El Verbo Santo es mecido
en los brazos de una Virgen;
el Creador se hace niño
y al par de nosotros gime.
¡Oh Salvador encarnado,
que entre los hombres pervives,
quiero adorarte en los hombres
y entre los hombres servirte!

El Verbo Santo ha callado
sin saber de nuestros crímenes,
y el corazón de la Madre
su amor en silencio dice.
¡Oh Dios misericordioso,
defensor de los humildes,
enséñanos tu silencio
y tu espera incomprensible!

El Verbo Santo ha llegado
a librar nuestros confines,
y encerrado en una cuna
el Verbo de Dios es libre.
¡Oh, rompe las ataduras
de los engaños sutiles;
danos la paz que prometes
tú que la hiciste posible!

Gentes de nuestros dolores
y de sangrientos países,
a Dios venido a la tierra
salgamos a recibirle.
¡Te cantamos, Santo hermano,
a Ti con rostros felices:
Gloria en el seno del Padre
y en los brazos de la Virgen! Amén
Rufino M. Grández, capuchino 

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris