Solemnidad de la Natividad del Señor 2011


Navidad es un Niño. Y alrededor de este Niño encontramos a María, José, unos magos y unos pastores. Quizá si nos dejásemos impregnar por el aire y la actitud de estos pastores podríamos llegar, en la fe, a descubrir que siempre es posible la esperanza.

Hay gente que duerme y gente que vela. Duermen los que ya tienen los graneros rebosantes, los que ya han encontrado el paraíso perdido, los que pueden explicarlo todo, los que ya no se sorprenden por nada, aquellos que han -¿hemos?- perdido la capacidad de asombro. En cambio velan los que esperan un nacimiento, los que trabajan para que el hombre y la mujer puedan ver un amanecer, los que están atentos para oír la voz del que llora…[1]

El pastor, sobre todo en Oriente, es el hombre que soporta el sol y el viento. Vive al aire libre y va de acá para allá, detrás del rebaño que necesita pastos. Los pastores de Belén no eran diferentes. Vivían lo suficientemente a la intemperie como para poder oír el llanto de un recién nacido a media noche. Tenían el corazón y los ojos lo bastante limpios para percibir que, en medio de la noche, brillaba una luz. Eran lo suficientemente humildes para maravillarse de la novedad de Dios. Y así fue que oyeron el llanto, vieron la luz, y encontraron al Niño.

Hoy, Diciembre del año 2001, la noche es la falta de solidaridad y de aceptación mutua, el ruido sordo y metálico del conflicto, la carrera incontrolada del dinero, la desconfianza y la orgía del aislamiento, el silencio y, peor aún, la indiferencia ante Dios y Sus cosas, afortunadamente siguen existiendo centinelas que ven la luz. Y ese encuentro lo hacen voz. Y la voz toma un nombre, que con sonidos diferentes nos dice: Vela, ábrete a los demás; ábrete a la imaginación, a la ilusión, a la esperanza, al amor renovado, al servicio a los demás, a la amistad desinteresada, a la libertad sin glosas

¿En realidad hay personas así? ¡Claro que sí! Cientos de miles de hombres y mujeres alrededor del mundo que le han entregado su vida a Dios en el sacerdocio, en la vida religiosa o en el matrimonio, o que se preparan para alguno de ésos tres estados. Gente de parroquia, de barrio, estudiantes de universidades públicas o privadas; gente que colabora en hospitales, orfanatorios, asilos, etc., y que hacen la vida más humana y más digna. Todos éstos –de forma consciente o inconsciente- velan, como los pastores del evangelio, y hacen aquella experiencia de abrirse al bien y amarlo en su fuente.

El evangelio no lo dice pero es evidente y obvio que María oía a los pastores. Ellos contaban lo de los ángeles y ella callaba y meditaba todas estas cosas en su corazón. El silencio, hoy tan difícil, en esta sequía que dura ya tanto en este mundo, en la Iglesia, comunidad de orantes, de hombres que aman y rezan –como designaban los paganos de Roma a los primeros cristianos…

…Señor Dios nuestro: enséñanos a contemplar como tú, para que Dios nos revele las lecciones de Belén.

Y ésta noche, cuando nos acerquemos a recibir la eucaristía, déjanos verte como te vieron los pastores; que sepamos encontrarlo en nuestros hermanos, sobre todo en los más pequeños y desprotegidos. Amén ■


[1] L. Suñer, Misa Dominical, 1991, n. 17

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris