IV Domingo del Tiempo Ordinario (B)


El Señor [evidentemente] no tenía un doctorado en Sagrada Escritura o en Ciencias de la comunicación, su palabra clara, directa, auténtica, tenía otra fuerza diferente que el pueblo sencillo y llano supo inmediatamente captar. El suyo no era un discurso demasiado preparado; podríamos decir que tampoco era la Suya una instrucción. Su palabra era más bien una llamada, un mensaje que provocaba un gran impacto en los que lo oían y los animaba a cambiar de camino[1], de hecho fueron muchos los que cambiaron de vida después de oírle[2].  

La gente –nos dice el evangelio de hoy- quedaba asombrada porque no enseña como los letrados sino con autoridad. Esta autoridad no está ligada a ningún título o poder social. No proviene tampoco de las ideas que expone o la doctrina que enseña. La fuerza de su palabra es Él mismo: Su persona, Su espíritu, Su libertad, la manera –sobria, sencilla, valiente- en la que vivía.

El Señor no es un vendedor de ideologías, ni un repetidor de lecciones aprendidas de antemano. Es un maestro de vida que coloca al hombre ante las cuestiones más decisivas y vitales. Un hombre –el Hombre, con mayúscula; el Ecce homo que presentará Pilatos a la multitud[3]- que enseña a vivir. Y más aún: el Hombre por excelencia que nos enseña a los demás hombres y mujeres a ponernos delante de nosotros mismos y preguntarnos quiénes somos, a dónde vamos y qué vamos a hacer con la vida que llevamos entre las manos. Todo eso es Jesús y su Palabra.

Y vamos a reconocerlo de una vez: hoy nuestros jóvenes no encuentran maestros de vida a quienes poder escuchar, de ahí la gran tragedia que resulta de echar fuera a Jesús de nuestros ambientes, de nuestras conversaciones, de nuestras lecturas, de nuestros planes: ¿Qué autoridad pueden tener las palabras de políticos, dirigentes e incluso de nosotros –sacerdotes y obispos- si no van acompañadas de un testimonio claro de honestidad y responsabilidad personal? ¿qué vida pueden encontrar nuestros jóvenes en una enseñanza que sólo proporciona datos, cifras y códigos, pero no ofrece respuesta alguna a las cuestiones más inquietantes del ser humano? Difícilmente ayudará a crecer a los más jóvenes una enseñanza reducida a información científica en la que el enseñante puede ser sustituido por un estupendo iPad.

Hoy más que nunca necesitamos profesores de existencia:  hombres y mujeres que enseñen el arte de abrir los ojos, maravillarse ante la vida, interrogarse con sencillez por el sentido último de todo y, sobre todo, transmitir a los demás dos cosas que hemos perdido casi por completo: el sentido de lo sagrado –del misterio- y la capacidad de asombro. Hoy necesitamos hombres y mujeres que, con su testimonio personal de vida, siembren inquietud, contagien vida y ayuden a plantearse honradamente los interrogantes más hondos de la existencia. Hoy necesitamos sacerdotes y obispos que no dediquen la tarde del domingo a corridas de toros, o fiestas en las que corra sin límites la comida y la bebida[4]; obispos y sacerdotes que prediquen constante y sensatamente de la Palabra de Dios.

Vienen a la memoria las palabras del escritor francés P. Robin: «Se suprimirá la fe en nombre de la luz; después se suprimirá la luz. Se suprimirá el alma en nombre de la razón; después se suprimirá la razón. Se suprimirá la caridad en nombre de la justicia; después se suprimirá la justicia. Se suprimirá el espíritu de verdad en nombre del espíritu crítico; después se suprimirá el espíritu crítico»[5].

En un momento concreto de la historia, la Ascensión, Jesús dejó de estar visiblemente entre nosotros. Desde entonces hacen falta profetas, y ésta tarea ya no está reservada a un número reducido de escogidos. Todos los que creemos en Él estamos llamados a proclamarlo con el lenguaje elocuente de los hechos: con el testimonio de nuestra vida; no en la forma de los fariseos, que dicen y no hacen, sin sentirnos jamás dueños de su Palabra, sin hacer decir al Señor lo que no pasa de ser una pobre opinión, discutible, del profeta.

Tenemos delante un mundo que tiene hambre, mucha hambre de Dios, y tienen derecho a que les demos trigo limpio ■


[1] Cfr. J. A. Pagola, Buenas Noticias, Navarra 1985, p. 187 ss.
[2] Cfr. Lc 19, 1-10; 15, 11-32; 7,36-50;19,5-9
[3] Cfr. Jn 15, 5.
[5] Robin (1837-1912), fue un pedagogo anarquista francés y difusor de las ideas neomalthusianas.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris