VI Domingo del Tiempo Ordinario (B)


La confianza del leproso es extraordinaria: Si quieres, puedes limpiarme. Es la fe de la cananea[1], del centurión[2], del padre del epiléptico ¡de tantos y tantos que están –estamos- enfermos! Y el Señor se siente conmovido por esa fe. Nunca el diálogo fue tan breve y tan intenso. Dos palabras para revelar la fe del leproso, una palabra para señalar el efecto de esta fe: Si quieres, puedes curarme. Quiero[3].

Aquí se encuentran a la vez la terrible situación de un hombre y la gran fuerza del Amor. La lepra inspiraba tanto miedo en aquella época que era considerada como un castigo de Dios y un contagio terrible: ¡ante todo no tocar a esos malditos![4] San Marcos indica que Jesús lo toca y lo cura. Ambas cosas. Con toda seguridad eso es lo que aquel hombre intuía en su corazón: “él puede todo lo que quiere; quizá con la condición de que se crea en él”. Y así es como se realiza el encuentro. No hay miseria alguna que asuste a Jesús pero espera nuestro “si tú quieres Señor”, que debería ser casi tan poderoso como el amor con que está dispuesto a acogernos[5].

Al escribir esto, pienso en los leprosos de hoy y me gustaría ponerlos delante del Señor: los despreciados, los marginados, los que sienten la vergüenza de su cuerpo, de su corazón, de su vida. Aquellos que han sufrido el drama del divorcio o aquellos que viven en su carne la homosexualidad; los que dependen del dinero, el juego, el alcohol o la superficialidad…

Y al mismo tiempo me pregunto a mí mismo. ¿Acaso es que estoy sano? Muchos de mis encuentros con Jesús han sido inútiles porque nada me impulsaba a suplicarle: ¡Señor Sálvame![6]

Para decir esto con una fuerza capaz de arrancarle gracias muy grandes, es necesario –muy necesario, de hecho- que me sienta leproso y que lo sienta de verdad. Que no me sienta – ¡ay frase desafortunada!- aristócrata del amor. Este doble despertar de nuestra vergüenza y de nuestra fe es la mejor preparación para un encuentro. Como cuando al comienzo de la misa decimos aquello de: “Antes de celebrar esta eucaristía, reconozcamos nuestros pecados” debemos pronunciarlo de verdad, sintiendo (sic) en nuestra carne ése deseo de sanar, de curarnos, de quedar limpios. Limpios como Jesús ■


[1] Cfr Mc 7, 24-30.
[2] Cfr Mt 8,5-17
[3] Cfr Mc 1, 40-45.
[4] Cfr Lev 13, 49; 14, 2-32.
[5] A. Seve, El Evangelio de los Domingos, Ed. Verbo Divino, Estella (Navarra), 1984, p. 78
[6] Cfr Mt 14, 30. 

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris