XXVIII Domingo del Tiempo Odinario (C)


La escena del evangelio de éste domingo es sencilla de recordar pasados unos días: diez leprosos que se fían de la palabra de Jesús y mientras iban de camino constatan la desaparición de la enfermedad. Así de llano, así de sencillo. Y sólo uno siente la necesidad de volverse y dar alabanza a Dios y agradecer al Señor. Uno solo manifiesta gratitud. Uno sólo reconoce que lo que le ha sucedido es un don. Los otros, probablemente, porque pertenecían al pueblo elegido, consideran normal su curación, algo debido.

Y el Señor aprecia a aquel hombre que manifiesta gratitud, que sabe abrirse al asombro, a la sorpresa, y por tanto a la gratitud, ¡sólo Jesús mismo sabría qué sentimientos le pasarían por el corazón!

Puede ser fácil dar gracias a Dios cuando obtenemos una gracia excepcional, frente a un acontecimiento extraordinario, sin embargo la gratitud –que se ha definido como la memoria del corazón- no se hace patente ya por las cosas que tenemos ante los ojos cada día, en presencia de los milagros ofrecidos por la existencia cotidiana. Los consideramos derechos adquiridos. No sabemos ya apreciarlos como eventos extraordinarios aun dentro de su puntualidad ordinaria.

G. Chesterton observaba, con ironía amarga, cómo nosotros, una vez al año agradecemos a los Reyes Magos los regalos que nos encontramos en los zapatos que dejamos junto al Nacimiento, pero nos olvidamos de dar las gracias a Aquél que todas las mañanas nos da dos pies para meterlos en los zapatos.

Pregúntate tú éste domingo –y desde luego y antes me lo pregunto yo- si al abrir los ojos por la mañana vienen las ganas de gritar por la sorpresa de creer; viene el deseo de dar gracias al Señor por la gracia de poder comenzar un nuevo día.

Sí: la fe, que es el milagro más grande, se considera como algo natural. Sí: no hemos sabido entenderla en su aspecto de evento extraordinario y, sobre todo, de don.

Día a día hemos de convencernos de que todo es gracia, de que nada se nos debe. Y si todo viene de Dios, gratuitamente, todo debe volver a él a través de la alabanza, la maravilla y la gratitud. La verdadera gracia produce la gratitud; la verdadera gracia nos pone, no sólo en estado de gracia, sino en acción de gracias.

El Señor espera nuestro aprecio y gratitud, ése abrirnos a la sorpresa, a la alegría, a la alabanza, a la celebración por sus prodigios.

La tristeza –y de eso sabe mucho la sociedad contemporánea- deriva sin duda del hecho de que el hombre cree que tiene derecho a un mundo mejor, más agradable. La tristeza es un rechazo, no una ofrenda; un reproche, no una estimación; una huida en vez de un seguimiento. La melancolía hunde sus raíces en un modo de ser pretencioso, descontentadizo, en el desprecio del bien. Viviendo en un estado de irritación y de continua inconformidad con el destino, el hombre triste encuentra hostilidad en todas partes, y parece no darse cuenta de lo infundado de sus quejas. Él posee una sensibilidad aguda para las incongruencias de la vida, pero rehúsa obstinadamente reconocer la delicada gracia de la existencia.

La invitación de éste domingo –la clave para entender la liturgia de la Palabra y la celebración de la Eucaristía- es a no andar distraídos frente al milagro de la vida, descuidados ante las sorpresas de los acontecimientos ordinarios. Hemos de buscar las huellas del paso de Dios a través los hechos más ordinarios, de descubrir las "improvisaciones de Dios", aun en los dones más frecuentes. Pero sobre todo a permanecer siempre en actitud de agradecimiento, con sus hermanas pequeñas: la aceptación y la alegría. Así y sólo así nuestra vida de cristiano será el gran memorial de las obras de Dios

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris