XXII Domingo del Tiempo Odinario (C)

Que el Señor vivía de manera radical y diferente lo sabemos bien porque hemos escuchado muchas veces en la predicación, y quien quiere seguir al Maestro con sinceridad se siente invitado a vivir de la misma manera: en contradicción con el modo normal de comportarse de la sociedad. ¿Cómo no sentirse desconcertado e interpelado cuando se escuchan estas palabras enormemente claras y sencillas? Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos ni a tus hermanos ni a tus parientes ni a los vecinos ricos, porque corresponderán invitándote y quedarás pagado... Cuando des un banquete, invita a los pobres, lisiados, cojos y ciegos. Dichoso tú, porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los  justos»[1].

El Señor llama hoy a actuar desde una actitud de sencillez hacia los más pobres, actitud opuesta totalmente a la lógica de quien busca acumular, aprovecharse y excluir a los demás de la propia riqueza, riqueza material o incluso riqueza espiritual, si es que se puede hablar así.

Hoy las palabras del Señor en el evangelio son una invitación (invitación, porque a nadie fuerza a nada) a construir relaciones humanas basadas en espíritu de libertad, gratuidad y amor.

Los que decimos seguir a Cristo debemos sentirnos llamados a prolongar esa presencia de Jesús, aunque sea en gestos muy modestos y sencillos, evitando discursos atronadores a la vez que se lanzan excomuniones evitando llanar, a quienes han equivocado el camino, de manera burlesca y descortés. Esta es nuestra misión evangelizadora: cambiar el mundo desde ese espíritu, digamos, revolucionario del Señor pero amoroso y contradecir la lógica de la codicia y la acumulación egoísta. Romper con nuestro comportamiento esa escala de valores que nos deshumaniza a todos. O cambiar al menos el pequeño entorno que nos rodea a través del amor.

Los que nos esforzamos por seguir al Señor –a veces con éxito, a veces sin él- hemos de ser conscientes de que resultaremos absurdos e incómodos para la lógica de la mayoría, pero al mismo tiempo hemos de tener la certeza de que vamos caminando a la vida eterna a la vez que contagiamos una actitud positiva que es, además, actitud de servicio.

Servir es la gran palabra. Servicio, que va de la mano de la sencillez y de la humildad. Y sucede que hemos deteriorado su significado y creemos que servir es lo propio del siervo, del esclavo. Y no. Servir es lo propio del libre, del que entiende su vida como servicio a Dios y a los demás.

Y desde luego no se trata de buscar servir sólo desde el poder, político o económico o intelectual o religioso. No es cuestión de servir pero dejando claro quién ocupa los primeros puestos, quién manda aquí. Tampoco se ha de servir desde la actitud de quien no sirve para nada, se juzga inútil o desecho humano. No. Se sirve desde nuestra dignidad de personas e hijos de Dios. Somos siervos inútiles[2] sin la gracia de Dios, pero ésta se derrama abundante en nosotros. Nunca Jesucristo, que vino a servir no a ser servido, prescindió de lo que era; aunque eso sí, no hizo alarde de su categoría de Dios[3], llegando incluso a lavar los pies de sus discípulos para mostrarles prácticamente cómo tenían que ser servidores unos de otros[4].

Dios es honrado solamente por aquellos que no se dan importancia; porque tampoco Dios se da importancia: simplemente es El que es, el Señor, el Poderoso. Es Él quien distribuye todas las cosas buenas, todos los dones; y el hombre no debe comportarse ante Él como el magnánimo que reparte sus dones. El hombre humilde puede haber recibido muchos bienes, puede incluso ser considerado como una persona importante por los demás hombres, pero él sabe que todo lo que tiene se lo debe al único que de verdad es Magnánimo[5]


[1] Lc 14, 1. 7-1
[2] Lc 17, 5-10
[3] Cfr Fil 2, 6-11
[4] Cfr Jn 13, 1-30.
[5] H.U. von Balthasar, Luz de la Palabra, Comentarios a las lecturas dominicales A-B-C, Ediciones ENCUENTRO. Madrid 1994.Pág. 280 s.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris