IV Domingo del Tiempo Ordinario (a)


Las bienaventuranzas son el texto del evangelio éste domingo y al mismo tiempo es bueno que sea uno de los textos de referencia para la vida diaria, es decir, hemos de saber captar su melodía y dejarnos que nos embelese y nos subyugue (sic). Y la melodía tiene un doble tema: la gran proclamación -¡dichosos!-; y los destinatarios y los caminos de esta felicidad. Lo mejor de todo es que ambos motivos convergen en la mismísima persona de Jesús.

Las bienaventuranzas son su retrato espiritual. Como dijo Isabel a María también nosotros podemos exclamar con toda verdad refiriéndonos a Jesús: dichoso tú, que te has fiado del Padre, dichoso tú, el gran creyente, aquel que inicia y consuma la fe[1].

En un mundo que busca la felicidad de una manera frenética ¿seremos capaces de hacer emerger el mensaje cristiano como una llamada a la felicidad, como una promesa de la felicidad de parte de Dios? Muchas veces predicamos a un Dios poco amigo de la alegría de la vida, y más atento a los sacrificios y al dolor. Hemos de poner atención a Jesús responde a las expectativas de felicidad de los sencillos. Nos lo dijo el salmista de manera hermosísima el domingo pasado: Acreciste la gloria, aumentaste el gozo, como gozan al segar, como se alegran al repartirse botín.

Hoy por hoy es necesario que nuestra presentación del mensaje cristiano con aquellos con los que convivimos habitualmente no sea de tonalidades oscuras o con olor a sacristía a la que le falta el aire: Dios es luz radiante. Tenemos la inmensa alegría de anunciar de su parte la Buena Noticia. De gritar ¡Dichosos! con la fuerza y la verdad de Dios. ¿Quién –excepto él- puede hacer realidad esta esperanza que él mismo ha puesto en nuestro corazón? Nos has hecho para ti, Señor, y nuestro corazón se halla inquieto hasta que no repose en ti[2].

¡Qué lejos nos hallamos de la oración colecta de éste Domingo: Señor, concédenos vivir siempre alegres en tu servicio, porque en servirte a ti, creador de todo bien, consiste el gozo pleno y verdadero. En lugar de este gozo de plenitud, las perspectivas se reducen a pasarlo bien superficialmente, con un afán desazonado de exprimir la vida que se escapa. ¿Cómo haremos brillar la luz de Evangelio en su cielo con tantas lucecitas rutilantes multicolores?; ¿cómo les llevaremos el anuncio de felicidad de la Buena Noticia de Jesús? Al menos los que nos decimos cristianos, amémosla, descansemos en ella, gocemos de ella.

En la conclusión de la carta apostólica Augustinum Hipponensem Juan Pablo II quiso preguntar al mismo santo qué podía decir a los hombres de hoy y responde sobre todo con las palabras que Agustín confió en una carta dictada poco después de su conversión: «Me parece que se debe llevar a los hombres a la esperanza de encontrar la verdad»[3]; esa verdad que es Cristo, Dios verdadero, a quien se dirige una de las oraciones más hermosas y famosas de las Confesiones: «¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y he aquí que tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te buscaba; y deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no lo estaba contigo. Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no serían. Llamaste y clamaste, y rompiste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y fugaste mi ceguera; exhalaste tu perfume y respiré, y suspiro por ti; gusté de ti, y siento hambre y sed, me tocaste, y abraséme en tu paz»[4]


[1] Hb 12,2.
[2] Confesiones I, 1, 1.
[3] Epistulae, 1, 1
[4] Confesiones, X, 27, 38

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris