IV Domingo de Cuaresma (a)

El evangelio de éste domingo es una llamada de atención a nuestra ceguera. Seamos honestos: no vemos. O vemos escasamente la superficie de las personas, de las cosas y de los acontecimientos, pero no vemos su verdadera y profunda realidad, o en palabras de la Escritura: el hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón[1]. El corazón de la vida se nos escapa siempre. Nos creemos muy lúcidos, pero somos ciegos y esta es la peor ceguera; no saber que estamos ciegos.

Somos ciegos para ver los acontecimientos. Los contemplamos como algo rutinario o fortuito. O quizá nos admiramos o sorprendemos, pero de forma pasajera, sin que nos deje huella alguna.

¿Quién descubre el sentido de cada hecho, de cada historia? ¿Quién se deja interpelar por los acontecimientos de cada día, sean grandes o pequeños? ¿Qué veo detrás de cada lágrima? ¿Cuántas acciones de gracias pronuncio?

Las cosas del mundo nos rodean y nos fascinan. Las necesitamos y las adoramos son una especie de ídolos personales y podemos volvernos insaciables. Hacemos un fin de lo que es un medio. No vemos en ellas el secreto que encierran. Porque las cosas no son solamente algo para usar, consumir o almacenar. Las cosas, para el que sabe ver, son una especie de sacramento. «Hay más de Dios que de agua en cada gota de agua» decía Pascal. Se convierten en memorial y signo de presencia: el regalo de un amigo o la prenda de un ser amado.

En cuanto a las personas las vemos y las tratamos tan superficialmente que las convertimos en cosas. Otras veces la persona un número o un voto. Un ser anónimo. Otras veces es un rival a vencer o un enemigo que aplastar.

Hoy el evangelio nos habla de un ciego de nacimiento de alguien que ha vivido siempre en la oscuridad total: sólo de oídas conoce la luz. Sólo por el tacto conoce las cosas. Sólo por la palabra conoce a las personas.

Al pasar Jesús vio a un hombre ciego. Ese paso no era casual; estaba ya preparado desde toda la eternidad. La iniciativa de la salvación parte de Jesús. El ciego no podía ver a Jesús. No es el ciego el que pide la luz. Es la luz la que se ofrece al ciego. La luz que se acerca a las tinieblas. Le untó en los ojos con barro. Nos pone delante de nosotros nuestros pecados. Extraña medicina. Para curar la ceguera le embarra los ojos; al que está en las tiniebla una nueva dosis de oscuridad. No cabe duda: Dios actúa salvíficamente en lo más profundo del dolor, en lo más obscuro de la noche. Y cuando se llega al límite de la desesperación, ahí actúa Dios: cuando Abraham lo da todo por perdido[2], cuando Magdalena llora desesperada ante el hortelano[3], cuando Pablo da coces contra el aguijón[4], cuando Agustín se echa en tierra y se tira impotente y rabioso, cuando alguien palpa el límite de la incapacidad, entonces Dios dice su palabra.

Lávate en la piscina de Siloé. No es un agua cualquiera. Es el agua que brotará del corazón de Cristo. Es el agua del Espíritu y la piscina es la iglesia. Lavarse en la piscina de Siloé, es sumergirse en Cristo en el seno de la comunidad. Lo que llamamos bautismo[5].

La curación del ciego es progresiva. Primero ve a los hombres, después verá a Jesús. Luego reconocerá a Jesús como profeta. A continuación lo verá como Mesías y finalmente dará testimonio de Jesús sufriendo persecución por él.
¿Este evangelio es el relato de un milagro? En realidad el evangelista lo que hace es narrar muy despacio el proceso de la fe. Al principio, todos ciegos. Al final, uno curado y muchos ciegos. El ciego sale de la noche: ¡Creo en ti Señor! Y los judíos se sumergen en la noche: Ese Jesús es un pecador.

El de éste domingo es un ciego maravilloso, patrono de los que buscamos la luz. Sube obstinadamente hacia el misterio de Jesús, sin dejarse asustar por los que «saben» –“los que tenemos formación” ¡ay desdichada frase!-, y bromeando con ellos cuando los demás tiemblan. Podemos leer una y mil veces el evangelio sin ver a Jesús. Desde el comienzo, Juan no deja de repetirlo: La luz brilla en la noche, pero la noche no capta la luz[6].

¡Pero yo sé! ¡Yo veo! No; «intentamos» ver. En cada página, día tras día. Somos ese ciego a quien Jesús da ojos para verlo. Hasta el último momento de nuestra vida, no dejemos de repetir la misma oración: Jesús, que yo pueda verte ■


[1] 1Sa 16,7
[2] Cfr. Gen 22.
[3] Cfr. Jn 20, 1-31.
[4] Cfr. Hech 9, 5.
[5] Esta piscina es muy diferente de la otra que menciona San Juan, la de los cinco pórticos donde era muy difícil obtener la curación.
[6] Jn 1, 5

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris