XXVII Domingo del Tiempo Odinario (C)

Los hombres y las mujeres de hoy en día hemos aprendido –qué duda cabe- a hacerlo todo rentable. Por convencionalismos sociales, por moda, por necesidad psicológica o por lo que sea pero el hecho es que buscamos lo rentable, procuramos hacer rentable lo que tenemos y desechamos lo que no produce una buena renta. Y esta actitud se cuela hasta la vida espiritual.

Quien tiene un amigo tiene un tesoro, nos enseña la Sagrada Escritura[1]. Los amigos son para las ocasiones, decimos nosotros; y queremos dar a entender que nos referimos a las ocasiones en las que los necesitamos, en que nos pueden reportar un beneficio o ser de alguna utilidad. Haz el bien y no mires a quién, afirma el refrán; pero con frecuencia, cuando hacemos un favor sentimos la satisfacción de pensar que alguien nos quedará agradecido y quizá podamos echar mano un día de esa persona; si la ocasión llega y no nos responden como esperábamos (e incluso suponíamos que nos correspondía en justicia), nos deshacemos en amargos comentarios sobre la ingratitud de las personas y lo poco que merece la pena hacer favores a nadie. El trabajo, la formación, la vivienda, las amistades, los favores... en todo se busca, normalmente el beneficio que nos puede reportar, las ventajas que podemos obtener.

Y es verdad que en cierta medida el hombre necesita algunos beneficios: el dinero para vivir, los amigos para tener compañía y ayuda en determinados momentos y situaciones, la vivienda en la que sentirse seguro y a gusto..., pero en todo esto hay un límite más allá del cual no estamos satisfaciendo necesidades elementales o primarias sino dando rienda suelta al egoísmo. El problema viene cuando este criterio de utilidad se intenta aplicar en el terreno de la fe; y entonces llega el fracaso, porque la fe no es rentable en absoluto, y si es rentable no es fe. Al menos no el tipo de rentabilidad que normalmente buscamos.

La fe resulta rentable a la larga y con otro tipo de beneficios: El Señor les habla a los suyos de persecuciones e incomprensiones en esta vida, y la vida eterna en la otra[2]. Pero estas palabras de Jesús no acaban de convencer y ¡tantas veces! los hombres nos dirigimos a Dios a ver qué podemos sacar. Y por si Dios resulta demasiado alto o lejano tenemos a los santos son buenos intermediarios: novenas, velas, flores, votos, promesas... todo ello a cambio de. A cambio del trabajo, el amor, la salud, el examen aprobado, el apuro resuelto. Al final Dios debe ser agradecido con aquellos que han tenido la delicadeza de aceptar su existencia, y debe compensarles tal atención con sus favores... con los favores que los hombres le piden, claro.

Equivocación. Gran equivocación.

A Dios no podemos acercarnos por el camino de "lo que podemos obtener de Él", sino por el camino del sentido que puede dar a nuestra existencia; por eso es tan difícil la experiencia de Dios, la fe, a quienes viven embotados por el materialismo, el consumismo o el utilitarismo.

La fe no es nada más un asentimiento intelectual a unas verdades que se nos proponen. Va mucho más allá. Es un compromiso con la verdad que afecta a la vida entera. Un compromiso que suele ir envuelto en muchas oscuridades porque es un acto en el que nos asomamos al misterio insondable que es Dios; y, como solía decía San Agustín: Si lo entiendes, ya no es Dios.

La fe es una amorosa fidelidad que transforma la vida del creyente y que lleva al creyente a transformar la realidad que le rodea, haciéndola conforme a la voluntad de Dios. La fe se mueve por amor, nunca por interés, y el amor es un motor que nos lleva a la acción, al compromiso, a la lucha por el Reino.

Por eso, ningún creyente auténtico puede sentirse libre de la amarga sorpresa de descubrir en los momentos de dificultad, que la fe no le reporta ningún beneficio, ninguna solución; ¡cuántos creyentes han descubierto, en un duro golpe, que cuando confiamos en la providencia de Dios, ésta no se deja sentir!; ¡cuánto cuesta descubrir que Dios no es la solución mágica e instantánea para los problemas en los que nos metemos!; ¡cuánto cuesta descubrir que la verdadera fe lleva al creyente a descubrir, en medio de la catástrofe, la presencia alentadora de Dios, acompañándonos y dándonos Él lo que es tarea nuestra!

La Providencia no es la manipulación de Dios en la historia, sino la fidelidad que Él conserva hacia nosotros en medio y a pesar de todas nuestras eventualidades y errores. Una fidelidad misteriosa, desconcertante, pero fidelidad inquebrantable.

¡Qué triste espectáculo el que damos muchas veces con nuestra fe infantil o adolescente, inmadura e interesada, buscando más lo que se puede obtener que lo que se puede dar! La fe es un camino de maduración, y hacia ahí debemos ir todos. Un camino no exento de problemas y dificultades, pero siempre alentador y reconfortante. Un camino que quizás muchos no querrán recorrer, pero que los creyentes tenemos que seguir anunciando y dando testimonio de él con nuestra propia vida. Un camino que, probablemente, no nos va a resolver ninguno de los grandes ni pequeños problemas de nuestra vida, pero que va a dar un sentido a toda nuestra existencia, que es lo que tanto necesitamos.

Y que no olvidemos que la suma de actos perfectos no hacen un hombre perfecto. No busquemos la perfección por la perfección. Sino la perfección por parecernos a Él. Nos decía un amigo no hace mucho: “mira Fader, si a la segunda avemaría, de las tres que se rezan antes de dormir, das un brinco y te metes en la cama, y una vez dentro piensas que muy mal y sientes que debes incorporarte y rezar la última, no lo hagas: rézala entre las sábanas, que no pasa nada”.

Aquellos pescadores –estaba a punto de escribir “miserables pescadores” pero no sea que alguien con espíritu débil nos lea y se asuste- le piden a Jesús que les aumente la fe. También nosotros –miserables, ahora sí- necesitamos que nuestra fe mejore, más en calidad que en cantidad; que sea verdadera fe-confianza, entrega alegre e ilusionada al misterio y al plan de Dios. Porque esa otra fe, esa fe que quiere sacar dividendos de ¡El Señor nos libre de ella! ■


[1] Ecle 6, 14-17.
[2] Cfr Mc 10. 30

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris