II Domingo del Tiempo Ordinario (a)


En el evangelio de hoy, vemos cómo Juan el Bautista presenta a Jesús al pueblo de Israel señalándolo como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Aquel hombre –perfecto Dios también y al mismo tiempo aunque los espectadores no lo sepan- sobre quien se ha posado el Espíritu, es el Hijo de Dios. Sin duda es una buena presentación para aquel tiempo y para los judíos. Pero, hoy la era del facebook y los ipod ¿es buena para presentar a Jesús? ¿Le dice algo al hombre y a la mujer de hoy? Reconozco que es bastante osadía, pero voy a intentar una presentación de Jesús para el hombre de hoy. Apoyado, desde luego, en lo que dice el Bautista y en el evangelio y en cristianos de hoy.

Jesús es hombre, verdadero hombre de carne y hueso, varón. Nace y vive en un concreto momento histórico que en algún modo lo marca y configura desde el rostro hasta el modo de vestir. De él tenemos más datos históricos ciertos que de los otros fundadores de las grandes religiones asiáticas. Sus palabras, sus hechos, la comunidad que de él nace llevan la marca de lo histórico[1].

Y es un hombre libre. Que predica un mensaje –el que conoce del Padre- sin dinero, sin poder, sin cultura oficial y sin amigos influyentes. Totalmente independiente, al margen (que no en contra), de la religión oficial, del poder político y del económico. Con la fuerza sola de Dios, con su palabra y su vida.

Libre de prejuicios, de familia y de tradiciones, libre hasta de la ley que ya era muy significativa para un judío. Detrás de Jesús no hay intereses ni fuerzas ocultas, ni partido, ni sindicato, por no haber no hay ni siquiera iglesia, ésta vendría con su muerte y la venida del Espíritu Santo[2]. Un hombre del pueblo, salido del pueblo y que convive con el pueblo. Se dirige a todos, no únicamente a los más listos, ni a los más ricos, ni siquiera a los más religiosos, por dirigirse a todos se dirige incluso a quienes no forman parte del pueblo de Israel[3]. No es elitista tampoco es autoritario. Si tiene alguna debilidad son los pobres y los pequeños, los enfermos y los pecadores. Caso nunca visto. Por eso se preguntaban si estaba loco[4].

Trabajaba –la predicación es un trabajo- sin descanso; tenía la honradez de quien se gana el pan que se come y sabe lo que cuesta. Nunca vivió de rentas ni de privilegios, aunque tenía humildad de aceptar lo que le daban con cariño. Era pobre. Pudo decir aquello de que los pájaros tienen nido y las zorras madrigueras, pero que él no tenía donde reclinar la cabeza[5].

Jesús era un hombre acogedor. Sobre todo esto. Que lo digan los primeros discípulos y la samaritana y la adúltera y Nicodemo y Zaqueo y la Magdalena y los niños. Encontrarse con Jesús fue para muchos una experiencia definitiva. El cristianismo nace no tanto de los milagros y la doctrina como del encuentro con Jesús. La salvación que él ofrece empieza al nivel del amigo que acoge, comprende y perdona. Jesús no nunca instrumentaliza la amistad. Para él los amigos no son escalones para subir y mucho menos ve a las personas como ganchos para atraer a otros. No es ése el sentido de sus palabras cuando habla de hacer a Santiago y Juan pescadores de hombres.

Jesús predica, pero antes hace. Vive lo que dice. Es hombre claro, de una pieza. Y cuando hay algo que está mal no calla, continúa, hasta morir por lo que predica. Sin duda esto fue doloroso para él, pero supo asumir dignamente, humanamente –más que humanamente- el dolor y la muerte. Era sencillo, humilde, parecía poca cosa, pero era recio y paciente.

No se predicaba a sí mismo, sino el reino de Dios que es paz, fraternidad, libertad, justicia, perdón y, sobre todo, amor. Y explicándolo todo desde arriba. Era exigente, pero frente a la violencia prefirió morir a matar.

Era –es- el Mesías, el Esperado, el Salvador, el Liberador. Así lo entendieron los primeros cristianos y nos lo han transmitido a través de los siglos quienes han creído antes que nosotros.

Así, la salvación de Jesús es una experiencia de vida, y como toda experiencia no es fácil de expresar, se vive. Uno siente que lo que dice Jesús y lo que hizo Jesús es el camino para ayudar al hermano y para encontrarnos a nosotros mismos. Uno siente y trata de vivir, que «imitando a Jesús y lo que hizo Jesús, el hombre puede en el mundo actual vivir, actuar, sufrir y morir realmente como hombre: sostenido por Dios y ayudando a los demás en la dicha y en la desdicha, en la vida y en la muerte»[6].

La voz de Jesús, grabada para siempre en la historia, será la voz de la Buena Noticia, la voz del Buen Pastor, la de la esperanza más allá del dolor y de la muerte.

Llama mucho la atención –al menos a mí siempre me ha tocado mucho- el que Jesús perdonaba con mucha facilidad las debilidades. No iba condenando a la gente que pecaba por exceso. Tampoco las bendecía, pero no las trataba con la dureza que sí tenía con fariseos, y sacerdotes de la Ley. Era como si los así llamados pecados de la carne y cosas así fueran como un río que se desborda, pero tarde o temprano vuelve a su cauce.

El fariseo –y eso es lo que realmente sacaba de quicio a Jesús- era como un río tranquilo, en su cauce, sereno, limpín, pero... ¡ay!, estaba envenenado.

Veinte siglos después, el segundo domingo del tiempo ordinario en el ciclo A el evangelio nos presenta al Cordero de Dios, y comprendemos que el Espíritu de Dios estaba en él. Era Dios, Dios hecho rostro humano. Dios con nosotros y entre nosotros, como uno de nosotros ¿nos atrevemos a acercarnos a Él y a dejarnos amar por Él? ■



[1] Hacia el año 112, Plinio el Joven, legado imperial en las provincias de Bitinia y del Ponto (situadas en la actual Turquía) escribió una carta al emperador Trajano para preguntarle qué debía hacer con los cristianos, a muchos de los cuales había mandado ejecutar. En esa carta menciona tres veces a Cristo a propósito de los cristianos. En la tercera oportunidad dice que los cristianos "afirmaban que toda su culpa y error consistía en reunirse en un día fijo antes del alba y cantar a coros alternativos un himno a Cristo como a un dios". Hacia el año 116, el historiador romano Tácito escribió sus "Anales". En el libro XV de los Anales Tácito narra el pavoroso incendio de Roma del año 64. Se sospechaba que el incendio había sido ordenado por el emperador Nerón. Tácito escribe que "para acabar con los rumores, Nerón presentó como culpables y sometió a los más rebuscados tormentos a los que el vulgo llamaba cristianos, aborrecidos por sus ignominias. Aquel de quien tomaban nombre, Cristo, había sido ejecutado en el reinado de Tiberio por el procurador Poncio Pilato; la execrable superstición, momentáneamente reprimida, irrumpía de nuevo no sólo por Judea, origen del mal, sino también por la Ciudad..." (y continúa el relato de la persecución de los cristianos).
[2] La Iglesia ha querido indicar algunos momentos claves que van estructurándola, otorgándole la forma que actualmente posee. Son los ACTOS FUNDACIONALES. En ellos la Iglesia ha querido ver la  presencia activa de Cristo quien asume su labor directiva e invita a  que las personas, a partir de su libre adhesión, profundicen en dichos  actos y los hagan carne – vida dentro de la vida cotidiana.  Así, los actos fundacionales de la Iglesia son: La elección de los 12 Apóstoles, el Primado de Pedro y la Institución de la Eucaristía.
[3] Cfr Mt 15, 21-28
[4] Cfr Id 13. 55.
[5] Cfr Lc 9,51-62
[6] La frase es, nada menos, que de Hans Kung, para asombro de muchos (y escándalo de pusilánimes) (Hans Küng es sacerdote católico, autor, y desde 1995 presidente de la Fundación por una Ética Mundial (Stiftung Weltethos), actualmente trabaja para la Universidad de Tübingen. A pesar de no tener permiso para enseñar teología católica, ni su obispo ni la Santa Sede han revocado sus facultades sacerdotales. Autor interesantísimo al que, no obstante hay que leer con prudencia). 

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris