XXXI Domingo del Tiempo Ordinario



El Dios que ama a todos los seres y no odia nada de lo que ha hecho[1], ama también a Zaqueo, aquel pequeño hombre que era un gran ladrón profesional. “Gran señor don Zaqueo!”, solía decir uno de mis profesores del seminario (el mejor quizá), y yo me pregunto ¿era Zaqueo un curioso, una especie de chismoso, uno de esos fieles admiradores que suelen seguir a los populares, aclamándolos? Ese correr delante y subirse al árbol que nos cuenta el evangelio ¿retrata a un fanático? ¿O se trata, más bien, de alguien que ha sido tocado profundamente; alguien que ha sentido una llamada, adivinando que ése que pasa –Jesús- puede ser la gran oportunidad de su vida? ¿Se trata de un frívolo o de un auténtico buscador de perlas finas? Me quedo con esto último.

La de Zaqueo no es una curiosidad frívola, de prensa amarilla, de fanático o incluso de alguien que utiliza una institución (¡o una amistad!) como escalera social. No. La de Zaqueo era la curiosidad de alguien que quiere conocer a fondo a una persona: Jesús. Porque algo le dice en su interior que ese conocimiento va a marcar su vida. Y a pesar de la apariencia, no era Zaqueo el que buscaba a Jesús, sino Jesús el que buscaba a Zaqueo. Pascal lo decía mejor: «No te buscaría si no me hubieras encontrado». Es verdad, suele ser el Señor el que anda haciéndose notar, enviando sus primeras gracias, haciendo que se produzcan ciertas circunstancias, para que el hombre las advierta. El Señor mismo lo dice aún mejor: No me elegisteis vosotros, sino que yo os elegí, para que vayáis...[2]. Supuesta, pues, esa disimulada manera de «insinuarse» de Jesús, fue Zaqueo emprendiendo su camino de búsqueda.

La gente se lo impedía, dice san Lucas, y aclara: era "jefe de publicanos". Los publicanos cobraban impuestos, y además, para los romanos. Dos datos poco favorables para que la gente le abriera paso. Entonces, como era bajo de estatura, se subió a una higuera… conmueve ésta pincelada del evangelista; es de los poquísimos detalles físicos que nos dan los evangelios.
El libro del Apocalipsis tiene una frase conmovedora en él: Estoy a la puerta y llamo. Es el retrato de un Dios al que no se le abre. Un Dios que busca, un Dios que pide permiso para entrar. Lope de Vega la inmortalizó en endecasílabos:

Cuántas veces el ángel me decía:
«Alma, asómate ahora a la ventana».
Y cuántas, hermosura soberana:
«Mañana le abriremos», respondía,
para lo mismo responder mañana[3].

No era el caso de Zaqueo. ¿Es acaso el nuestro?

El amor es una conquista. Una dulce conquista, a la que, según los místicos, corresponde la entrega y el abandono:

Quedéme y olvidéme
el rostro recliné sobre el Amado
cesó todo y dejéme,
dejando mi cuidado entre las azucenas olvidado.
Así cantaba San Juan de la Cruz[4].

Zaqueo, más listo en negocios y en pragmatismo, dijo: Desde ahora daré la mitad de mis bienes, y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más.

¡Gran señor don Zaqueo! A veces solemos mirar con cierta suspicacia a quienes caminan por caminos aparentemente lejanos a Dios. Pues he aquí hoy el elogio de uno que desandó lo andado, como Dios manda ■


[1] Cfr Sab 11, 22; 12:2
[2] Cfr Jn 15, 16.
[3] Félix Lope de Vega y Carpio (1562 –1635) fue uno de los más importantes poetas y dramaturgos del Siglo de Oro español y, por la extensión de su obra, uno de los más prolíficos autores de la literatura universal.
[4] Juan de Yepes Álvarez (1542 –1591), conocido como estudiante con el nombre de fray Juan de Santo Matías y más tarde como San Juan de la Cruz, fue un poeta místico y un religioso carmelita descalzo del Renacimiento español. Desde 1952 es el Patrono de los poetas en lengua española.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris