II Domingo de Adviento (a)

La primera figura que contemplamos en la liturgia de la Palabra éste domingo es la del renuevo. ¡Cómo emociona que de un viejo tronco brote un verde renuevo! Es un triunfo de la vida, un himno de primavera. Cómo emociona el que unos viejos puedan tener un hijo… Cómo emocionan esos líderes mayores que contagian su entusiasmo a los más jóvenes… Cómo emocionan los viejos pueblos que se abren a los signos de los tiempos… Cómo emociona el científico y el artista que no dejan de crear, de recrear y recrearse.

Envejecer es angustioso. Añoramos la juventud, que es fuerza y empuje. Nos asusta el cumplir años y hasta entristece la primera arruga que detectamos en el rostro. El mundo de hoy invierte millones en maquillajes y cirugías estéticas. ¿Cuanto vale quitar las arrugas? ¿Cuánto cuesta aparentar la edad que no se tiene? 

El mundo de hoy nos habla poco de los valores humanos. Se calienta nuestra cabeza con ideas, pero se nos seca el corazón. Se nos enseña a competir, no a convivir. Se nos enseña a consumir, no a vivir. Se nos enseña a contar, no a crear. El consumismo es viejo y hace envejecer. El consumismo no es creativo ni entusiasma. El consumismo satisface, pero no alegra. El consumismo adormece y amodorra. Buscamos comodidad, confort, seguridad, placer... ¡Ay si nuestro espíritu pudiera mirarse en un espejo! La vejez del espíritu se manifiesta en la falta de fe y de ilusión, en el escepticismo y el desencanto, en el pesimismo y la angustia ¡Qué viejos son los escépticos y los agnósticos! La desconfianza, el estar de vuelta, el reírse de las utopías, es signo de vejez. La vejez del espíritu se manifiesta también en la falta de amor y solidaridad. Si el que no ama está muerto, el que ama poco está a punto de morir. El amor es la vida del espíritu

Para nadie es un secreto que a nuestra generación le falta vida: vive para sí, se pliega en sí misma cobardemente, no se entrega, ni se arriesga, ni sale al encuentro del otro. No tiene capacidad de sacrificio y le falta generosidad…síntomas claros de vejez.

Es justo a ésta vejez del espíritu a la que hay que tener miedo. La de los años es relativa. ¡Ya quisiera yo la juventud de una Madre Teresa, a pesar de sus arrugas! O la juventud que tuvo Juan XXIII o las canas y el (alegre) cansancio de Benedicto XVI y tantos otros menos conocidos.
La Iglesia está llamada a ser joven, sin mancha ni arruga, pero necesita de purificación y renovación continuas. La historia es testigo.

Brotará un renuevo del tronco de Jesé. Esta es la gran promesa. Todos tenemos que hacer esfuerzos por renovarnos. Es lo que llamamos la conversión. Pero todos nuestros esfuerzos son muy limitados: ¿quién puede por sí mismo añadir un palmo a su estatura?. ¿Quién puede por sí mismo cambiar su orgullo o su timidez? ¿Quién puede con sus fuerzas quitarse una arruga? El tiempo de Adviento es el momento en la vida de la Iglesia para llenarnos de esperanza, porque, si queremos, de lo caduco y corrompido surgirá lo más nuevo y lo más limpio. De los viejos Abraham y Sara nacerá el hijo de la promesa. En el pueblo de Israel brotará el hombre nuevo, una vida en plenitud. Cuando el Espíritu sopla con fuerza, hasta los huesos secos recobran vida, de los viejos troncos brotan retoños y toda la faz de la tierra rejuvenece.

Lo mejor de todo es que si nos dejamos guiar por el  Espíritu, que es fuego, Él quemará todo lo viejo y nos dará la oportunidad de una vida nueva. Eso es la gracia, así como el pecado es «resistir a veces una vida siempre nueva» (R. Garaudy); la gracia del Espíritu, en cambio, es abrirse cada día al viento fresco de la mañana; es renovar la mente y el corazón cada día, es mirarlo todo con ojos nuevos cada día. Es la conversión.

La realidad es que sentimos la necesidad de convertirnos. Vivimos con el cansancio a cuestas, con la rutina pegada a la piel, con la tristeza en los ojos, con la duda en la mente y el desencanto en el corazón. Nos instalamos en la mediocridad y tememos la novedad. Nos casamos con nuestros pequeños o grandes egoísmos. Nos adaptamos al ambiente y tememos ser distintos. Es lo viejo. 

Éste tiempo de Adviento, bajo la protección de la Santísima Virgen, dejemos que el Espíritu sople sobre este viejo tronco y haga surgir renuevos cargados de dones y alegría y esperanza ■

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Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris


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