III Domingo del Tiempo Ordinario (B)


Se ha cumplido el plazo. Está cerca el Reino de Dios. Es casi el comienzo del Evangelio de Marcos. Jesús llega como con prisa: apremiando, sacudiendo por el hombro a los amodorrados, a los demasiado tranquilos, a los que ponen su seguridad únicamente en las prácticas religiosas. Pareciera que el Señor quiere decir que el Reino de Dios no es una fruta silvestre, al alcance de la mano del primero que pasa; sino más bien el final de un largo esfuerzo, donde se han ido amasando –codo con codo- el pequeño sudor del hombre y la gracia de Dios. Que no hay tiempo que perder. Que hay que poner manos a la obra.

¿Y cuál es la tarea? Nada más, y nada menos, que ésta: Convertíos y creed la Buena Noticia. Así de claro. Así de radical.

Convertíos. Es tanto como decirnos que habíamos equivocado el camino, que no es posible seguir como hasta ahora. Que no podemos seguir acumulando unas riquezas que se pudrirán en los armarios. Que no podemos seguir dando vueltas a la noria como esos tristes burros de ojos vendados alrededor de nuestro yo, incapaces para ver que nuestro camino no progresa, que nos hemos ido quedando remansados fuera de la corriente de la vida, que nuestro barco necesita una buena reparación. Convertíos, es decirnos que ya está bien de desigualdades y guerras, de pisar al otro para subir, de mentiras, de odios, de violencia...[1]

Convertirse es cambiar de vida, hacer borrón y cuenta nueva. Creer en el evangelio es abrir el corazón y la actitud, y dejar que los refresque la lluvia limpia de la Palabra de Dios. Es dejarse conducir, en la niebla, por la mano de Alguien que nos ama. Es fiarse plenamente del Padre: ver con sus ojos, intentar amar con su corazón. Es decirle un grande, total. Firmarle un cheque en blanco. Renacer. Resucitar.

El momento es apremiante. Hay que empezar ya. Se trata de cambiar la vida: como los ninivitas ante la predicación de Jonás. Se trata de salirse del hechizo de las cosas, mandar en ellas: los que compran, como si no poseyeran[2]. Se trata de componer una nueva escala de valores, de acuerdo con los criterios del Evangelio: primero, el reino de Dios y lo que va con él; todo lo demás, detrás. Y lanzarse a volar alto, libres de peso inútil. Lanzarse a vivir la aventura fascinante de la libertad plena, del amor sin engaños. Y hacer brotar a nuestro paso la alegría y la esperanza.

Venid conmigo y os haré pescadores de hombres. Quiere el Señor que una vez convertidos a esa nueva manera suya de vivir seamos en adelante sus testigos: que vayamos corriendo la voz de casa en casa, de ciudad en ciudad, de siglo en siglo. Para que todo el mundo se entere de que hay, por fin, un camino abierto. De que vale la pena intentarlo. De que ya es posible ser feliz ■


[1] J. Guillen García, Al hilo de la Palabra, Comentario a las lecturas de domingos y fiestas, ciclo B, Granada 199, p. 90 s.

[2] Cfr 1 Cor 7, 30. 

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris