en silencio nuestra fe en la vida que no acaba es vivir la vida que acaba con sentido de eternidad. Intentando reproducir con todas las limitaciones que tenemos, y que tan bien conocemos, el estilo de vida de Cristo[4]




[1] Jn 11, 1-45
[2] Lc 7, 11-17
[3] Cfr Mt 25, 30 ss.
[4] A.M. Cortés, Dabar 1986, n. 54.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris