Miércoles de Ceniza 2011

Durante muchos años, cientos quizá, y hasta la fecha en ciertas espiritualidades –o escuelas de espiritualidad o movimientos- la llegada del miércoles de ceniza equivale a empezar algo triste. Y no es así. Por otro lado, en medio de la sociedad en la que nos movemos y de la que no podemos ni debemos desaparecer o sustraernos, la Cuaresma no significa mucho. La Liturgia –que es, en palabras del Papa, un oasis en el que nos podemos refugiar para llenar las alforjas- nos, sigue pidiendo con tenacidad que acojamos bien la palabra áspera de los profetas y del mismo Señor con todo lo que exige: una separación de la vida cómoda[1] pero que no perdamos la alegría y la sencillez.

El tiempo de Cuaresma que comenzamos hoy con la imposición de la ceniza es un ofrecimiento fabuloso de la palabra y de la Palabra. Después de abrir el misal en el Miércoles de Ceniza, es bueno hojearlo hasta el Domingo de Ramos para quedar verdaderamente sorprendidos por la riqueza y belleza de estas cinco semanas que vamos a vivir: 15 lecturas, 5 salmos, 15 oraciones, 5 prefacios... Todo bajo el fuerte imán de la Pascua. Durante éstas cinco semanas escucharemos muchas cosas interesantes, el Señor nos hablará de que debemos –como él- enfrentar las tentaciones, ponernos en camino, buscar el agua viva, que es posible curar de nuestra ceguera y finalmente resucitar con Él.

En las misas de cada día también es abundante el alimento espiritual que podemos encontrar. Si buscamos un propósito para esta cuaresma, he aquí uno muy sencillo: poner más atención a la palabra de Dios en la Misa.

El tiempo de Cuaresma es una llamada vigorosa a la santidad y esto exige que hagamos un sereno y serio balance espiritual, una revisión de lo que hasta hoy es nuestra vida, dejando entrar la luz del Espíritu de Dios hasta lo más profundo, con confianza, con alegría con sencillez. Quizá hemos tomado poca conciencia de lo mucho que nos aleja de los demás –de la familia y de la propia comunidad- el pecado.

Señor Jesús,
no sólo me he alejado de ti,
sino de mí.
Tráeme a mí,
para que pueda llegar hasta ti.
Hazme conocer mis tinieblas
para que busque tu luz[2].
        
  Y es que si me observo mejor, tendré ganas de cambiar, de cambiarme. Eso es lo que indica la que es quizá la palabra clave de todo éste tiempo que nos regala la Iglesia: convertirse, sabiendo que es importante no decir eso de: “Yo quiero convertirme” pues  eso nunca ha transformado a nadie. Hemos de tomar más bien la decisión de mirar al Señor y de escucharle. Haciéndolo sentiremos el deseo sereno y fuerte de ser mejores.

Éste primer encuentro con la Cuaresma –la imposición de la ceniza- nos ayuda a guardar silencio, a centrarnos en lo importante y darnos cuenta que la llamada sigue siendo la misma: ¿das de verdad limosna, sí o no? Y esto quiere decir: ¿compartes con los otros y vas a compartir más aún durante esta cuaresma?; ¿rezas o no rezas, y estás dispuesto a rezar más durante esta cuaresma?; ¿aceptarás una vida más ascética para salir de la comodidad... y también para poder compartir un poco más?

No hay nada que nos impida escoger otros esfuerzos, otros progresos; no faltan sugerencias para ello en el evangelio. Lo que debe animarnos y hasta entusiasmarnos es que una cuaresma tomada así, en serio, puede marcar profundamente nuestra vida ■


[1] Cfr. André Seve, El Evangelio de los Domingos, Ed. Verbo Divino (Estella), 1984, p. 2.
[2] Paolo Giustiniani. 

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris