Solemnidad de Jesucristo Rey del Universo

Con este domingo finaliza el Año Litúrgico. Ha sido un largo recorrido que comenzó con el Adviento y que nos puso en una actitud expectante ante un Cristo que quiere, cada día, venir a nuestra vida y cumplir nuestras esperanzas. En Navidad nos lo entregó hecho niño para que surgiera de nuestro corazón la fibra más sensible y le diéramos acogida tanto a Él como al hermano necesitado. Durante el llamado Tiempo Ordinario la lectura del evangelio dominical –el año que termina bajo la mano de San Lucas- nos hizo testigos de los hechos y palabras más relevantes de su vida pública. La liturgia del Triduo Pascual nos invitó a caminar con Cristo por su pascua de la muerte a la vida, y así, en la cincuentena pascual, hacernos vibrar con la certeza de que su vida de resucitado se nos ha entregado sacramentalmente para que, también en nosotros, ni la muerte ni el pecado tengan la última palabra.

Si tenemos presente todo esto hoy, Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo no caeremos en ninguna de las falsas interpretaciones que se le puede dar a este título cristológico. Es decir, no haremos de él un grito de reivindicación de supuestos derechos intramundanos en favor de la Iglesia, pues es el Jesús nacido en Belén, el predicador de Galilea que gustaba estar con los pobres, el Maestro que lavó los pies[1] a sus discípulos y se dejó matar en la cruz y a quien le oímos decir: Mi reino no es de este mundo[2]. Ni tampoco hemos de sentir complejo vergonzante al recordar tal título pues el Padre, al resucitar a Cristo, lo constituyó Testigo fiel, Primogénito de entre los muertos, el Príncipe de los reyes de la tierra[3].

El evangelio de hoy nos habla de aquel condenado por ladrón o por algún otro delito que sí es capaz de entender lo que significa la realeza de Jesús, lo que significa su Reino. Aquel ladrón que comparte con Jesús el dolor de la cruz y la angustia de la muerte que se acerca, dice desde el fondo de su alma: Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino[4].

Aquel hombre es el único que entendió lo más serio e importante que jamás haya ocurrido en la historia de los hombres. Que allí, a su lado, está revelándose definitivamente toda la grandeza humana, que es la grandeza de Dios. Que allí, en aquel Jesús que sufre dramáticamente el tormento de la muerte, se está abriendo para los hombres un camino definitivo de vida, un camino definitivo de esperanza. El reino de David desapareció, los reinos del poder y de las armas desaparecerán, pero en cambio, el Reino de Jesús, el Reino de la misericordia inagotable, el Reino del amor, no desaparece. Nunca. Es lo único que permanece, la única verdad que nunca podrá ser falseada, la única fuerza que nunca se corrompe.

El ladrón que le pide a Jesús que se acuerde de él, probablemente antes, alguna vez, lo habría visto pasar, o se habrá acercado a escucharlo, con la curiosidad que despierta la presencia de alguien que arrastra gente tras de sí y hace cosas distintas de las que se han hecho siempre. Y lo habría visto curar leprosos, y aproximarse a la mujer adúltera, y hablar del padre que siempre está a la puerta de la casa esperando el regreso del hijo que se ha marchado. Y ahora lo veía allí, en la cruz. Y lo entendía definitivamente todo: aquello, la palabra, y la acción, y la persona de Jesús, es la realización plena del hombre, es el sentido pleno de la humanidad, es el cumplimiento de los anhelos más limpios y auténticos.

Por eso su Reino es el único reino que merece la pena desear, y vivir y esperar. Por eso su Reino es el único reino que merece la pena seguir: el rey que reina en la debilidad, en la misericordia, en el amor, en la fidelidad, en la entrega personal a Dios y a los hombres.

Lo escucharemos dentro de unos momentos en el Prefacio, unos instantes antes del comienzo de la plegaria eucarística.

Porque consagraste Sacerdote eterno y Rey del universo
a tu único Hijo, nuestro Señor Jesucristo,
ungiéndolo con óleo de alegría,
para que ofreciéndose a si mismo
como víctima perfecta y pacificadora
en el altar de la cruz,
consumara el misterio de la redención humana;
y sometiendo a su poder la creación entera
entregara a tu majestad infinita
un reino eterno y universal:
el reino de la verdad y la vida,
el reino de la santidad y la gracia,
el reino de la justicia, el amor y la paz.
Por eso con los ángeles y arcángeles,
y con todos los coros celestiales, Cantamos el himno de tu gloria diciend: SANTO, SANTO...

Esta fiesta de hoy nos pone delante de un Jesús soberano, nos pone a nosotros, que formamos parte ante una sociedad que parece querer vivir de espaldas a Dios. Cristo vino a establecer su reinado, no con la fuerza de un conquistador, sino con la bondad y mansedumbre del pastor. Con este espíritu buscó Jesús a los hombres dispersos, a los hombres alejados de Dios por el pecado. Jesús, curó, Jesús sanó sus heridas. Jesús los amó y nos amó, dando por nosotros la vida. Y Cristo como Rey viene para revelar el amor de Dios ■


[1] Cfr Jn 13, 3-15.
[2] Id., 18, 36.
[3] Cfr Apoc 1,5; Cfr Antonio Luis Martínez, Semanario Iglesia en camino, Archidiócesis de Mérida-Badajoz (España), no. 231 - Año V - 23 de noviembre de 1997.
[4] Lc 23, 35-43

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris